Donde acaba La Sombra CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

Entre besos y pequeñas risas cómplices, ambas terminaron desnudas sobre la cama. Gabriela admiró el cuerpo desnudo de Chloé y no pudo contenerse de acariciarla de arriba a abajo con devoción, hasta detenerse en una pequeña cicatriz cerca de las costillas

—Fue con un cuchillo —explicó Chloé antes de que Gabriela pudiera preguntar—. Todavía era novata y me acabé llevando un pequeño souvenir de aquella lucha. Pero como puedes ver, acabé ganando.

—¿Te dolió mucho? —preguntó Gabriela sin dejar de acariciar la zona con su pulgar.

—Un poco —reconoció encantada con la preocupación de Gabriela por ella—. Bésame —dijo bajando la voz.

La deseaba.

Gabriela se tumbó sobre ella y ambas suspiraron al sentir el roce de sus pieles desnudas. Se besaron con lentitud, saboreando sus lenguas, el dulzor de sus bocas. Acariciándose sin descanso.

—Gabriela… —dijo Chloé sin aire, sintiendo cada parte de su cuerpo quemar—. Te necesito, no aguanto más.

Una sonrisa cargada de amor se dibujó en el rostro de Gabriela mientras observaba la mirada de Chloé en ella.

Vulnerable. En completa confianza.

Su mano se coló entre sus piernas y, aun así, no dejaron de mirarse. Chloé gemía suavemente con cada caricia, sus manos se aferraban a la piel de Gabriela como si luchara por mantenerse anclada en aquel lugar, como si en cualquier momento pudiera elevarse.

—Te quiero —dijo Gabriela con el pecho apretado—. Mucho.

Pero Chloé no pudo responder, demasiado ocupada deshaciéndose entre los dedos de Gabriela.

Llegando al orgasmo con una fuerza que desconocía y que creía que no tenía.

Descubriendo algo que creía que no existía.

Un par de lágrimas escaparon de sus ojos por aquel cúmulo de emociones y placer, pero Gabriela se aseguró de limpiarlas con besos suaves en sus mejillas.

—Dios mío, ha sido impresionante —dijo Chloé mientras abrazaba a Gabriela contra su pecho con fuerza.

—Sí, ser normal también tiene sus cosas increíbles —contestó devolviéndole el abrazo.

Chloé dio la vuelta sobre la cama y se colocó sobre Gabriela con un gesto completamente satisfecho en la cara. Besó a Gabriela. Un beso lento, húmedo… una declaración de intenciones en toda regla.

—Espera… —dijo Gabriela, intentando poner cabeza—. ¿Por qué no duermes un poco? Estás cansada y podemos seguir luego.

—Ahora mismo lo último que quiero es dormir —declaró firmemente.

Gabriela soltó una pequeña carcajada, incapaz de resistirse a la sonrisa traviesa que empezaba a dibujarse en los labios de Chloé.

—¿Y qué quieres hacer, entonces?

Chloé se inclinó para besarla de nuevo, esta vez con una dulzura que contrastaba con la urgencia de unos segundos antes. Después apoyó la frente contra la suya y cerró los ojos, disfrutando de aquella cercanía.

—Quiero hacer el amor contigo —susurró.

Gabriela le acarició la mejilla y le apartó un mechón de pelo detrás de la oreja.

—Me parece perfecto.

Chloé la miró durante unos segundos, como si todavía estuviera aprendiendo a creer que podía permitirse algo tan sencillo. Después volvió a besarla y sus cuerpos volvieron a entrelazarse con una naturalidad que ninguna de las dos habría imaginado meses atrás.

Tal vez Chloé no sabía cómo se empezaba una vida nueva cuando llevaba tantos años convenciéndose de que no merecía tenerla.

Pero aquella mañana, supo que valía la pena intentarlo.

✽✽✽

Al día siguiente, después de haber hecho el amor durante horas y horas, solo parando para dormir y comer, Chloé se levantó de la cama mientras Gabriela seguía y salió del apartamento sin hacer ruido.

Había pasado buena parte del día anterior pensando en lo que había ocurrido.

Había pensado en ella misma, en Gabriela y en la posibilidad de que su vida no tuviera que seguir siendo una sucesión interminable de muertes.

Necesitaba hablar con Hugo y Charlotte antes de tomar ninguna otra decisión.

Cuando llegó a la tienda, Hugo estaba colocando unas cajas detrás del mostrador, mientras Charlotte organizaba varios artículos en una estantería. Ambos levantaron la mirada al verla entrar, sorprendidos por aquella visita tan temprana. Chloé solía avisarles antes de aparecer.

—Tenemos que hablar —anunció, acercándose al mostrador.

Hugo dejó la caja que sostenía y la observó con atención.

—Eso nunca suele significar nada bueno.

Chloé esbozó una sonrisa breve, aunque enseguida volvió a ponerse seria. No sabía muy bien cómo empezar, así que respiró hondo y decidió hablar sin rodeos.

—He tomado una decisión. Quiero dejarlo —soltó sin más preámbulo.

Charlotte dejó de ordenar los artículos y miró a Hugo antes de volver los ojos hacia ella.

—¿Dejar qué, exactamente? —preguntó, aunque parecía intuir la respuesta.

—Todo esto. Las misiones, los asesinatos… No quiero seguir viviendo así.

Durante unos segundos, ninguno de los dos dijo nada.

Chloé conocía aquella clase de silencio.

Habían compartido demasiados años, demasiadas conversaciones y demasiadas pérdidas como para que Hugo y Charlotte necesitaran explicaciones sobre lo que significaba aquella decisión.

Ellos habían estado allí desde el principio, ayudándola a encontrar información, construyendo identidades falsas y poniéndola en contacto con familias que llevaban años buscando respuestas.

Sabían mejor que nadie cuánto había sacrificado para llegar hasta aquel punto.

—¿Estás segura? —preguntó finalmente Hugo.

Chloé bajó la mirada hacia sus manos antes de asentir.

—Sí. O, al menos, quiero intentarlo. Estoy cansada, Hugo. Cansada de levantarme cada mañana pensando en quién será el siguiente y de convencerme de que, si sigo eliminando a los responsables, algún día todo habrá terminado.

Le costó pronunciar aquellas palabras, quizá porque nunca antes se había permitido decirlas en voz alta.

Durante años había encontrado una razón para continuar cada vez que sentía que no podía más.

Pensaba en Julien, en las familias que seguían esperando justicia y en todas las personas que habían sido silenciadas por hombres que creían estar por encima de la ley.

Pero ahora empezaba a comprender que su dolor no tenía por qué convertirse en una condena perpetua.

—Es cierto que he hecho cosas terribles —continuó, levantando la mirada—. No puedo deshacerlas ni fingir que no han ocurrido. Pero quizá todavía pueda hacer algo diferente. Algo más que vivir con este resentimiento hasta el día en que alguien me mate o termine en la cárcel.

Hugo apoyó ambas manos sobre el mostrador y soltó un suspiro.

—Parece que la ex policía aficionada por la que no teníamos que preocuparnos ha calado hondo en ti —adivinó con media sonrisa—.

Pero tienes que saber que muchas familias estarán decepcionadas contigo.

Algunas llevan años confiando en ti, Chloé.

Para ellas, eres la única persona que ha conseguido hacer algo cuando todos los demás les dieron la espalda.

No van a entender que decidas marcharte ahora.

—Lo sé —respondió ella, sin apartar la mirada—. Pero tampoco puedo seguir tomando decisiones únicamente por lo que esperan de mí. No quiero abandonar a esas familias, Hugo. Quiero intentar ayudarlas de otra manera. Yo también quiero justicia para Julien.

Charlotte se acercó un poco más, interesada por aquella última afirmación.

—¿Qué tienes en mente?

—Gabriela conoce el caso mejor que nadie.

Y las familias tienen información que llevan años reuniendo: nombres, testimonios, documentos, conexiones entre personas que nunca deberían haber estado relacionadas.

Hasta ahora hemos utilizado todo eso para encontrar a los responsables, pero quizá podamos hacer algo más con ello.

Reunir pruebas sólidas, contrastarlas, encontrar vínculos que puedan demostrarse y construir un caso que, con el tiempo, sea lo bastante consistente como para presentarlo ante la justicia.

—Eso podría llevar años, incluso puede no funcionar —advirtió Hugo.

—Matar a toda esa gente tampoco nos ha llevado a ningún lugar —rebatió Chloé.

Charlotte la contempló con una expresión que Chloé no supo interpretar del todo. Había preocupación en sus ojos, pero también algo parecido al alivio. Quizá llevaba años temiendo que aquella misión terminara consumiéndola por completo.

—¿Y qué vas a hacer ahora? —preguntó.

—Marcharme de París. Necesito alejarme de todo esto, empezar de nuevo en otro lugar. Quiero una identidad nueva para mí y para Gabriela, una vida en la que podamos decidir quiénes queremos ser sin tener que mirar constantemente por encima del hombro.

Hugo guardó silencio durante un momento. Después rodeó el mostrador y se acercó a ella, estudiando su rostro como si intentara encontrar algún indicio de que aquella decisión fuera fruto de un impulso pasajero.

—Puedo hacerlo —dijo finalmente—. No será de un día para otro, pero intentaré tenerlo todo preparado lo antes posible para que podáis marcharos.

Chloé sintió que algo se aflojaba dentro de su pecho. No se había dado cuenta de lo mucho que necesitaba escuchar aquellas palabras.

—Gracias, Hugo.

Hugo negó con la cabeza y después abrió los brazos para abrazarla. Chloé se quedó desconcertada durante un instante, pero aceptó aquel abrazo y dejó que la estrechara brevemente.

Y, de pronto, comprendió que les tenía un cariño que apenas se había permitido reconocer. Había estado tan concentrada en su misión que ni siquiera se había detenido a pensar en todo lo que significaban para ella.

Cuando se separaron, Charlotte se acercó también y le acarició el brazo con afecto.

—Todo irá bien, Chloé. Ya lo verás.

Chloé asintió, aunque las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. Quería creerla. Quería pensar que, después de tantos años persiguiendo la justicia a su manera, todavía podía encontrar algo de paz y construir una vida que no estuviera marcada por la muerte.

Pero una parte de ella seguía preguntándose si de verdad tenía derecho a empezar de cero.