CAPÍTULO 6 #4
—Puedes venir conmigo —Chloé dejó la ropa sobre la cama y se volvió hacia ella—.
Pero vamos a hacer las cosas a mi manera.
Si te digo que te quedes en un sitio, te quedas.
Si te digo que te marches, te marchas. Y si te digo que no intervengas en algo, no intervienes.
No me importa lo que pienses en ese momento ni lo mucho que quieras llevarme la contraria. ¿Entendido?
Gabriela apretó los labios. No le hacía ninguna gracia aceptar aquellas condiciones sin discutirlas, pero sabía que, si quería acompañarla, tendría que ceder en algunas cosas. Además, lo último que necesitaba era que Chloé cambiara de opinión.
—Entendido —respondió.
Chloé entrecerró los ojos, estudiándola con desconfianza.
—Has aceptado demasiado rápido.
—¿Prefieres que te lo discuta un poco más? —preguntó con una sonrisa nada inocente.
—Preferiría que dejaras de meterte en situaciones en las que puedes acabar muerta.
—Eso mismo podría decirte yo.
Chloé negó con la cabeza y volvió a ocuparse de la ropa, aunque Gabriela alcanzó a distinguir una pequeña sonrisa en la comisura de sus labios. Era casi imperceptible, una de esas expresiones fugaces que parecían escapársele antes de que pudiera recordar que no debía mostrarlas.
Gabriela se acercó y apoyó una mano en su brazo.
—Gracias por dejarme ir contigo.
Chloé levantó la vista.
—¿Acaso tenía otra opción?
—La verdad es que no.
Durante unos segundos se miraron sin decir nada.
Gabriela sintió el impulso de abrazarla, de pedirle que se quedara en París y que abandonara aquella vida que parecía arrastrarla siempre hacia el mismo lugar.
Quería explicarle que no tenía por qué seguir haciéndolo todo sola, que había otras maneras de enfrentarse a lo que había ocurrido y que todavía podía elegir algo distinto.
Pero conocía a Chloé. Si intentaba convencerla en aquel momento, lo único que conseguiría sería levantar de nuevo aquella barrera que tanto le había costado atravesar.
Así que decidió esperar.
Tendrían horas de carretera por delante.
Horas en las que podrían hablar, discutir y quizá, con un poco de suerte, conseguir que Chloé escuchara algo más que su propia determinación.
Gabriela sabía que no iba a cambiar una vida entera de la noche a la mañana, pero tampoco estaba dispuesta a rendirse antes de intentarlo.
Unas horas más tarde, París quedó atrás.
La ciudad fue desapareciendo poco a poco en el retrovisor mientras el coche avanzaba por la carretera.
El cielo seguía cubierto de nubes y el asfalto húmedo reflejaba la luz grisácea de la mañana.
Gabriela ocupaba el asiento del copiloto, con el cinturón abrochado y las manos entrelazadas sobre el regazo, mientras Chloé conducía con la atención puesta en la carretera.
Durante el primer tramo apenas hablaron.
Chloé parecía concentrada en la conducción y Gabriela no quiso insistir con preguntas que pudieran hacerla cambiar de humor.
Se limitó a observar el paisaje, las pequeñas poblaciones que atravesaban y los campos que se extendían a ambos lados de la autopista.
No sabía qué encontrarían en Puerto Serena ni qué pretendía hacer Chloé cuando llegaran.
Tampoco sabía quién era el nuevo objetivo ni hasta qué punto podía estar relacionado con las desapariciones que llevaban años investigando.
Solo tenía claro que no quería volver a perderla y que, si existía alguna posibilidad de evitar que siguiera matando, iba a intentarlo.
A su lado, Chloé cambió de marcha y echó un vistazo rápido al retrovisor antes de volver a concentrarse en la carretera.
—Deja de mirarme —dijo sin apartar los ojos del frente.
Gabriela sonrió.
—¿Te pone nerviosa que te mire? Ya es la segunda vez que me lo pides…
—No me pones nerviosa, solo… no sé, es raro —dijo sin querer admitir que la mirada de Gabriela le erizaba la piel.
—Ya, raro… —murmuró, dejando claro que no le creía ni una sola palabra.
Gabriela volvió la cabeza hacia la ventanilla, todavía sonriendo. Sintió que podía respirar un poco más tranquila. No porque creyera que todo iba a salir bien, sino porque, al menos durante aquel viaje, no tendría que conformarse con imaginar dónde estaba Chloé ni preguntarse si volvería a verla.
La tenía allí, a su lado.
Y, aunque ninguna de las dos sabía qué les esperaba al final de aquella carretera, ambas se dirigían hacia el mismo lugar.
Puerto Serena.
El lugar donde todo había comenzado. El lugar al que Chloé siempre regresaba cuando creía que todavía quedaba algo por resolver.
Gabriela apoyó la cabeza contra el reposacabezas y cerró los ojos durante unos segundos, escuchando el sonido constante del motor.
Sabía que el viaje no iba a ser sencillo.
Sabía que habría discusiones y decisiones que quizá no pudiera aceptar.
Pero también sabía que no podía seguir esperando que Chloé cambiara por sí sola mientras ella permanecía al margen.
Esta vez iba a estar allí.
Y, si podía evitarlo, no permitiría que Chloé volviera a cruzar aquella línea sin intentar detenerla.
La carretera continuó extendiéndose ante ellas, húmeda y gris bajo el cielo encapotado, mientras París se perdía definitivamente a sus espaldas.
Puerto Serena las esperaba.