Donde acaba La Sombra CAPÍTULO 6 #2
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CAPÍTULO 6 #2

La mirada de Gabriela se endureció. Desde que había entrado en la comisaría, había tenido a alguien desviando su atención de las pistas. Y no a cualquiera, sino a su amigo. El jefe de homicidios.

—¿Qué más pasó esa noche? —dijo sin querer pensar más en él.

—Julio volvió antes de lo que esperaba. Me encontró frente al ordenador —suspiró al recordar aquella noche—. Intentó matarme.

Gabriela permaneció en silencio mientras Chloé le contaba cómo aquella noche había terminado convirtiéndose en una lucha por sobrevivir. Julio la había atacado cuando comprendió que había visto demasiado y, en medio del forcejeo, Chloé había conseguido alcanzar un abrecartas.

—No pensé. Ni siquiera sabía lo que estaba haciendo hasta que ya había ocurrido.

Bajó la mirada hacia sus propias manos.

—Se lo clavé. Dos veces.

Gabriela no dijo nada. Había repasado cientos de veces aquella escena del crimen.

Las fotos del cuerpo, las teorías, los motivos…

y ahora, más de cuatro años después de empezar a ejercer como policía, resultaba que la asesina había sido una chica de veinticinco años, aterrorizada, luchando por la verdad y por sobrevivir.

La tenía delante, mirándola fijamente, esperando una reacción.

Gabriela alargó la mano y rodeó la de Chloé con dulzura, asegurándose de que supiera que no la estaba juzgando.

Chloé permaneció unos segundos mirando sus manos antes de volver a levantar la cabeza.

Cuando habló de nuevo, su expresión había cambiado.

La vulnerabilidad que Gabriela había creído ver en ella parecía haberse desvanecido, sustituida por aquella frialdad que tan bien conocía.

Se cruzó los brazos, como si acabara de decidir que ya había hablado suficiente de algo que no merecía la pena recordar.

—A partir de aquella noche, todo cambió —continuó—.

Por primera vez tenía una prueba. No una sospecha, ni una teoría que pudiera desmontarse con dos preguntas.

Había visto lo que le habían hecho a mi hermano.

Sabía que no se había marchado voluntariamente y que todas aquellas familias llevaban años buscando a personas que probablemente nunca volverían a casa.

Gabriela no dijo nada. Todavía tenía la mano apoyada sobre la rodilla de Chloé, pero notó cómo los músculos de esta se tensaban ligeramente antes de apartarse con suavidad y levantarse de la mesa.

—Cuando regresé a Francia, se lo conté todo a mis padres.

Les hablé de los vídeos y de lo que había encontrado en aquella casa.

También les expliqué que alguien dentro de la policía estaba encubriendo a los responsables.

Que no se trataba de un error ni de una investigación mal hecha.

Había personas que sabían lo que estaba ocurriendo y se habían asegurado de que nadie pudiera demostrarlo.

Chloé soltó una risa breve y carente de humor.

—Me pidieron que lo dejara estar. Que no volviera a Puerto Serena, que no me metiera en problemas y que intentara seguir con mi vida —hizo una pausa, observando un punto indeterminado de la pared—.

Actuaron como si nada. Después de pasarse los últimos años siendo incapaces de mirarme a la cara porque cada vez que lo hacían recordaban a Julien, cuando por fin descubrí qué había sido de él, ni siquiera fueron capaces de luchar.

—Chloé…

—No querían saberlo, Gabriela. No querían escuchar más detalles ni descubrir quién había matado a su hijo.

Ya habían perdido demasiado y preferían vivir sin respuestas antes que enfrentarse a la posibilidad de encontrar alguna —su mandíbula se endureció—.

Supongo que, para ellos, era más fácil fingir que Julien había desaparecido para siempre que aceptar que alguien lo había torturado y asesinado mientras las personas que debían protegerlo miraban hacia otro lado.

Gabriela sintió que se le encogía el pecho.

No sabía qué podía decir ante aquello. Había imaginado muchas veces cómo habría sido la vida de Chloé después de la desaparición de su hermano, pero nunca se había detenido a pensar en lo que significaba regresar a casa con una verdad semejante y descubrir que ni siquiera tu propia familia estaba preparada para escucharla.

—Lo siento mucho —murmuró.

Chloé se encogió de hombros.

—No tienes que sentirlo. Ya ha pasado mucho tiempo.

Lo dijo con una indiferencia casi perfecta, pero Gabriela empezaba a reconocer las pequeñas señales que aparecían cuando Chloé intentaba convencerse de algo.

La forma en que apretaba la mandíbula. La mirada que apartaba justo antes de pronunciar determinadas palabras.

Aquella manera de cerrar cualquier puerta en cuanto la conversación se acercaba demasiado a algo que pudiera hacerle daño.

—Después fui a París y se lo conté todo a Hugo y Charlotte —prosiguió—. Les hablé de las grabaciones, de Gonzalo y de lo que había ocurrido con Julio. También les dije que lo había matado.

Gabriela la observó con atención.

—¿Cómo reaccionaron?

—Charlotte se quedó destrozada. Hugo se enfadó conmigo. Mucho. Me dijo que había cometido una estupidez, que había puesto en peligro mi vida y que, si Julio había muerto, lo siguiente que debía hacer era desaparecer antes de que alguien relacionara lo ocurrido conmigo.

—No le faltaba razón —señaló Gabriela con cautela.

Chloé le dedicó una mirada fría.

—Ya estamos…

—¿Ya estamos con qué?

—Con esa necesidad tuya de encontrarle un pero a todo —dijo dando un paso hacia ella—.

Hugo tenía razón en que me había puesto en peligro.

Pero, ¿qué se suponía que debía hacer después de aquello?

¿Entregarle las pruebas a una policía que llevaba años encubriendo asesinatos?

¿Volver a casa y esperar a que mis padres decidieran que ya estaban preparados para escuchar la verdad?

¿Confiar en que alguien hiciera su trabajo esta vez?

Gabriela abrió la boca, pero no respondió inmediatamente. No porque estuviera de acuerdo con Chloé, sino porque comprendía que ninguna de las alternativas que acababa de mencionar garantizaba que las cosas hubieran terminado de otra manera.

—No lo sé —admitió finalmente—. Pero eso no significa que matar fuera la única opción.

La expresión de Chloé se endureció.

—No sabes de qué estás hablando —contestó con rabia.

—Sé que empezaste con un hombre que intentó matarte.

Sé que te defendiste y que lo que ocurrió aquella noche no fue algo que hubieras planeado.

Pero después hubo más asesinatos, Chloé.

Once antes de que nos conociéramos, y luego Héctor, Gonzalo, Klaus y el hombre del otro día.

No puedes decirme que todo fue siempre cuestión de sobrevivir.

Durante unos segundos, ninguna de las dos habló. Chloé la miraba fijamente, con una expresión tan fría que Gabriela tuvo que contener el impulso de apartar la mirada.

—¿Alguna vez has perdido a alguien, Gabriela? —preguntó Chloé en voz baja—. Y no me refiero al asqueroso de Gonzalo, me refiero a alguien a quien hayas querido con todo tu corazón y que un día, de repente, unos hombres decidieran arrebatarle la vida de la forma más cruel posible.

—No, pero…

—Entonces deja de decirme cómo debería haber actuado —la cortó, herida—.

El dolor que siento por Julien nunca se ha ido, sigo escuchando sus gritos en mi cabeza, sigo viendo el miedo en sus ojos…

—dijo devastada—. La hija de Hugo y Charlotte también fue asesinada en Puerto Serena, junto a muchos más.

Las demás familias llevaban años ayudándome a mantenerme y a cumplir mis objetivos: acabar con todos esos hijos de puta que íbamos descubriendo que estaban implicados

—¿Me estás diciendo que te pagan por matar? —preguntó atónita.

—¿Eso es lo único que has escuchado? —contestó con una sonrisa un tanto decepcionada.

Chloé empezaba a sentir que Gabriela sí la estaba juzgando.

Y estaba odiando ese sentimiento.

—No… pero… —habló nerviosa, poniéndose también en pie—. ¿Cuándo va a terminar todo esto? Llevas toda la vida tras esos hombres, buscando justicia con tu propia mano. Eso no es soportable, por mucho que creas que sí.

—No me importa lo que les hice —dijo después de un momento—. No me importa haber matado a Julio. Tampoco me importó la segunda vez, ni la tercera. No sentí culpa. No me arrepentí. Y nunca he tenido pesadillas por ello, si es lo que estás pensando.

Gabriela no contestó. La observó mientras Chloé mantenía la mirada fija en los edificios del otro lado de la calle, como si estuviera hablando de una desconocida y no de su propia vida.

—Cuando maté a Julio, pensé que me sentiría diferente después.

No sé. Que me echaría a llorar, que no podría dormir, que pasaría el resto de mi vida recordando lo que había hecho.

Pero no ocurrió nada de eso. Salí de aquella casa, me lavé las manos y seguí caminando.

Lo único que podía pensar era que por fin sabía qué le había pasado a Julien.

Se volvió hacia Gabriela con una expresión desafiante, casi como si quisiera obligarla a condenarla.

—Y si hubiera dejado que la justicia se encargara de todo, ¿sabes dónde estaríamos ahora? En el mismo sitio. Mi hermano seguiría muerto, las familias continuarían sin respuestas y esos bastardos seguirían haciendo lo que les diera la gana. Quizá habría habido incluso más desapariciones.

—No estoy diciendo que lo que te hicieron a ti o a tu hermano no importe —respondió Gabriela, con la voz más suave—. Estoy diciendo que tú también importas, Chloé.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué?

—Que importas tú. Tu vida. Lo que te ha pasado durante todos estos años.

No puedes hablar de ti como si fueras una herramienta que las familias utilizaron para conseguir justicia.

No eres solo La Sombra. Eres una persona que tenía dieciséis años cuando perdió a su hermano y que se quedó completamente sola con algo que nadie debería haber tenido que soportar.

Chloé abrió la boca para contestar, pero no llegó a decir nada.