CAPÍTULO 9 #2
—¿Dónde está Gabriela? —preguntó Chloé, ignorándolo.
—Estará comprando un café o dando un paseo. No lo sé. No creo que tarde mucho en volver.
Chloé se quedó mirándolo, intentando encontrar alguna señal que le permitiera comprender lo que estaba pasando. ¿Qué significaba aquello? ¿Mario había inventado la nota? ¿La desaparición de Gabriela había sido una mentira desde el principio?
Una posibilidad mucho más dolorosa se abrió paso en su cabeza.
¿Y si Gabriela también la había traicionado?
Quizá todo había sido un plan para hacerla bajar la guardia.
Quizá Gabriela se había cansado de intentar cambiarla y había decidido que la única forma de terminar con La Sombra era entregarla a la policía.
La idea le revolvió el estómago y sintió cómo se le formaba un nudo en la garganta, tan repentino que tuvo que apretar los dientes para contenerlo.
No. No podía pensar aquello.
Gabriela la había mirado a los ojos y le había dicho que la quería.
La había abrazado, había confiado en ella y le había ofrecido la posibilidad de empezar de nuevo.
Chloé había permitido que aquellas palabras atravesaran todas sus defensas, había empezado a creer que quizá todavía merecía algo bueno.
Y ahora, tumbada en el suelo de un sitio desconocido, esposada y a merced de Mario, no sabía si todo aquello había sido real.
Tragó saliva con dificultad y apartó aquella idea de su mente. No iba a darle a Mario el placer de verla vulnerable. No iba a permitir que descubriera cuánto podía dolerle la posibilidad de haber perdido también a Gabriela.
Así que levantó la barbilla, sostuvo la mirada del policía y volvió a endurecer la expresión.
Si quería jugar con ella, tendría que esforzarse mucho más.
—Bueno, Chloé —comenzó Mario, inclinándose hacia delante—. Vamos a hablar de algunas cosas que llevamos demasiado tiempo sin poder aclarar.
—Qué ilusión. Siempre había soñado con tener una conversación íntima contigo —respondió ella con sarcasmo.
Mario ignoró el comentario y sacó una pequeña libreta del bolsillo.
—Dime, ¿es cierto que asesinaste al inspector jefe Gonzalo Ramírez a sangre fría? ¿Que le clavaste unas tijeras en el cuello y lo dejaste morir?
Chloé levantó la mirada hacia él, sin que su expresión revelara nada.
—No tengo nada que decir.
—¿Y qué me dices de Héctor Del Valle? ¿De Klaus Reinhardt? ¿De todos los hombres que han aparecido muertos durante los últimos años en circunstancias sospechosamente similares?
Ella guardó silencio. No pensaba reconocer nada delante de Mario, y mucho menos delante de los otros dos hombres que permanecían junto a la puerta. Por sus maneras y la forma en que habían colaborado para reducirla, tenía claro que también eran policías.
Mario cerró la libreta con un suspiro.
—Mira, podemos hacer esto de la manera fácil.
Si colaboras, puedo intentar conseguir que tu estancia en prisión sea lo menos desagradable posible.
Tengo contactos, puedo pedir ciertos favores y puedo ayudarte a negociar una reducción de condena.
Pero necesito tu cooperación, Chloé. Quiero que me cuentes todos y cada uno de los asesinatos, desde el primero hasta el último.
Quiero saber qué ocurrió con tu hermano, qué relación tiene su desaparición con todo esto y qué sabes de las otras personas que desaparecieron en Puerto Serena.
Chloé permaneció inmóvil, con la mirada fija en un punto de la pared.
—¿No vas a decir nada? —insistió Mario.
Ella ni siquiera parpadeó.
El policía dejó escapar una risa sin humor y se levantó del sofá.
—Si te crees que después de cargarte a Gonzalo y de arruinarle la carrera y la vida a Gabriela vas a irte de rositas, estás muy equivocada.
Sacó una pistola y comprobó el arma antes de dirigirla hacia ella. El sonido metálico resonó en el salón y Chloé sintió cómo todos sus músculos se tensaban, aunque se obligó a mantener la expresión desafiante.
—Vale, vamos a jugar —dijo Mario, apuntándole directamente—. Por cada pregunta que no contestes, te pego un tiro. Empezaremos por una rodilla, seguiremos con la otra y después iremos subiendo. Ya veremos cuánto tardas en decidir que quieres colaborar.
Chloé lo miró con auténtico desprecio.
—Solo contestaré a tus preguntas cuando vea que Gabriela está bien.
Mario negó lentamente con la cabeza y volvió a apuntar hacia su pierna.
—Esa no es la respuesta a mi pregunta.
Chloé apretó los dientes, resistiéndose al impulso de abalanzarse sobre él.
Estaba esposada, rodeada de tres hombres y sin ninguna posibilidad real de defenderse.
Pero podía soportar aquello. Lo que no soportaba era no saber dónde estaba Gabriela, si estaba a salvo o si, mientras ella permanecía allí, alguien podía estar haciéndole daño.
Mario apoyó el dedo en el gatillo.
—Última oportunidad.
Chloé sostuvo su mirada sin responder.
El disparo parecía inevitable cuando, de pronto, se oyó el ruido de la puerta principal al abrirse.
Mario giró ligeramente la cabeza hacia el pasillo y bajó el arma unos centímetros.
—Vaya —comentó con una sonrisa—. Parece que Gabriela ya ha llegado.
Los pasos se acercaron al salón y, un instante después, Gabriela apareció en el umbral con una bandeja con cuatro cafés en la mano. Venía distraída, probablemente preparada para encontrarse con Mario y hablar de cualquier cosa menos de lo que estaba a punto de ver.
Entonces levantó la mirada.
Vio a Chloé esposada en el suelo, con el rostro magullado y la respiración agitada. Vio a Mario de pie frente a ella, sosteniendo una pistola que todavía apuntaba en su dirección.
Y se quedó paralizada.
Los cuatro vasos de cartón se le resbalaron de las manos y cayeron al suelo, salpicando café por las baldosas.
Ninguna de las dos mujeres dijo una palabra.
Sus ojos se encontraron con los de Chloé, que la miraba con una pregunta clara en los ojos, que parecía desgarrarla por dentro.
¿Me has traicionado?