Donde acaba La Sombra CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

—¡Mario! ¿Qué has hecho? —exclamó Gabriela, todavía inmóvil en el umbral, con la mirada clavada en el arma que sostenía su antiguo compañero—. ¡Me prometiste que solo íbamos a hablar!

Mario la miró durante unos segundos, sin dejar de sujetar la pistola. Después soltó un suspiro y negó con la cabeza.

—Lo siento, Gabriela, pero alguien tenía que aportar un poco de sentido común a toda esta situación.

—¿Sentido común? —repitió ella, incrédula—. ¡Estás apuntándola con una pistola! Eso es de todo menos sentido común.

Mario soltó una risa amarga y señaló a Chloé con el arma.

—¿Eso mismo le dijiste cuando mató a Gonzalo? ¿Cuándo, Gabriela? ¿Antes o después de fugarte con ella?

Gabriela sintió el golpe de aquellas palabras, pero no apartó la mirada.

Sabía que Mario estaba dolido, que todavía intentaba encajar todo lo que había descubierto sobre Gonzalo y que verla allí, defendiendo a la mujer que había acabado con su vida, debía de resultarle insoportable.

Sin embargo, no podía permitir que la rabia decidiera por ellos.

—Mario, sabes que Gonzalo no era quien decía ser. No justifico lo que ha hecho Chloé, pero las cosas no son lo que parecen. Por favor, baja el arma y hablemos.

—No pienso bajar nada hasta que confiese todos y cada uno de los crímenes que ha cometido y pague por ellos ante la ley. Se acabaron las identidades falsas, las desapariciones y las huidas —volvió a dirigir el cañón hacia Chloé—. Esta vez no tiene escapatoria. Se va a ir de cabeza a la cárcel.

Chloé apretó los dientes al ver que Mario volvía a apuntarla.

Seguía tendida en el suelo, con las muñecas doloridas por las esposas y la cabeza palpitándole a causa del golpe.

Podía soportar los insultos, las amenazas e incluso la posibilidad de acabar entre rejas, pero no podía dejar de pensar en lo que ocurriría si Mario apretaba el gatillo.

Esperó el disparo.

Pero nunca llegó.

Gabriela se interpuso entre ambos, colocándose directamente frente al arma. Mario abrió los ojos de par en par y, por un instante, pareció incapaz de comprender lo que estaba viendo.

—¿En serio, Gabriela? —preguntó, con la voz cargada de incredulidad—. ¿Hasta qué punto te ha cambiado esta mujer para que estés haciendo esto?

—Sé que Chloé no ha hecho las cosas bien —respondió Gabriela, intentando mantener la voz firme a pesar de que el corazón le golpeaba con fuerza contra las costillas—. Sé que ha cometido errores terribles y no pretendo fingir que no ha pasado nada. Pero ella no es la villana de toda esta historia.

Mario negó con la cabeza, incapaz de ocultar su indignación.

—¿Que no es la villana? ¡Ha matado a personas, Gabriela!

—¡Lo sé! —replicó ella, alzando la voz—. No estoy diciendo que sea inocente. Estoy diciendo que hay mucho más detrás de todo esto y que tenemos que encontrar otra manera de resolverlo.

—¿Y qué propones? ¿Que la dejemos marchar otra vez?

—Sí —Gabriela respiró hondo y sostuvo su mirada—. La quiero, Mario. Estoy enamorada de ella.

Las palabras quedaron suspendidas en el salón.

Mario la contempló como si acabara de escuchar algo que jamás habría esperado de ella, mientras Chloé, detrás de Gabriela, levantaba ligeramente la cabeza.

No dijo nada, pero sus ojos se clavaron en la espalda de la mujer que acababa de ponerse delante de una pistola por ella.

—Chloé no va a volver a matar —continuó Gabriela—.

Eso se acabó. Hemos decidido hacer las cosas de otra manera, buscar pruebas y encontrar una salida que no implique seguir acabando con vidas.

Pero, para eso, necesito que me escuches.

Por favor, Mario. Escúchame antes de hacer algo de lo que podamos arrepentirnos.

Mario apretó la mandíbula. Su expresión había cambiado, aunque no estaba claro si lo que sentía era rabia, decepción o una mezcla de ambas cosas.

—¿Y Gonzalo? —preguntó finalmente—. ¿Vamos a dejar que su muerte caiga en el olvido? ¿Eso es lo que quieres? Te recuerdo que también era tu amigo.

Gabriela sintió un nudo en la garganta. Gonzalo había formado parte de su vida durante años, y descubrir quién era realmente había sido una de las experiencias más dolorosas de su carrera. No podía borrar lo que había significado para ella, ni tampoco ignorar todo lo que había hecho.

Bajó un poco la voz, consciente de que cualquier movimiento brusco podía empeorar las cosas.

—Por favor, baja el arma. Chloé ya está esposada. No puede hacerte nada. No tienes por qué complicarlo más. Hablemos primero y después decidimos qué hacer.

Mario la observó en silencio, respirando con dificultad. La pistola seguía en su mano, aunque su brazo había perdido parte de la firmeza inicial.

Entonces, desde el suelo, Chloé rompió el silencio.

—Baja el arma antes de que le pegues un tiro sin querer —dijo con voz ronca, sin apartar la mirada de Mario—. Gabriela, apártate.

—No pienso apartarme hasta que baje el arma —respondió ella, sin volverse.

—Gabriela, por favor —imploró Chloé, temiendo que Gabriela saliera herida por su culpa.

Pero la ignoró.

Durante unos segundos, los tres permanecieron inmóviles.

Gabriela no se movió ni un centímetro, y Mario alternó la mirada entre ella y la mujer esposada a sus pies.

Tenía delante a la amiga a la que había intentado proteger y a la asesina a la que llevaba tanto tiempo persiguiendo, y ninguna de las dos estaba dispuesta a ceder.

Finalmente, Mario dejó escapar un suspiro y bajó el arma.

Gabriela no se apartó de inmediato. Esperó a comprobar que el cañón apuntaba al suelo y solo entonces se permitió respirar, consciente de que acababa de evitar que aquella situación terminara de la peor manera posible.

Se volvió hacia Chloé y se arrodilló a su lado, sin importarle lo más mínimo que hubiera otras tres personas en la habitación ni las miradas que pudieran estar dedicándoles.

Le rodeó el cuello con los brazos y la atrajo hacia sí, abrazándola con tanta fuerza que casi parecía querer asegurarse de que seguía allí, de que estaba viva y de que no iba a desaparecer de repente.

Chloé apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que Gabriela buscara sus labios.

El beso fue breve, pero estuvo cargado de todo lo que ella no había conseguido decir desde que había entrado por aquella puerta: el miedo, la angustia, la desesperación de verla esposada en el suelo y la certeza de que, por un instante, había creído que podía perderla para siempre.

Cuando se separó, Gabriela mantuvo las manos sobre sus mejillas, mirándola como si necesitara comprobar que no tenía ninguna herida más de las que ya había visto.

—Lo siento —murmuró, con la voz todavía temblorosa—. Esta mañana Mario ha llamado a la puerta de tu casa. Creía que eras tú y he abierto. Me ha pedido que le acompañase, que solo quería hablar conmigo, y yo… yo no sabía nada de todo esto. Te juro que no tenía ni idea de que pretendía hacer esto.

Chloé la observó en silencio durante un segundo.

Después, una sonrisa enorme comenzó a dibujarse en sus labios, una de esas sonrisas que Gabriela apenas había tenido la oportunidad de ver en ella y que parecían iluminarle toda la cara.

Sus ojos brillaban, todavía húmedos por el alivio, mientras asimilaba las palabras de Gabriela y comprendía que no la había traicionado.

No había sido una trampa de los dos, ni una estrategia para entregarla a la policía.

Gabriela había estado dispuesta a ponerse delante de un arma para protegerla.

—No pasa nada —le aseguró Chloé, con una ternura que contrastaba con la tensión de los últimos minutos—. Lo entiendo.

Se inclinó hacia ella como pudo y le dio un beso corto, apenas un roce de labios que, sin embargo, consiguió tranquilizar a Gabriela mucho más que cualquier explicación. Luego acercó la boca a su oído y dijo:

—Te quiero —susurró—. Y has sido muy valiente.

Gabriela cerró los ojos un instante, dejando que aquellas palabras le llegaran hasta el fondo.

Cuando volvió a mirarla, lo hizo con una expresión tan llena de amor que Chloé sintió que, por primera vez en mucho tiempo, no necesitaba encontrar una respuesta ingeniosa ni fingir que nada de aquello la afectaba.

Se limitó a sostenerle la mirada y a sonreír, incapaz de ocultar lo aliviada que estaba de tenerla delante.

Un carraspeo rompió el momento.

Gabriela levantó la vista y encontró a Mario observándolas desde el otro lado de la habitación, con la pistola ya bajada y una expresión difícil de descifrar. Durante un instante pareció que iba a decir algo, pero finalmente se limitó a apretar los labios.

—Sí, perdón —murmuró Gabriela, sin demasiada convicción.

Volvió a centrarse en Chloé y le pasó un brazo por la espalda para ayudarla a incorporarse.

Chloé hizo una mueca cuando el movimiento le tiró de las muñecas esposadas, pero no se quejó.

Con cuidado, Gabriela consiguió sentarla sobre la alfombra y se aseguró de que estuviera cómoda antes de levantarse.

La expresión de su antiguo compañero seguía siendo tensa.

Tenía demasiadas preguntas, demasiadas cosas que reprocharle y una historia entera que necesitaba escuchar.

Gabriela lo sabía, y también sabía que lo que estaba a punto de contarle no iba a ser fácil de aceptar.

Pero ya no pensaba seguir huyendo ni permitir que aquella conversación terminara con otra persona apuntando un arma a Chloé.

—¿Tienes tiempo, Mario? —preguntó, sosteniéndole la mirada—. Porque esto va a ser largo de explicar.