Donde acaba La Sombra CAPÍTULO 6 #3
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CAPÍTULO 6 #3

—Y me da igual que no te arrepientas de haber matado a Julio —continuó Gabriela—.

Puedo entender por qué ocurrió. Puedo entender que quisieras protegerte y que, después de descubrir lo que le habían hecho a Julien, no pudieras aceptar que todo quedara impune.

Pero no voy a fingir que estoy de acuerdo con todo lo que hiciste después. Porque no lo estoy.

El silencio que siguió fue mucho más incómodo que la discusión.

Chloé bajó la mirada y se frotó el pulgar contra los nudillos de la otra mano. Durante un instante, Gabriela creyó que iba a echarla, que volvería a levantar aquella pared entre ambas y le recordaría que no le debía ninguna explicación más.

En cambio, Chloé respiró hondo y volvió a mirar por la ventana.

—No me importa matar a esa clase de gente —repitió, aunque esta vez su voz ya no sonó tan firme—. Nunca me ha importado.

La última palabra se quebró apenas, casi imperceptiblemente.

Gabriela lo oyó.

Y Chloé supo que lo había oído.

Se quedó inmóvil, con los labios apretados y la mirada perdida en algún punto de la calle.

La expresión de indiferencia seguía allí, pero por debajo había algo que no terminaba de encajar con sus palabras.

Algo que llevaba tantos años intentando enterrar que quizá ya ni siquiera sabía cómo reconocerlo.

—Si hubiera esperado a que alguien hiciera justicia por Julien… —empezó, pero se interrumpió.

Tragó saliva y volvió a intentarlo.

—Si hubiera esperado, nadie habría hecho nada.

Esta vez no hubo desafío en su voz. Solo una certeza repetida tantas veces que se había convertido en la única respuesta que podía permitirse.

Gabriela dio un paso hacia ella, despacio, sin intentar tocarla.

—Puede que tengas razón —admitió—. Puede que nadie hubiera hecho nada. Pero eso no significa que tengas que convencerte de que nada de lo que has vivido te ha afectado.

Chloé giró la cabeza hacia ella. Durante un instante, sus ojos verdosos parecieron perder aquella dureza habitual.

—No necesito que sientas lástima por mí.

—No la siento.

—Entonces, ¿qué quieres de mí?

Gabriela sostuvo su mirada.

—Que dejes de fingir que todo esto te da igual.

Chloé no respondió. Se limitó a mirarla durante unos segundos, como si estuviera buscando en su rostro alguna señal de juicio, de miedo o de rechazo. Cuando no encontró ninguna, apartó la mirada y se abrazó a sí misma.

—Ahora mismo no puedo hacer esto, Gabriela.

—¿Por qué no? Habla conmigo, quiero que nos entendamos… —suplicó sin querer que se cerrara en banda.

Chloé caminó hasta su habitación seguida de Gabriela, abrió su armario y empezó a sacar ropa y a colocarla sobre la cama.

—Tengo que irme… puedes quedarte aquí, si quieres —dijo mientras empezaba a doblar las prendas—. Puedo mandar a alguien para que te traiga tus cosas del hotel.

—¿Se puede saber a dónde vas? —preguntó Gabriela completamente confundida.

—A Puerto Serena —confesó—. Tengo un nuevo objetivo.

El pulso de Gabriela se aceleró y sus piernas caminaron solas hasta plantarse al lado de Chloé y agarrarla por los hombros, deteniendo sus movimientos.

—No vas a ir a Puerto Serena —dijo con determinación.

Chloé levantó una ceja, soltando una pequeña risa.

—¿Perdona? Que te haya contado la verdad no significa que ahora puedas decidir.

—Chloé… por favor. Tiene que haber otra manera —intentó hacerla recapacitar—. No quiero que te pongas más en peligro.

—No te preocupes por eso —dijo tranquilizándola—. Nunca me ha pasado nada y no me va a pasar ahora.

—¡No puedes estar tan segura de eso! —exclamó desesperada—. Ayer, antes de hacer el amor, me aseguraste de que hablaríamos las cosas, de que no te volverías a alejar.

Chloé la miró y sintió cómo algo se aflojaba dentro de ella. Al final, no podía evitar sentir una enorme debilidad por Gabriela.

—No me estoy alejando, voy a volver… —susurró con suavidad, mirándola con ternura después de toda aquella pelea.

—Entonces déjame ir contigo.

—No —negó rotundamente—. Es peligroso. Ya viste que van a por ti.

—Es igual o más peligroso para ti y tú vas a ir, así que voy a ir contigo.

Chloé mantuvo la mirada fija en Gabriela durante unos segundos.

Tenía delante a una mujer que apenas unos días atrás había estado siguiendo sus pasos para encontrarla y que ahora pretendía acompañarla a Puerto Serena, aun sabiendo perfectamente quién era y de lo que era capaz.

Cualquier otra persona habría salido corriendo en cuanto hubiera descubierto la verdad, pero Gabriela parecía empeñada en acercarse cada vez más al peligro.

—Eres increíblemente cabezota —murmuró, apartándose de ella para terminar de doblar la ropa que había dejado sobre la cama.

—Mira quién habla.

Chloé soltó una pequeña risa por la nariz, aunque no llegó a mirarla.

—No sabes cuándo rendirte, ¿verdad?

—No cuando se trata de ti.

Aquella respuesta la hizo detenerse por un instante.

Chloé bajó la mirada hacia la prenda que sostenía entre las manos y respiró hondo, intentando convencerse de que aquello era una pésima idea.

Llevar a Gabriela con ella significaba tener que preocuparse por alguien más, vigilar sus movimientos y asegurarse de que no hiciera nada que pudiera ponerlas en peligro.

Ya tenía suficientes problemas sin añadir a una expolicía obstinada a la ecuación.

Sin embargo, conocía a Gabriela lo suficiente como para saber que no iba a quedarse en París esperando noticias.

Si le decía que no, encontraría la manera de seguirla.

Y, teniendo en cuenta que alguien ya había intentado atacarla en Orleans, permitir que viajara sola tampoco era una opción que pudiera aceptar con tranquilidad.

—Está bien —dijo finalmente.

Gabriela parpadeó, como si no hubiera esperado escuchar aquellas palabras.