Donde acaba La Sombra CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Dos días después, Gabriela seguía atrincherada en aquella habitación de hotel.

Apenas había salido desde que Chloé se marchó.

La idea de volver a poner un pie en la calle le provocaba un nudo en el estómago.

Cualquier persona que caminara demasiado cerca de ella podía ser alguien que la estuviera siguiendo.

Cualquier coche aparcado frente al hotel podía estar esperando por ella.

Su mente había empezado a llevarla a los escenarios más aterradores: que alguien la secuestrara, que la encontraran, que volvieran a intentar matarla.

Aquella tarde, mientras miraba las noticias sin prestar demasiada atención a lo que ocurría en la pantalla, dos golpes secos sonaron al otro lado de la puerta.

La sangre se le heló.

Gabriela cogió inmediatamente el mando y silenció el televisor. Se quedó completamente quieta, agudizando todos sus sentidos mientras intentaba escuchar cualquier sonido procedente del pasillo. Durante unos segundos no oyó nada.

Su corazón empezó a latir con tanta fuerza que casi podía sentirlo en los oídos.

No sabía si debía acercarse a la puerta, esconderse o salir corriendo por la ventana.

Volvieron a llamar.

Esta vez, una voz conocida atravesó la madera.

—¿Gabriela?

Gabriela cerró los ojos y soltó el aire que llevaba varios segundos conteniendo.

Chloé.

El alivio fue tan grande que se levantó de la cama casi de un salto. Cruzó la habitación con prisas, abrió la puerta de par en par y dejó que Chloé entrara antes de cerrarla rápidamente detrás de ella.

—¿Dónde estabas? —preguntó de inmediato—. No puedes dejarme aquí sola durante dos días después de decirme que hay gente que me quiere matar. ¡Casi me da un infarto! Pensaba que eras alguno de esos tipos…

Chloé la observó con tranquilidad, como si acabara de llegar de hacer la compra y no de desaparecer durante cuarenta y ocho horas después de advertirle que su vida corría peligro.

—Te dije que volvería —respondió, encogiéndose ligeramente de hombros—. Podrías haber pensado que era yo.

Gabriela la miró con incredulidad.

—No sueles tener la educación de llamar a la puerta, así que eso me ha hecho sospechar —replicó con retintín—. No vuelvas a dejarme sola.

La última frase salió con mucha más desesperación de la que había pretendido.

Chloé se quedó mirándola durante unos segundos.

Había algo diferente en Gabriela.

Normalmente era desafiante, seria, decidida y segura de sí misma. Sin embargo, ahora tenía el rostro ligeramente pálido, los hombros tensos y una expresión de evidente vulnerabilidad.

Chloé levantó ligeramente las cejas.

No estaba acostumbrada a verla así.

Y, contra todo pronóstico, aquella imagen consiguió desarmarla mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir.

—Tienes tu encanto cuando estás asustada, ¿sabes? —confesó con una sonrisa divertida.

Gabriela la miró con los ojos entrecerrados, todavía molesta por la tranquilidad con la que Chloé parecía tomarse toda aquella situación.

—Bueno, está bien saber que, por lo menos, alguien se lo está pasando bien —respondió con sarcasmo—. Me alegra que mi sufrimiento te sirva de entretenimiento.

Chloé sonrió de lado, claramente encantada con la respuesta.

—Venga, vístete. Vamos a ir a un sitio —respondió mientras se sentaba al borde de la cama que todavía seguía intacta—. Así ves un poco la calle. Parece que no has salido de esta habitación desde que te dejé aquí.

—No solo lo parece, prácticamente no he salido —explicó Gabriela mientras sacaba un par de prendas de ropa de su mochila—. Necesito ropa… la mayoría de mis cosas se quedaron en Orleans —murmuró mientras empezaba a desvestirse.

Chloé apartó la mirada, fallando en disimular su inquietud ante la desnudez de Gabriela que, cuando la vio nerviosa, no pudo evitar sonreír.

Todavía le sorprendía lo vergonzosa que podía ser Chloé siempre que algo se ponía demasiado íntimo, sobre todo teniendo en cuenta la valentía que tenía para otras cosas.

—Ya estoy —la avisó cuando ya estaba vestida—. ¿Nos vamos?

—Sí —contestó Chloé levantándose con rapidez.

Parecía que se le habían acabado las contestaciones graciosas.

Ambas salieron a la calle y Gabriela respiró hondo por primera vez durante los dos últimos días de soledad. Volvía a sentirse segura con Chloé al lado. Le gustaba tanto estar junto a ella que incluso París le empezaba a parecer una ciudad preciosa a cada paso que daban.

Cuando giraron la siguiente esquina, Gabriela reconoció aquella calle enseguida. Era la misma que había estado vigilando varios días atrás. Levantó la mirada hacia Chloé, que le sonrió con sorna.

—Entonces no me equivocaba, realmente hay algo aquí —dijo Gabriela.

—Sí, tengo que decir que me sorprendió verte aquí la primera vez —reconoció Chloé.

—¿Me viste y no me dijiste nada? —preguntó ofendida.

—No tenía muchas ganas de hablar contigo —dijo con sinceridad—. Es aquí —indicó cuando llegaron frente a la tienda de Hugo.

Gabriela se enorgulleció de sí misma al comprobar que no se había equivocado al sospechar que Chloé frecuentaba aquel lugar.

En la tienda, aquel hombre que tantas veces había visto desde la lejanía salió de detrás del mostrador y se acercó a ellas con un gesto bastante neutro.

—Hugo, ella es Gabriela —dijo Chloé.

—Hola, Gabriela, ¿qué tal estás? —saludó el hombre con educación.

—Muy bien, muchas gracias —estrechó su mano con una sonrisa, mientras chapurreaba francés como podía.

—¿Tienes ya los documentos? —preguntó Chloé sin querer demorarse más.

—Sí, los tengo —contestó Hugo, que parecía un poco reacio a estar haciendo todo aquello—. ¿Estás segura de esto? —murmuró el hombre en francés mientras se acercaba a Chloé.

Gabriela lo escuchó y entendió igualmente.

—Sí, tranquilo —contestó Chloé en el mismo tono, echándole una mirada a Gabriela, que los observaba a apenas unos centímetros de distancia—. Es inofensiva.

Puso los ojos en blanco ante aquel comentario y se quedó esperando en mitad de la tienda mientras los dos desaparecían por el pasillo que daba a la trastienda.

Se limitó a observar todas aquellas artesanías mientras esperaba. Eran bonitas.

Chloé y Hugo volvieron tras unos minutos y se despidieron casualmente como si hubieran ido a comprar pan. Salieron de nuevo a la calle y las luces no tardaron en encenderse, porque la noche ya empezaba a caer.

—¿Quieres ir a cenar algo? —preguntó Chloé, que ya empezaba a sentir un poco de hambre.

—Depende, ¿es una cita? —preguntó Gabriela con una pequeña sonrisa traviesa.

—No —contestó Chloé demasiado rápido—. Solo lo decía por si tenías hambre.

—Podríamos ir a cenar a algún sitio bonito —propuso Gabriela—. Seguro que conoces bastantes aquí en París.

Chloé pareció dudar durante unos instantes, pero finalmente terminó levantando sus muros otra vez.

—Creo que será mejor que vuelvas al hotel. Podemos comprar algo de camino.

Gabriela suspiró con frustración, pero aceptó que aquello era lo que ella quería.

Era evidente que Chloé no confiaba en ella, por lo menos no del todo.

Aun así, no había dejado de cuidarla y protegerla durante aquellos últimos días y eso se lo estaba poniendo más complicado a Gabriela para aceptar aquella distancia emocional.

Cuando llegaron al hotel, subieron hasta la habitación en completo silencio. Chloé dejó la bolsa con la cena de aquel restaurante de comida china sobre la mesa y se quitó el abrigo antes de sentarse.

Gabriela la miró mientras sacaba los envases de la bolsa y destapaba la comida, atrapándola con una mirada hambrienta que le pareció adorable.

Después de cenar, Chloé alcanzó los documentos del bolsillo de su chaqueta que Hugo le había entregado horas antes y los deslizó por la mesa hasta Gabriela, que la miró con curiosidad.

—Tus nuevos documentos de identidad —dijo Chloé—. Úsalos a partir de ahora, así evitarás que te encuentren.

Gabriela abrió el sobre y observó sus nuevos documentos de identidad. Aquella falsificación era impresionante. Parecía perfecta.

—¿Gema Muñoz? ¿En serio? —preguntó al leer su nombre falso—. No hacía falta que usaras mis iniciales, podrías haberme dado un nombre más… épico.

—Hugo se encarga de eso —justificó—. Y no es precisamente la persona más creativa del mundo. La foto es la misma porque ha sido todo demasiado rápido, pero lo ideal sería que cambiaras de look en algún momento y te hicieras algunas fotos nuevas…

Gabriela se quedó en silencio mientras asimilaba toda aquella información.

—Entonces… ¿esto es para siempre? Creía que sería algo puntual, que se cansarían de perseguirme en algún momento —habló un poco nerviosa.

—Esto es imparable, Gabriela —dijo con solemnidad—. Una vez te metes, no vuelves a salir.

—¿Algún día me piensas contar qué es lo que está pasando en Puerto Serena? ¿Por qué asesinas a todas esas personas? ¿Por qué mataste a Gonzalo? —preguntó Gabriela, harta de que Chloé nunca le acabara de contar lo que realmente pasaba.

—Todavía estás a tiempo de no meterte en todo esto —murmuró Chloé con seriedad—. Y te recomendaría mantenerte alejada. Por experiencia.

—No puedes pedirme eso ahora —declaró Gabriela con firmeza—. He dejado toda mi vida para resolver este caso.

—¿Ni siquiera teniendo en cuenta que podrías morir en el intento? —cuestionó con desaprobación.

—No voy a morir.

—Eso no lo sabes.

—Sé que no voy a morir mientras esté contigo —murmuró intentando alcanzar su mano sobre la mesa.

Chloé se levantó con cierta brusquedad. No había esperado aquel comentario ni mucho menos que Gabriela intentara acercarse a ella de aquella manera. Llevaba todo el día, y en realidad los últimos días, intentando mantener las distancias. Quería alejarla del peligro. Quería mantenerla a salvo.

Pero Gabriela parecía decidida a hacer exactamente lo contrario de todo lo que Chloé había planeado.

—Tienes una nueva identidad. Aprovéchala. Vete lejos, haz tu vida —dijo Chloé mientras cogía su abrigo—. Tengo que irme.

Gabriela se levantó con prisas y se interpuso entre Chloé y la puerta, prohibiéndole la salida.

—No te vayas. Por favor —dijo en tono de súplica.