CAPÍTULO 7 #3
Gabriela se mantuvo apartada, observándola desde la distancia y procurando no llamar la atención.
Entonces, Chloé dejó la copa sobre una mesa y comenzó a caminar hacia la salida del salón.
Gabriela siguió sus movimientos con la mirada y reparó en tres hombres que abandonaban la estancia casi al mismo tiempo.
Se le encogió el estómago. No sabía cuál de ellos era el objetivo, pero empezó a sospechar que Chloé iba tras uno de los tres.
Los hombres avanzaron por un pasillo lateral y Chloé los siguió con naturalidad, manteniendo cierta distancia.
Gabriela esperó unos segundos antes de hacer lo mismo, intentando que nadie reparara en ella.
Al llegar al pasillo, vio cómo dos de los hombres entraban en una habitación, mientras el tercero se quedaba fuera, consultando algo en su teléfono.
Chloé no dudó. Se acercó a él con una sonrisa amable y comenzó a hablarle como si fueran viejos conocidos. Gabriela no podía escuchar la conversación, pero observó cómo el hombre relajaba los hombros y respondía con una sonrisa, aparentemente encantado con la atención de aquella desconocida.
El corazón le golpeaba con fuerza. ¿Iba a hacerlo allí mismo? ¿Y si los otros dos salían de la habitación? ¿Cómo pensaba enfrentarse a ellos si algo salía mal?
De pronto, Chloé fingió buscar algo en su bolso. El movimiento fue tan natural que el hombre ni siquiera pareció sospechar. Sin embargo, cuando volvió a sacar la mano, Gabriela alcanzó a ver un destello metálico antes de que Chloé le clavara algo en el cuello con un gesto rápido y decidido.
El hombre abrió los ojos de par en par. Intentó llevarse las manos a la garganta, pero las piernas le fallaron y cayó de rodillas, emitiendo unos sonidos roncos y desagradables antes de desplomarse sobre el suelo.
Gabriela se quedó paralizada durante un instante, con el pulso desbocado y la respiración atrapada en el pecho.
Había sucedido tan deprisa que apenas había podido procesarlo.
Chloé, en cambio, se limpió las manos con un pañuelo y se volvió con la serenidad de quien acababa de completar una tarea rutinaria.
Entonces la vio.
Sus ojos se clavaron en Gabriela, y por primera vez aquella noche su expresión perdió toda su calma. ¿Qué demonios hacía allí? ¿Cómo había conseguido seguirla sin que se diera cuenta?
Gabriela se acercó unos pasos, todavía alterada, pero aliviada de que el asesinato hubiera terminado. Miró el cuerpo tendido en el suelo y después a Chloé.
—¡Vámonos ya! —dijo con urgencia.
—No grites —respondió Chloé entre dientes, lanzándole una mirada furiosa.
Pero ya era demasiado tarde. El grito de Gabriela había llamado la atención de los dos hombres que seguían dentro de la habitación. La puerta se abrió y ambos salieron al pasillo. Durante un segundo, nadie se movió. Sus miradas pasaron del cadáver a Chloé y, finalmente, a Gabriela.
Uno de ellos soltó una exclamación y avanzó hacia ellas.
Chloé agarró a Gabriela del brazo.
—¡Corre!
Gabriela no necesitó que se lo repitiera.
Echó a correr detrás de ella por el pasillo mientras escuchaba los pasos de los dos hombres persiguiéndolas.
Atravesaron una puerta de servicio y llegaron a la cocina, donde varios camareros se volvieron hacia ellas, sorprendidos por aquella aparición repentina.
Chloé no se detuvo ni un segundo. Tiró de Gabriela y ambas cruzaron la estancia esquivando carros, bandejas y a un cocinero que les gritó algo que ninguna se molestó en escuchar.
Cuando alcanzaron la salida trasera, Chloé empujó la puerta con fuerza y ambas irrumpieron en el patio.
Y estuvieron a punto de chocar de frente con alguien.
Era Mario.
Él se quedó inmóvil, tan sorprendido como ellas.
Durante unos segundos, ninguno de los tres dijo nada.
Gabriela sintió que se le helaba la sangre mientras miraba a su antiguo compañero, incapaz de encontrar una explicación que no la condenara.
Mario, por su parte, pasó la mirada de ella a Chloé, y su expresión cambió lentamente a medida que comprendía lo que estaba viendo.
—Gabriela… ¿qué haces aquí? —murmuró, incrédulo.
Ella abrió la boca, pero no consiguió pronunciar una sola palabra.
Tenía demasiadas cosas que explicar y ninguna que pudiera decir en aquel momento.
Mario seguía mirándola como si no reconociera a la mujer que tenía delante, mientras Chloé, a su lado, evaluaba la situación con una rapidez que Gabriela conocía demasiado bien.
A lo lejos comenzaron a escucharse voces procedentes del interior del hotel.
Chloé no apartó los ojos de Mario.
—Tenemos que irnos —dijo con firmeza.
Gabriela miró a su antiguo compañero una última vez.
Había preguntas en sus ojos, desconcierto y algo más que no supo identificar.
Por un instante, estuvo a punto de quedarse.
De decirle que podía explicárselo, que las cosas no eran como parecían, aunque ni siquiera ella supiera cómo justificar lo que acababa de hacer.
Pero Chloé volvió a tirar de su brazo.
Y Gabriela echó a correr.
Las dos cruzaron el patio, se internaron por un lateral del edificio y desaparecieron entre las calles oscuras de Puerto Serena antes de que nadie consiguiera alcanzarlas.
Mario permaneció junto a la puerta, contemplando el lugar por el que acababan de escapar. Acababa de encontrar a Gabriela, después de meses sin saber nada de ella, y la había visto huir de la mano de la mujer a la que llevaba tanto tiempo intentando detener.