Donde acaba La Sombra CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Chloé llegó al apartamento con la cabeza todavía llena de pensamientos. La conversación con Hugo y Charlotte había removido más cosas de las que esperaba.

Sin embargo, nada más entrar, algo le llamó la atención.

El apartamento estaba en silencio y Gabriela no apareció para recibirla.

Chloé dejó las llaves sobre la mesa y recorrió el salón con la mirada.

Esperó encontrarla en el dormitorio o en la cocina, pero no había nadie.

Su teléfono seguía sobre la mesita de noche y durante unos segundos intentó convencerse de que Gabriela habría bajado a comprar algo y se lo habría olvidado por las prisas.

Se sentó frente al ordenador, dispuesta a revisar los mensajes que había recibido mientras estaba fuera, pero no llegó a encender la pantalla.

Algo sobre la mesa captó su atención.

Era una nota, colocada cuidadosamente delante del sofá, en un lugar donde resultaba imposible no verla. Chloé frunció el ceño y se levantó para recogerla. Bastó una sola lectura para que todo el cuerpo se le quedara helado.

Nos hemos llevado a Gabriela. Entrégate a la policía y no le haremos nada.

Durante unos segundos, no fue capaz de moverse. Volvió a leer aquellas palabras, esperando haberlas entendido mal, deseando encontrar alguna explicación que no implicara lo que su instinto ya le estaba gritando.

¿Aquellos hombres habían conseguido seguirlas hasta París? ¿Las habían estado vigilando desde que escaparon de Puerto Serena?

La nota se arrugó entre sus dedos. De repente, Chloé pateó la mesa con tanta fuerza que varios objetos cayeron al suelo. Un gruñido de rabia le escapó de la garganta mientras se llevaba una mano al pelo, incapaz de contener la furia que empezaba a apoderarse de ella.

Si tan solo no se hubiera separado de Gabriela aquella mañana.

Si le hubiera hecho caso desde el principio, si nunca hubiera permitido que la acompañara a Puerto Serena, quizá nada de aquello habría sucedido.

Gabriela estaría a salvo, lejos de aquellos y ambas podrían haber empezado a construir aquella vida nueva de la que acababa de hablar con Hugo.

¿Por qué tenía que ocurrir precisamente ahora? Justo cuando, por primera vez, había empezado a creer que todavía podía existir algo más para ella.

Apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula.

Querían matar dos pájaros de un tiro: conseguir que La Sombra acabara entre rejas y eliminar a una testigo que podía complicarles las cosas.

Y, una vez que ella estuviera bajo custodia policial, nada les impediría deshacerse de Gabriela para asegurarse de que no quedaran cabos sueltos.

La sola idea le revolvió el estómago.

No podía permitirlo.

Tenía que encontrarla, averiguar dónde la retenían y asegurarse de que estuviera a salvo. Pero no podía presentarse en una comisaría y entregarse sin más, confiando ciegamente en la palabra de unos hombres que habían demostrado hasta dónde estaban dispuestos a llegar.

Entonces, un nombre apareció en su mente.

Mario Blas.

Llamarlo era una auténtica locura. Mario era policía, llevaba meses intentando encontrarla y, si respondía a su llamada, podría estar cometiendo el mayor error de su vida.

Pero también era la única persona a la que se le ocurría acudir.

Conocía el caso, había investigado a los hombres implicados y probablemente disponía de información que ella desconocía.

Chloé apretó los labios, sacó su teléfono y pulsó el botón de llamada.

El tono sonó una vez. Dos. Tres.

—¿Sí? —contestó finalmente una voz masculina.

—Mario… —la voz le salió más débil de lo que esperaba, y tuvo que tragar saliva antes de continuar—. Necesito tu ayuda.

Al otro lado se hizo un silencio repentino.

—¿Carolina?

Chloé cerró los ojos con fuerza. Incluso al borde de perder los nervios, escuchar aquel nombre le recordó todo lo que había dejado atrás y las mentiras sobre las que había construido su vida.

—Chloé —corrigió con dificultad—. Me llamo Chloé.

—Ya… Perdona. Chloé.

Mario no sonaba enfadado. Tampoco especialmente sorprendido, como si una parte de él hubiera imaginado que algún día volvería a escuchar su voz.

—Se han llevado a Gabriela —soltó de golpe—. Han entrado en mi casa y se la han llevado. Han dejado una nota exigiendo que me entregue a la policía si quiero que la suelten.

La respiración empezó a fallarle y tuvo que apartarse el teléfono de la oreja durante un instante. Odiaba sentirse así, incapaz de controlar sus propias emociones, pero la idea de que Gabriela estuviera en manos de aquellos hombres le impedía pensar con normalidad.

—¿Qué? —la voz de Mario cambió por completo—. ¿Quién se la ha llevado?

—Los hombres de Puerto Serena. Estoy segura. Quieren silenciarnos. No sé dónde la tienen, no sé cuánto tiempo me queda y no puedo entregarme sin saber que está a salvo. Mario, por favor…

Se interrumpió, incapaz de terminar la frase.

Nunca había pedido ayuda de aquella manera.

Había pasado años convencida de que podía resolverlo todo sola, de que confiar en alguien era una debilidad que tarde o temprano acabaría volviéndose en su contra.

Pero aquella vez no se trataba de ella. Se trataba de Gabriela, y estaba dispuesta a tragarse todo su orgullo si eso significaba tener una oportunidad de recuperarla.

—Escúchame —dijo Mario con firmeza—. ¿Dónde estás ahora?

—En París.

—Yo también estoy en París.

Chloé se quedó inmóvil.

—¿Cómo que estás en París?

—La noche que nos vimos en Puerto Serena, me di cuenta de que yo no era el único que iba siguiendoos la pista.

Chloé apretó el teléfono con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. ¿Cómo podía ser que ella no se hubiera dado cuenta de que las estaban siguiendo?

—Entonces, ¿sabes dónde pueden tenerla? —preguntó con insistencia—. ¿Estás seguro de que no saben que los has seguido?

—Puede ser, pero necesitamos hablar cara a cara —contestó Mario—. No podemos tener esta conversación por teléfono.

Chloé miró la nota que seguía arrugada entre sus dedos. Cada segundo que pasaba sin saber dónde estaba Gabriela le parecía una eternidad.

—De acuerdo. Dime dónde podemos vernos.

Mario le dio una dirección del centro de París y quedaron en verse allí en veinte minutos.

—Chloé —añadió él antes de colgar—. No hagas ninguna tontería hasta que hablemos. Si esos hombres quieren que te entregues, es porque tienen miedo. No les des exactamente lo que quieren.

La llamada terminó y Chloé se quedó mirando la pantalla unos segundos antes de guardar el teléfono. Acababa de recurrir al hombre que llevaba años intentando atraparla, un policía al que había engañado y cuya confianza había destruido.

Cogió la chaqueta y salió del apartamento sin volver la vista atrás. No tenía intención de entregarse a nadie. No hasta recuperar a la mujer que le había enseñado que quizá todavía merecía una segunda oportunidad.

✽✽✽

Chloé llegó a la dirección que Mario le había indicado con el corazón golpeándole el pecho. Pulsó el timbre y esperó apenas unos segundos antes de que le abriera. Subió las escaleras deprisa y, al llegar a la puerta del piso, llamó con los nudillos, impaciente.

Mario abrió casi de inmediato.

—Gracias por ayudarme —soltó Chloé nada más verlo, con la respiración todavía acelerada—. Sé que no tengo derecho a pedirte nada después de todo lo que ha pasado, pero…

—Todo esto es por Gabriela —la interrumpió él.

Chloé asintió. No esperaba otra respuesta, pero aun así agradecía que hubiera accedido a ayudarla.

—Lo sé. Aun así, gracias.

Mario se apartó para dejarla pasar. Chloé entró y empezó a caminar por el pasillo.

—Dime dónde crees que pueden tenerla. No podemos perder más tiempo. Si esos hombres quieren que me entregue, tenemos que averiguar qué saben y dónde…

El golpe llegó por detrás, seco y brutal.

Chloé sintió una punzada de dolor en la cabeza y perdió el equilibrio.

Cayó de rodillas, llevándose una mano a la nuca, mientras un zumbido le llenaba los oídos.

Durante un instante, todo se volvió confuso.

Después, la rabia se impuso al desconcierto y trató de incorporarse para abalanzarse sobre Mario.

No llegó a levantarse. Mario gritó algo hacia el pasillo y dos hombres aparecieron de inmediato, agarrándola por los brazos y empujándola contra el suelo.

Chloé pataleó, forcejeó y lanzó una retahíla de insultos mientras intentaba zafarse, pero entre los tres consiguieron inmovilizarla.

Uno de ellos le sujetó las piernas mientras Mario le retorcía los brazos a la espalda y le cerraba las esposas alrededor de las muñecas.

—¡Suéltame! ¡Te juro que te voy a arrancar la cabeza!

Mario comprobó que las esposas estuvieran bien cerradas antes de apartarse.

Y entonces Chloé lo comprendió.

Había caído en una trampa.

Debería haberse dado cuenta desde el principio.

Debería haber sospechado de la facilidad con la que Mario había aceptado ayudarla y de aquella dirección a la que había acudido sin hacer preguntas.

Pero la angustia por Gabriela le había nublado el juicio hasta el punto de hacerla olvidar todas las precauciones que había aprendido a lo largo de los años.

Los dos hombres la arrastraron por el pasillo hasta el salón y la dejaron tumbada boca arriba sobre la alfombra.

Chloé intentó incorporarse, pero las esposas limitaron sus movimientos.

Tenía la cabeza palpitándole y un sabor amargo en la boca, aunque el dolor físico era lo que menos le preocupaba en aquel momento.

Mario se sentó en el sofá que tenía frente a ella. Se acomodó con una tranquilidad irritante y cruzó una pierna sobre la otra, contemplándola con una sonrisa triunfante.

—Por fin —dijo—. Ya era hora de que pudiéramos hablar como Dios manda.

Chloé levantó la cabeza despacio y le dedicó una mirada cargada de odio.

—¿Necesitabas esposarme para hablar conmigo? ¿O te daba miedo volver a hacerte pipí encima, como aquella vez en la comisaría?

La sonrisa de Mario se ensanchó apenas un instante, pero enseguida recuperó la seriedad.

—Tus provocaciones absurdas no van a servirte de nada.