CAPÍTULO 8
Cuando llegaron al apartamento, ninguna de las dos había pronunciado una sola palabra desde que consiguieron escapar del hotel.
Chloé cerró la puerta a sus espaldas y dejó las llaves sobre la mesa, con un movimiento seco que rompió el silencio.
Después se volvió hacia Gabriela, que seguía junto a la entrada, pálida y con la mirada perdida.
—Recoge tus cosas. Nos vamos a París.
No hubo reproches ni preguntas. Chloé no le echó en cara que la hubiera seguido o que hubiera puesto en peligro la misión.
Aquello resultaba casi peor que cualquier discusión.
Su rostro permanecía impasible, pero Gabriela la conocía lo suficiente para reconocer la tensión de su mandíbula y la forma en que evitaba mirarla. Estaba enfadada. Mucho.
Se cambió de ropa y guardó sus pertenencias en la mochila, todavía con la imagen del hombre desplomándose ante ella grabada en la cabeza. Había visto a Chloé matar a alguien a sangre fría, había vivido una persecución y, para colmo, Mario la había pillado con las manos en la masa junto a Chloé.
Se sentía extraña. Una parte de ella todavía conservaba la euforia de la adrenalina, aquella sensación intensa que la había mantenido en movimiento durante la huida.
Sin embargo, debajo de todo aquello había un miedo que nunca había experimentado con tanta fuerza.
Miedo de morir, de perder a Chloé y de no saber cómo salir de una vida que cada vez parecía arrastrarla más lejos de quien había sido.
Cuando terminó de recoger, Chloé ya la esperaba junto a la puerta. Gabriela cogió la mochila y salió detrás de ella sin que ninguna pronunciara una palabra más.
Poco después, ambas viajaban hacia Francia en silencio.
Chloé conducía con la mirada fija en la carretera, vestida con un chándal oscuro que, aun siendo mucho más cómodo que el elegante vestido blanco que había llevado horas antes, le quedaba como un guante.
Parecía completamente concentrada en la conducción, ajena a la mirada furtiva que Gabriela le dirigía de vez en cuando.
Gabriela no sabía qué decir. Seguía en shock, intentando asimilar todo lo que había ocurrido, mientras el silencio entre ambas se hacía cada vez más incómodo. Finalmente, bajó la mirada y reunió el valor para hablar.
—Lo siento —murmuró con culpa.
Pero Chloé no contestó. Tampoco la miró.
Gabriela decidió no volver a hablarle más, por lo menos no hasta que se le hubiera pasado aquel enfado.
Cerró los ojos y se acomodó contra el asiento.
Horas más tarde, Chloé zarandeó su cuerpo suavemente, avisándola de que ya habían llegado. Gabriela se desperezó con un largo bostezo, estirando todos los músculos de su cuerpo.
El cielo ya empezaba a clarear, Chloé había conducido durante toda la noche sin detenerse. Todavía parecía enfadada, pero esa vez ayudó a Gabriela a bajar sus pertenencias del coche y las cargó ella misma hasta su casa.
Cuando entraron, el silencio volvió a pesarles a ambas.
—Deberías dormir… estarás muy cansada —dijo Gabriela mientras la observaba sentarse delante del ordenador que había en el salón.
—Sí, primero tengo que avisarles de que he vuelto —contestó con un tono de voz plano.
Gabriela dio un par de pasos hacia ella y se detuvo cuando apenas había un metro entre ella y el respaldo de la silla en la que Chloé estaba sentada.
—Lo siento —repitió—. Sé que la he cagado esta noche pero…
—Sí, la has cagado —contestó Chloé bastante seca—. Casi nos matas a las dos.
—Lo sé, pero no podía quedarme en casa de brazos cruzados —intentó explicarse—. Necesitaba ir y asegurarme de que no te pasaba nada.
—Ya habíamos hablado de esto, Gabriela —suspiró mientras se giraba a mirarla—. Te dejé venir a Puerto Serena conmigo con la condición de que obedecieras lo que te decía y no has sido capaz de hacerlo.
—¿Y mi opinión no cuenta o qué? —dijo empezando a molestarse—. No entiendo por qué tiene que ser siempre lo que tú quieras.
—Porque yo soy la única de las dos que puede protegernos —se levantó de la silla—. Soy la única que sabe lo peligroso que es todo esto.
—También sabes que esto es algo imparable, sabes que tú sola no vas a conseguir nada —le plantó cara—.
Llevas años matando y aun así siempre van a seguir apareciendo.
Esto es como tener la casa infestada de cucarachas y en vez de llamar a una empresa de fumigación, limitarte a matar una cucaracha al día esperando que algún día se solucione por arte de magia.
—Mejor eso que nada —murmuró Chloé con la boca pequeña.
—No, Chloé, no —dijo con cansancio—. Seguir matando a gente no va a solucionar el problema y lo sabes. Tenemos que encontrar otra vía. Sé que podemos hacerlo pero necesito que pongas de tu parte. Podemos reunir pruebas, podemos…
—¡La policía no va a hacernos caso! —exclamó exhausta—. Es gente poderosa, tienen contactos en todas partes, siempre van a salirse con la suya.
—Joder, Chloé, ¡qué cabeza más dura tienes! ¿No puedes intentarlo una sola vez? ¿Por mí? —preguntó desesperada—. No quiero que sigas poniéndote en peligro y tampoco quiero que sigas matando a gente, por mucho que se lo merezcan.
—Pues ya te puedes ir —dijo Chloé con frialdad—. Sabes lo que soy. Lo has sabido todo este tiempo… ¿creías que podías cambiarme? ¿Qué soy para ti? ¿Un experimento?
Gabriela la miró como si la hubiera insultado. De hecho, así se sentía.
—No, para nada —contestó dolida—. Por mucho que te cueste creerlo, lo único que buscaba era que dejaras esta vida. Quería que te dieras la oportunidad de vivir una vida normal, una vida que no elijas desde el dolor y el rencor.
Chloé suspiró y bajó la mirada, como si Gabriela hubiera dado justo donde más le dolía.
—Yo ya no tengo esa oportunidad —susurró con pesadumbre—. He hecho demasiadas cosas malas para merecer algo más que esta vida.
Y entonces, Gabriela pareció entender aquella necesidad imperiosa que tenía Chloé por seguir haciendo lo que hacía. Era una manera de castigarse a sí misma por todo. Por haberle fallado a Julien, por haber perdido a sus padres por el camino, por haber matado a esas personas.
Chloé se había metido solita en la boca del lobo y en vez de intentar escapar, había aceptado que aquello era todo lo que le esperaba para el resto de su vida.
—Has hecho cosas malas —afirmó Gabriela—. Pero eso no significa que tengas que seguir haciéndolas indefinidamente y mucho menos que no merezcas empezar de cero y volver a sentir felicidad.
—No sé cómo empezar desde cero —confesó Chloé, ablandándose cada vez más—. No sé lo que es tener una vida normal.
—En eso te puedo ayudar —dijo Gabriela—. Soy experta en tener una vida aburrida, ¿recuerdas? —continuó con una pequeña sonrisa—. Solía pasarme el día leyendo libros o viendo la tele antes de conocerte…
Chloé sonrió suavemente, una sonrisa pequeña, pero lo suficientemente significativa para que Gabriela volviera a recuperar algo de esperanza.
—No quiero que pierdas tu tiempo en mí —dijo Chloé—. Ya has perdido lo suficiente.
—Quiero hacerlo —insistió Gabriela con determinación—. Quiero ayudarte, de verdad.
Chloé clavó sus ojos en los de Gabriela, intentando buscar cualquier resquicio de duda, analizándola en profundidad.
—¿Por qué? —preguntó con curiosidad—. ¿Por qué harías todo eso por mí?
—Porque me importas —respondió Gabriela, y enseguida se dio cuenta de que aquella respuesta se quedaba corta—. Y porque te quiero.
El corazón de Chloé se saltó dos latidos. Apenas recordaba cuándo había sido la última vez que alguien le había dedicado aquellas dos palabras. ¿Habría sido su madre? ¿Su padre? ¿Tal vez Julien?
Su mente no se acordaba.
Hacía tantos años que algo dentro de ella había acabado aceptando que lo más probable era que nunca más nadie volviera a quererla. Sobre todo después de todo lo malo que había hecho durante casi toda su vida.
Pero ahí estaba Gabriela. Aquella policía que había conocido meses atrás que, a pesar de que desde el principio captó su atención, jamás imaginó que acabaría teniendo un papel tan importante en su vida.
Y mucho menos, jamás pensó que aquella chica tan responsable y cuadriculada pudiera ser capaz de amar a una asesina.
—¿Me quieres? —preguntó finalmente, descolocada.
—¿De verdad crees que habría hecho todo esto si no te quisiera? —preguntó Gabriela con una pequeña sonrisa tímida.
—No lo sé… —reconoció con sinceridad.
—Pues no —afirmó Gabriela—. Solo tú has conseguido hacerme sentir así.
Has hecho que me cuestione cosas que nunca me habría cuestionado y que haga cosas que jamás habría imaginado.
Me has enseñado que el mundo no siempre es blanco o negro —explicó, intentando poner en palabras todo lo que llevaba tanto tiempo sintiendo—.
Ahora quiero ayudarte a entender que tu vida tampoco tiene por qué serlo.
Chloé, con las emociones a flor de piel, agarró las mejillas de Gabriela entre sus manos y la besó con la esperanza de corresponder con actos lo que tanto le costaba poner en palabras.
Gabriela la besó de la misma manera, entendiendo sin la necesidad de palabras que Chloé sentía exactamente lo mismo que ella.
—Enséñame a ser normal —susurró Chloé sobre sus labios—. Tócame —pidió mientras cogía una mano de Gabriela y la colocaba sobre su intimidad por encima de sus pantalones de chándal.
Ambas contuvieron un jadeo. Gabriela por el placer de por fin poder sentir que Chloé quería abrirse a ella en todos los sentidos y Chloé por lo bien que se estaba sintiendo confiando en alguien plenamente por primera vez.
—¿Puedo desnudarte? —preguntó Gabriela asegurándose de no hacer nada fuera de lugar.
—Puedes hacer lo que quieras —murmuró Chloé antes de besarla otra vez con ansias.
Gabriela acarició con lentitud a Chloé a través de la tela y notó el calor que emanaba de aquella zona y también el pequeño gemido que intentó ahogar.
—Déjate llevar —dijo Gabriela mirándola a los ojos—. Confía en mí.
Chloé asintió completamente ida. Cada centímetro de su piel anhelaba el tacto de las manos de Gabriela y su mente, por primera vez, estaba en la misma página. Lista para dejarse ir, para entregarse.