CAPÍTULO 5
Los primeros minutos fueron casi silenciosos.
Sebastián abrió su estuche de cuchillos, ordenó su estación con la meticulosidad que no buscaba exhibición, probó el punto de sal y revisó la temperatura de la sartén.
Renata observó desde el otro extremo de la mesa, inmóvil, con los brazos cruzados.
No intervenía, pero tampoco apartaba la vista, lo que lo obligó a una concentración todavía más fina.
No podía permitirse destacar demasiado pronto. Tampoco podía fingir mediocridad delante de una mujer que detectaba fisuras como si hubiera construido su carácter a fuerza de ellas.
Julián se acercó a Renata por un costado.
—Al menos sabe sostener un cuchillo —murmuró.
—No te deslumbres tan rápido —replicó ella, sin apartar los ojos de Sebastián.
Él oyó la frase y no reaccionó, pero una línea casi imperceptible se marcó en la comisura de su boca.
Renata lo notó. También notó otras cosas.
La limpieza del movimiento. La economía exacta de los gestos.
La forma en que probaba sin desperdiciar producto.
La manera en que no preguntaba de más, como si hubiese cocinado en suficientes cocinas ajenas para entender que el verdadero lenguaje de una prueba no se habla: se demuestra y entonces apareció el problema real.
Era demasiado competente para el perfil anodino que había llegado por correo esa mañana y demasiado guapo para su bien.
Sus antebrazos se tensaban cada vez que hundía el cuchillo en la tabla, firmes, marcados, cubiertos apenas por una fina capa de sudor.
Había algo obscenamente atractivo en ese hombre y eso molestó a Renata, observar las mangas recogidas, las venas visibles bajo la piel, el control de sus manos diciendo más que cualquier palabra. Sería una continua distracción.
—¿Dónde dijiste que trabajaste antes? —preguntó, sin cambiar el tono.
Sebastián terminó de napar la proteína antes de responder.
—En cocina de hotel. Después en dos restaurantes más pequeños.
—¿Cuáles?
Él mencionó los nombres sin vacilar. Renata los dejó pasar con expresión neutra y los registró mentalmente para revisarlos luego.
—No pareces salido de la cocina de un hotel —dijo.
—¿Eso es bueno o malo?
—Todavía no lo he decidido.
La respuesta hizo que Julián bajara la cabeza para disimular una sonrisa.
Sebastián, en cambio, alzó la vista un instante y volvió a ocurrir.
No el choque de miradas, sino el golpe de la memoria.
Entre ellos flotaba el vapor; el calor de la cocina espesaba el aire, pero Renata lo miraba directo a lo que intentaba esconder.
Sebastián no apartó los ojos. Tampoco sonrió.
Sostuvo esa mínima tensión, la certeza incómoda de que no era invisible para ella como él necesitaba serlo.
Julián levantó las cejas como quien acaba de oler gasolina cerca de una llama. Renata volvió la atención al plato con la misma calma con que uno recupera el equilibrio después de pisar en falso: de prisa, sin aspavientos, esperando que nadie lo hubiera visto.
Sebastián siguió trabajando como si nada hubiera ocurrido. Eso la irritó más que el contacto visual en sí.
Cuando el plato estuvo listo, Sebastián dio un paso atrás.
—Ya.
Renata se acercó. El montaje era sobrio y sin adornos innecesarios. Lo observó con la expresión implacable de quien busca fallas antes que promesas. Luego probó.
No dijo nada de inmediato.
Julián la miró de reojo, esperando. Sebastián permaneció quieto al otro lado de la mesa, sin arrogancia visible. Solo atento.
Renata probó otra vez la salsa. Bien construida.
Sin exceso. La proteína en punto correcto y una guarnición limpia.
Había una decisión técnica detrás de cada cosa, y eso la fastidió más de lo que debería, porque significaba que el hombre que tenía enfrente no solo servía. Sabía exactamente lo que hacía.
Dejó el tenedor.
—No está mal.
Julián carraspeó. Renata ni lo miró.
—No te emociones —le dijo, aunque la frase iba dirigida a ambos—. "No está mal" está muy lejos de ser un halago.
Sebastián inclinó la cabeza.
—Nunca pedí uno.
Esa vez sí sintió una irritación nítida, porque contestaba con un sesgo de seguridad que la obligaba a elegir con más cuidado dónde clavar el filo.
—Tienes buena mano —admitió al fin—. Pero aquí no me sirve alguien que cocine bien una vez. Me sirve alguien que aguante presión sin volverse un estorbo.
—Entonces ponme bajo presión.
La frase cayó entre ambos con calma que no era provocación sino algo más difícil de esquivar: una certeza. La cocina siguió sonando a su alrededor, pero por un segundo Renata tuvo la sensación absurda de que algo se había tensado en el espacio exacto entre los dos.
Julián no dijo nada. Se limitó a mirar hacia otro lado con el cuidado de quien no quiere ser testigo de nada comprometedor.
Renata dejó el plato a un lado.
—El viernes hay un evento privado —dijo—. Entrarías a una prueba real. Si fallas, sales ese mismo día. Si funcionas, hablamos.
Sebastián no mostró alivio ni satisfacción visible. Solo asintió.
—Bien.
—¿Bien? —repitió ella—. Qué entusiasmo desbordante.
La chispa en los ojos de él fue apenas visible.
—No me interesa la efusividad.
Julián esta vez no alcanzó a esconder la sonrisa. Renata tomó su libreta.
—A las dos. Uniforme negro. Sobra decir que hay que ser puntuales.
Ella lo miró con la atención de quien no buscaba causar efecto sino registrar datos.
—Sebastián…
—Sí.
—La próxima vez que vayas a observar un restaurante durante una hora antes de pedir trabajo, intenta ser un poco menos obvio.
Por primera vez desde que había entrado, algo parecido a una sonrisa real amenazó con romperle la compostura.
—Lo tendré en cuenta.
Renata dio media vuelta antes de que eso la irritara todavía más.
—Julián, dame un segundo.
Se alejó con él hacia la zona de cámaras frías. Esperó a estar lo bastante lejos para que Sebastián no oyera con claridad.
—¿Tú qué piensas?
Julián se encogió de hombros.
—Que cocina bien.
—Eso ya lo sé.
—Que no parece el tipo de hombre que llega desesperado por un turno.
Renata cruzó los brazos.
—Exacto.
—Eso te molesta más porque aun así te sirve.
Ella lo miró con cara de pocos amigos.
—Empiezas a hablar como Emilio y eso me preocupa.
Julián sonrió.
—¿Lo quieres o no?
Renata lanzó una mirada rápida hacia el otro lado, donde Sebastián guardaba sus cuchillos con calma.
—Quiero que tengas un ojo en él.
—Eso no responde mi pregunta.
—Eso la responde perfectamente.
Julián dejó escapar una sonrisa.
—Entonces lo quieres.
Renata no contestó. Volvió a mirar hacia él, el tiempo suficiente para confirmar la impresión de que seguía sin gustarle: Sebastián no encajaba del todo en el perfil que había mandado. No importaba. Si había algo raro, lo descubriría y mientras tanto, le sería útil.
—Que venga el viernes —dijo al fin—. Pero lo quiero vigilado.
—A la orden, jefa paranoica.
Renata le dio un golpecito seco con la libreta en el brazo y volvió al servicio sin regalarle una respuesta.
Al otro lado de la cocina, Sebastián alzó la mochila y salió a la calle.
Caminó media cuadra sin detenerse. La llovizna había parado y el aire de Bogotá tenía esa claridad fría de las tardes cuando la lluvia lo deja limpio por unas horas antes de volver.
Entrar en Lumbre había sido más fácil de lo esperado.
Eso debería haberlo tranquilizado. No lo hizo. Porque la parte difícil no iba a ser sostener el papel de Torres bajo la mirada de un equipo. Lo complicado no sería ocultarlo. Sería sostener la mentira frente a una mujer que empezaba a notar demasiadas cosas.
Renata Sandoval era un problema mucho mayor de lo que convenía y lo irritante era que seguía reorganizando mentalmente el restaurante incluso después de salir de él.
**
El jueves por la tarde, Sebastián estacionó frente al edificio donde funcionaba una de las sedes de la fundación Luna y apagó el motor.
Desde afuera, el lugar no se parecía en nada a las oficinas del grupo empresarial que su padre dirigía con el rigor de quien nunca había confundido poder con bondad.
Había plantas en la entrada, murales pintados por niños en uno de los muros laterales y una circulación constante de gente con carpetas, cajas, termos de café, prisa útil.
De todos los espacios que llevaban el apellido Luna en la ciudad, ese era el único donde el dinero familiar intentaba parecer menos culpable.
La fundación acogía a mujeres cabeza de hogar y les brindaba, educación en diversos oficios y cuando ya estaban preparadas, las ayudaban a entrar en el mundo laboral y así podían dar a sus hijos una mejor vida.
Sebastián bajó del auto, cruzó la entrada y la encontró en una oficina vidriada al fondo del segundo piso, inclinada sobre una mesa llena de informes.
Llevaba el cabello recogido de forma descuidada, jeans y una blusa clara remangada hasta los codos.
Carecía de la dureza impecable de Augusto y la elegancia distante de su madre.
Paula, su hermana mayor, siempre había sido más humana.
Tenía ojos grises y amables, era más baja que él, ni delgada ni gruesa, era una mujer atractiva a su manera.
Alzó la vista apenas él apareció en la puerta.
—Vaya —dijo—. Pensé que ibas a cancelar en el último minuto y a mandarme uno de esos mensajes tuyos de tres palabras que envías para no dar explicaciones.
Sebastián entró sin sonreír y cerró la puerta detrás de sí.
—Tú dijiste que era importante.
Paula dejó el bolígrafo sobre la mesa y se recostó en el borde, cruzando los brazos con el gesto de quien no necesitaba adivinarle el humor porque llevaba media vida viéndolo entrar en habitaciones con el gesto del hombre que preferiría arrancarse una costilla antes que admitir de que algo lo alcanzó.
—Lo es —dijo—. Pero te conozco lo suficiente para saber cómo te quedas cuando Augusto te recuerda que, en su mundo, hasta el aire que respiras le pertenece.
Sebastián dejó la chaqueta sobre una silla.
—El trabajo en la fundación te ha vuelto muy sensible.
Paula ni se inmutó.