CAPÍTULO 7
El viaje hasta Puerto Serena había sido largo y agotador. Cuando Chloé abandonó la carretera principal para adentrarse en la ciudad, Gabriela se incorporó ligeramente en el asiento.
Los edificios, los comercios y hasta los semáforos parecían exactamente iguales que cuando se había marchado.
Sin embargo, regresar después de tanto tiempo le produjo una sensación difícil de explicar, una mezcla de nostalgia y extrañeza que se le instaló en el pecho mientras observaba las calles por las que había pasado tantas veces.
Al llegar a la calle principal, no pudo evitar recordar las patrullas con Mario durante sus primeros años en la comisaría.
Las conversaciones interminables dentro del coche, las bromas cuando alguno de los dos llevaba demasiadas horas trabajando y aquellos paseos que daban al terminar el turno cuando ninguno tenía ganas de volver todavía a casa.
También recordó las tardes en las que habían recorrido aquella misma avenida buscando cualquier pista que pudiera acercarlos a La Sombra, sin imaginar que la mujer a la que intentaban encontrar acabaría convirtiéndose en alguien tan importante para ella.
Gabriela bajó un poco la ventanilla, dejando que el aire del exterior le acariciara el rostro. El olor del mar llegaba hasta aquella parte de la ciudad.
Chloé continuó conduciendo sin interrumpir sus pensamientos.
Poco a poco, fueron dejando atrás las calles más concurridas y las zonas que Gabriela conocía mejor.
Los edificios comenzaron a cambiar, las avenidas se estrecharon y los comercios dieron paso a pequeños negocios de barrio.
Era una parte de Puerto Serena que Gabriela conocía menos, alejada de las zonas turísticas y de los lugares por los que solía moverse cuando trabajaba como policía.
Finalmente, Chloé estacionó frente a un edificio de tres plantas y apagó el motor.
—Ya hemos llegado —anunció mientras se desabrochaba el cinturón.
Gabriela miró por la ventanilla antes de volver la cabeza hacia ella.
El edificio era antiguo, con la fachada algo desgastada y varias manchas de humedad alrededor de las ventanas, pero no tenía nada que le pareciera especialmente extraño.
Había visto viviendas mucho peores a lo largo de su vida y sabía que no todo el mundo podía permitirse vivir en las zonas más bonitas de Puerto Serena.
Salió del coche y siguió a Chloé hasta el portal. Subieron por unas escaleras estrechas hasta la segunda planta, donde ella abrió una puerta de madera y la invitó a entrar con un gesto.
El apartamento era pequeño, pero tenía todo lo necesario para pasar unos días.
Había un sofá frente a una televisión antigua, una mesa con un par de sillas, una cocina abierta y un dormitorio al fondo del pasillo.
La luz que entraba por las ventanas era escasa y una mancha de humedad se extendía por una de las paredes del salón.
No era un lugar especialmente acogedor, aunque Gabriela supuso que, para alguien que estaba acostumbrada a cambiar de identidad y desaparecer de una ciudad a otra, la comodidad no debía de ser una prioridad.
Dejó su mochila junto a la entrada y observó a Chloé mientras esta se quitaba la gabardina y la dejaba sobre el respaldo del sofá.
—Qué romántico —comentó con ironía—. Nuestro regreso a Puerto Serena y nos instalamos en un apartamento con vistas a una pared desconchada. Cada día te superas más.
Chloé levantó una ceja, divertida por el comentario.
—Y eso que todavía no ha llegado la parte donde mato a alguien en mitad de nuestra luna de miel —respondió con una leve sonrisa.
—Te hubiera ido bien como comediante, ya sabes, si no hubieras elegido dedicarte a clavarle cuchillos a las personas —comentó un poco más seria de lo que pretendía—. Lo que no entiendo es por qué tienen dinero para pagar un asesinato y no tienen dinero para pagarte un sitio más cómodo.
—No empieces, Gabriela —pidió Chloé, intuyendo por dónde iba a ir la conversación.
Gabriela guardó silencio un instante, intentando encontrar la manera de expresar lo que pensaba sin que la conversación terminara convirtiéndose en otra discusión.
Chloé tampoco dijo nada más. Aquella era su vida desde hacía años.
Las familias le proporcionaban la información y los medios para continuar, y ella se encargaba de hacer aquello que los tribunales nunca habían conseguido.
No esperaba reconocimiento, ni buscaba una vida cómoda.
Tenía un propósito y había construido toda su existencia alrededor de él.
No iba a abandonarlo porque Gabriela no estuviera de acuerdo.
Chloé apartó la mirada y se dirigió hacia la cocina, dando por terminada la conversación sin necesidad de decirlo en voz alta.
Gabriela la siguió con los ojos, consciente de que había vuelto a tocar un punto en el que nunca conseguirían ponerse de acuerdo.
Aun así, no pensaba renunciar a intentarlo.
Había regresado a Puerto Serena por Chloé, pero también con la esperanza de que, esta vez, las cosas pudieran terminar de otra manera.
Aunque todavía no supiera cómo iba a conseguirlo.
✽✽✽
La noche siguiente, Chloé llevaba casi una hora sentada a la mesa del salón, repasando los planos del Hotel Sea and Wind Resort.
Había extendido un mapa del edificio junto a varios documentos y fotografías, y de vez en cuando anotaba algo en una libreta que descansaba junto a su mano.
Parecía concentrada en cada detalle, estudiando las entradas, las salidas y los movimientos previstos para el evento que tendría lugar aquella noche.
Desde el sofá, Gabriela la observaba en silencio.
Llevaba un buen rato intentando convencerse de que debía respetar la decisión de Chloé, de que no tenía derecho a exigirle que abandonara de repente todo aquello a lo que había dedicado tantos años.
Sin embargo, verla preparar otro asesinato con aquella tranquilidad le producía una angustia difícil de soportar.
Quería detenerla, convencerla de que existían otras maneras de hacer las cosas y conseguir que, por una vez, la escuchara antes de tomar una decisión irreversible.
Pero Chloé parecía tenerlo todo decidido.
Terminó de revisar una de las páginas, anotó algo en la libreta y se levantó de la silla. Gabriela hizo lo mismo por puro reflejo, como si aquel movimiento bastara para impedir que se marchara.
—Voy a cambiarme —anunció Chloé mientras recogía los documentos—. Saldré dentro de un rato.
Gabriela sintió que el estómago se le encogía.
La había visto marcharse otras veces, había presenciado sus desapariciones y había pasado meses preguntándose dónde estaría.
Pero ahora era distinto. Esta vez no tenía que imaginarse lo que Chloé estaba haciendo ni reconstruir sus movimientos a partir de fotografías y expedientes.
La tenía delante, conocía su historia y sabía exactamente adónde iba.
Y, aun así, no encontraba la manera de detenerla.
Se acercó antes de que Chloé pudiera llegar al pasillo y la rodeó con los brazos, abrazándola con una fuerza que la sorprendió incluso a ella misma.
Hundió el rostro contra su pecho y cerró los ojos, intentando retener aquel instante, el calor de su cuerpo y el perfume que tanto le gustaba.
No quería que se marchara. No quería volver a quedarse sola, preguntándose si Chloé regresaría o si aquella sería la última vez que la vería.
Chloé se quedó inmóvil, con los brazos suspendidos durante unos segundos antes de rodearla también.
Se mordió el labio y suspiró, contrariada. Nunca había tenido dudas sobre lo que hacía. Podía sentir rabia, cansancio o incluso una satisfacción fría cuando conseguía terminar una misión, pero jamás había permitido que aquellas emociones interfirieran en sus decisiones.
Sin embargo, tener a Gabriela entre sus brazos era diferente.
Notaba sus manos acariciándole lentamente la espalda, el modo en que se aferraba a ella y aquella respiración entrecortada que intentaba disimular sin conseguirlo. Chloé sintió unas ganas casi insoportables de dejarlo todo atrás.
La idea le resultó tan tentadora como aterradora.
—No vayas —susurró Gabriela contra su pecho.
Chloé cerró los ojos brevemente.
—Tengo que hacerlo.
—No tienes que hacerlo. Te has convencido de que es tu responsabilidad, pero no puedes pasarte la vida así. Esos hombres nunca van a dejar de aparecer, Chloé. Siempre habrá alguien más, otra persona implicada, otra familia que necesite respuestas. No puedes seguir haciendo esto para siempre.
Chloé se separó lo suficiente para mirarla a la cara, aunque no llegó a soltarla del todo.
—¿Y qué propones que haga? ¿Que me quede aquí sentada esperando a que aparezca otra víctima? ¿Que vaya a la policía, les cuente todo lo que he aprendido siendo La Sombra y acaben arrestándome a mí?
—No, eso no —respondió Gabriela, desesperada—. Pero podemos buscar otra manera, encontrar a alguien que nos escuche, acudir a una autoridad que no esté implicada. No lo sé, Chloé, pero tiene que haber algo más.
—¿Con qué pruebas, Gabriela? —preguntó, intentando hacerla entrar en razón—. Esta gente no deja rastro. No hay pruebas contundentes de ningún tipo que podamos presentar a las autoridades.
Gabriela apretó los labios. Sabía que Chloé tenía razón en algo que le dolía admitir.
Había pasado suficientes años investigando el caso para comprender lo difícil que sería demostrar la implicación de aquellos hombres, especialmente si contaban con dinero, contactos y personas dispuestas a protegerlos.
Pero tampoco podía aceptar que aquella fuera la única salida.
—No quiero perderte —confesó finalmente, con la voz mucho más baja—. No después de todo.
La expresión de Chloé se suavizó. Le apartó un mechón de pelo de la cara y acarició su mejilla con el pulgar, observándola con una ternura que pocas veces se permitía mostrar.
—No vas a perderme. Volveré pronto —dijo, apoyando la frente contra la de Gabriela—. Te lo prometo.
Gabriela cerró los ojos, intentando aferrarse a aquellas palabras.