Donde acaba La Sombra CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

La luz gris de la mañana comenzó a filtrarse poco a poco entre las cortinas de la habitación, iluminando con suavidad las paredes todavía en penumbra.

Gabriela fue la primera en despertarse, aunque durante unos segundos permaneció con los ojos cerrados, demasiado cómoda para querer enfrentarse a la realidad.

Sentía el peso de Chloé apoyado contra ella y el calor de su cuerpo bajo las sábanas. Tenía una de sus piernas entrelazada con las suyas y el rostro escondido contra su pecho, respirando con tranquilidad. Gabriela sonrió al darse cuenta de que, durante la noche, se habían acercado todavía más.

Gabriela bajó la mirada y observó a Chloé durante unos segundos.

Dormida parecía mucho más joven, casi irreconocible respecto a la mujer segura y calculadora que había conocido en Puerto Serena.

Sin aquella mirada alerta y sin la tensión constante en el rostro, resultaba difícil imaginar todo lo que había hecho y todo lo que había vivido.

Gabriela deslizó suavemente los dedos por su pelo rubio, apartándole un mechón de la cara.

Chloé se removió ligeramente.

—Deja de mirarme —murmuró con los ojos todavía cerrados.

Gabriela sonrió.

—¿Estás despierta?

—No, estoy dormida —contestó con ironía, haciendo reír a Gabriela.

—¿Y no puedo mirarte?

—Es un poco inquietante.

—Tú eres la asesina, no yo.

Chloé abrió finalmente los ojos y la miró durante unos segundos.

—Tengo hambre —dijo con la voz adormilada.

—Pues vamos a desayunar —contestó con una sonrisa.

Chloé sonrió perezosamente y volvió a acomodarse contra ella, escondiendo otra vez la cara en su pecho.

—Bueno, dame cinco minutos.

Gabriela la abrazó un poco más fuerte y apoyó los labios sobre su pelo. Durante unos instantes ninguna dijo nada. El silencio de la habitación resultaba agradable, muy diferente al que habían compartido otras veces.

—¿Has dormido bien? —preguntó Gabriela después de un rato.

—Mucho, ¿y tú?

—También.

Chloé levantó ligeramente la cabeza.

—¿Será por lo agustito que te quedaste anoche gracias a mí? —dijo con una sonrisa torcida.

Gabriela le dio un pequeño empujón en el hombro.

—Ñiñiñiñi… —la imitó—. Eres una creída.

—Tengo mis motivos —siguió con aquel tono juguetón.

Gabriela soltó una pequeña risa y negó con la cabeza.

—Vamos a desayunar, anda.

Se apartó de ella y se incorporó de la cama con toda naturalidad.

Chloé la siguió con la mirada y, durante un instante, se quedó completamente en silencio.

Sus ojos recorrieron distraídamente su figura y estuvo a punto de relamerse los labios antes de recordar que quizá no era buena idea dejarse llevar tan pronto.

Gabriela se volvió hacia ella y arqueó una ceja al descubrirla mirándola.

—Voy a ducharme.

Chloé tardó un segundo en reaccionar. Una parte de ella quiso levantarse y seguirla, dejarse llevar por aquella cercanía que tanto había echado de menos. Sin embargo, se contuvo. Todavía no estaba preparada para cruzar ciertas barreras y sabía que necesitaba ir a su propio ritmo.

Finalmente, se limitó a asentir con una pequeña sonrisa.

✽✽✽

El desayuno fue mucho más tranquilo de lo que Gabriela había esperado.

Encontraron una pequeña cafetería a pocas calles del hotel, con mesas junto a los ventanales y un ambiente agradable que les permitió disfrutar de un rato de normalidad.

Chloé parecía relajada, incluso llegó a bromear un par de veces mientras tomaban café.

Cuando terminaron, Chloé pagó la cuenta y ambas volvieron a salir a la calle.

—¿Adónde vamos ahora? —preguntó Gabriela mientras caminaba a su lado.

—A mi casa. Quiero que podamos hablar tranquilas.

No añadió nada más.

Caminaron durante unos veinte minutos hasta alejarse de las calles más concurridas del centro. Chloé avanzaba con paso tranquilo, saludando de vez en cuando a alguna persona con la que se cruzaba, hasta que finalmente se detuvo frente a un edificio de aspecto elegante.

Entraron.

El ascensor las llevó hasta una de las plantas superiores y, cuando Chloé abrió la puerta de la vivienda, Gabriela se quedó unos segundos observando el interior.

No era lo que esperaba.

Había imaginado un sótano, un apartamento oscuro o algún lugar escondido del mundo en el que Chloé pudiera trabajar sin ser descubierta.

Sin embargo, aquel piso era bastante bonito.

Tenía grandes ventanales por los que entraba una cantidad generosa de luz, paredes claras, un suelo de madera y muebles sencillos pero elegantes.

Había pocas cosas decorativas y prácticamente ningún objeto personal a la vista.

Parecía más una vivienda temporal que un hogar.

—¿Vives aquí? —preguntó Gabriela mientras entraba.

—Cuando puedo, sí.

Chloé dejó las llaves sobre una pequeña mesa del recibidor, sonrió ligeramente y caminó hasta el salón.

—Siéntate.

Gabriela obedeció y tomó asiento en uno de los extremos del sofá. Chloé permaneció unos segundos de pie, observándola desde el otro lado de la estancia. Por primera vez desde que habían salido del hotel, parecía realmente nerviosa.

Finalmente se sentó sobre la mesita de centro, quedando frente a ella.

Durante unos segundos no dijo nada.

Gabriela tampoco quiso presionarla.

Sabía que aquella conversación era diferente a todas las que habían tenido hasta entonces. Chloé había prometido contarle la verdad y, por la forma en la que permanecía con las manos entrelazadas sobre las piernas, parecía estar intentando encontrar la manera de empezar.

—Todo empezó dos años después de que Julien desapareciera —dijo finalmente.

Gabriela no apartó la mirada.

—Cuando terminé el instituto, me sentía completamente perdida.

Mis padres ya no eran los mismos. Habían quedado demasiado afectados por lo que había ocurrido y, poco a poco, dejaron de comportarse como mis padres.

Apenas hablábamos. Apenas salían de casa.

Era como si hubieran decidido que la única manera de seguir viviendo era fingir que Julien nunca había existido.

Hizo una pequeña pausa.

—Pero yo no podía hacer eso.

Gabriela sintió un nudo en el pecho.

—Siempre había pensado que había algo raro en su desaparición. Julien no se habría marchado sin más. Lo conocía demasiado bien. Y cuanto más tiempo pasaba, más convencida estaba de que alguien tenía que saber qué había ocurrido.

Chloé bajó la mirada.

—Así que empecé a buscarlo. Al principio fueron búsquedas en internet, artículos antiguos y cualquier información que pudiera encontrar sobre Puerto Serena.

Después comenzaron las familias. Encontré un foro donde se reunían personas que tenían familiares desaparecidos allí.

Algunos llevaban años buscando. Otros acababan de empezar.

Todos tenían historias diferentes, pero había algo que se repetía demasiado: alguien desaparecía, la policía investigaba durante un tiempo y, tarde o temprano, el caso terminaba archivado como una desaparición voluntaria.

Gabriela frunció el ceño.

—Y tú empezaste a hablar con ellos —adivinó.

—Sí. Conocí a Hugo y a otras personas que habían perdido a alguien. Algunos tenían información. Otros tenían documentos. Otros simplemente llevaban tantos años investigando que habían aprendido cosas que nunca aparecían en los informes oficiales.

Chloé se aclaró la garganta y volvió a alzar la mirada.

—Gracias a ellos aprendí a moverme por Puerto Serena. A cambiar de identidad. A conseguir información sin que nadie supiera quién era realmente. Durante años estuve entrando y saliendo de la ciudad, buscando cualquier conexión entre las desapariciones.

Gabriela la observaba en silencio.

De repente, muchas de las cosas que había descubierto sobre Chloé empezaban a encajar.

Las identidades.

Su facilidad para mentir.

La manera en la que podía entrar en lugares donde se suponía que nunca había estado antes.

—¿Y por qué…? ¿Qué fue lo que te llevó a matar a esas personas? —preguntó finalmente.

Chloé permaneció callada unos segundos.

—Nunca tuve pensado matar a nadie. Yo solo quería encontrar a Julien. Quería saber quién se lo había llevado y por qué.

Su expresión cambió ligeramente.

—Pero cuando cumplí veinticinco años, me cansé de esperar a la justicia. Hubo una noche en la que quedé con Julio Hernán y…

El nombre hizo que Gabriela se tensara. Había investigado aquel asesinato de La Sombra mil veces junto a Mario, intentando averiguar patrones.

—Fingí estar mucho más borracha de lo que realmente estaba y dejé que me llevara a su casa —Chloé tragó saliva—. Estaba aterrorizada. Sabía que podía estar metiéndome en algo muy peligroso, pero necesitaba descubrir algo, por pequeño que fuera.

Gabriela permaneció completamente inmóvil.

—Julio me llevó hasta una habitación y salió durante unos minutos. Y entonces vi una cámara. Después encontré otra habitación y un ordenador conectado a las cámaras de seguridad de la casa.

La voz de Chloé se volvió más baja.

—Había grabaciones…

Gabriela sintió que algo se le revolvía en el estómago.

—¿Qué tipo de grabaciones?

Chloé levantó los ojos hacia ella.

—De personas.

No hizo falta que dijera mucho más.

—Personas que habían desaparecido. Algunas estaban siendo torturadas. Otras… —se quedó en silencio durante unos segundos—. Entre ellas estaba Ricardo.

Gabriela sintió cómo se le helaba la sangre.

Ricardo Salvatierra.

El hombre cuya desaparición había aparecido una y otra vez durante su investigación.

—Y después encontré una carpeta con el nombre de Julien.

Gabriela dejó de respirar durante un instante. De repente, las fotografías, los documentos y todos aquellos años de preguntas adquirieron un significado completamente diferente.

—¿Cómo es posible que la policía no supiera nada de eso? —preguntó con la voz entrecortada—. ¿Cómo podían existir esas grabaciones y que nadie las hubiera encontrado?

—Porque alguien se encargaba de que no las encontraran —murmuró Chloé.

—¿Gonzalo? —preguntó Gabriela sabiendo la respuesta.

—Sí —confirmó su sospecha.