CAPÍTULO 4 #2
Ambas se miraron en silencio durante unos segundos. Gabriela observó sus ojos verdes, que la miraban sin apenas pestañear. Una gota de lluvia se deslizó desde su frente hasta sus labios y Gabriela no pudo evitar mirarlos, sintiendo la necesidad de volver a besarla.
—Deberías arrancar el coche —dijo Chloé de repente—. Aquí todavía estamos demasiado expuestas.
—Sí, voy —contestó Gabriela volviendo en sí.
Salió del aparcamiento a toda velocidad y se alejó de aquella calle sin mirar atrás. Su cabeza estaba más pendiente de saber por qué Chloé había decidido acompañarla que de aquel hombre que parecía haber querido acabar con su vida unos minutos antes.
—Ve a París —indicó Chloé sin dejar de mirar por la ventanilla.
Cuando se incorporó a la autopista, Gabriela la miró de reojo. Chloé parecía cansada e incluso desinteresada. Como si haberle salvado la vida hubiera sido un mero trámite y ahora tan solo quisiera llegar a su casa y darse un baño caliente.
—¿Por qué has matado a ese hombre en Puerto Serena? ¿También tenía algún vínculo con las desapariciones? —preguntó Gabriela tras un largo rato de silencio.
—¿Por qué asumes que he sido yo? —dijo observándola muy seriamente.
—Perdona… creía que habías sido tú —se disculpó, sintiendo que había metido la pata.
—Por supuesto que he sido yo —dijo dibujando una sonrisa en su rostro—. Solo quería añadirle un poco de suspense al momento.
Gabriela la fulminó con la mirada.
—¿Nunca se te quitan las ganas de vacilar? ¿Ni siquiera después de haber matado a alguien? —preguntó refunfuñando.
—Nunca. De hecho matar a esos imbéciles me sube más el ánimo —contestó de lo más tranquila—. ¿Tienes hambre? Podríamos parar en una gasolinera…
—Acaban de intentar asesinarme. Tengo el estómago cerrado —dijo sin quitar la mirada de la carretera—, pero si quieres puedo parar en la siguiente.
—Estaría bien —murmuró volviendo a mirar por la ventana.
El silencio volvió a inundar el coche durante unos minutos. Gabriela subió un poco el volumen de la radio para que no fuera todo tan incómodo y bajó un poco la calefacción.
—¿Puedo saber por qué has venido? —acabó preguntando Gabriela en voz baja.
Chloé se giró en su asiento y deslizó la mirada hasta el perfil de Gabriela, que no pudo evitar sentirse nerviosa bajo su escrutinio.
—Digamos que aunque ahora mismo no sienta mucha simpatía por ti, tampoco me apetecía verte muerta —dijo finalmente.
Gabriela apretó los labios para no sonreír. Aquello le pareció un avance.
—¿Cómo sabías que estaba aquí?
—Siempre sé dónde estás —fue sincera—. Te mueves con tu nombre real, no es muy complicado… ¿cómo piensas que te ha encontrado ese tío?
—Creía que ni siquiera me habrías buscado… —murmuró—. ¿Quién era ese chico? ¿Y cómo sabías que iría a por mí?
—No es nadie. Un don nadie… —suspiró con desdén—. Pero tienes que dejar de ir por el mundo con tu nombre, y más cuando metes las narices en temas serios. En Puerto Serena ya hay gente que te quiere quitar de en medio.
—¿Quién? ¿Y cómo consigo un nombre falso? —preguntó con nerviosismo—. No es tan fácil. La gente no va falsificando documentos en cualquier trastienda clandestina.
Chloé tuvo que aguantarse una risa.
—Relájate un rato, ya pensaremos en todo eso —contestó con parsimonia—. Mira, ahí hay una gasolinera —señaló con el dedo.
Gabriela se desvió y tomó la salida para que Chloé pudiera comprarse algo de comer.
Seguía teniendo la cabeza hecha un caos. Era increíble cómo Chloé siempre se apañaba para no responder a ninguna de sus preguntas con claridad.
✽✽✽
Cuando llegaron a París, la noche ya había caído por completo.
Las calles seguían húmedas por la lluvia y las luces de los edificios se reflejaban sobre el asfalto mojado.
Chloé permaneció en silencio durante todo el trayecto, observando por la ventanilla hasta que finalmente señaló una pequeña calle.
—Gira aquí.
Gabriela obedeció.
El hotel al que llegaron era sencillo. No tenía nada que llamara especialmente la atención desde el exterior, precisamente lo que Chloé parecía estar buscando. Una fachada discreta, pocas habitaciones y una recepción pequeña iluminada por una luz cálida.
—¿Aquí? —preguntó Gabriela mientras aparcaba.
—Sí.
Chloé salió del coche y esperó a que Gabriela hiciera lo mismo antes de entrar en el establecimiento.
La recepción estaba prácticamente vacía. Solo había una mujer detrás del mostrador, que levantó la cabeza al verlas acercarse.
—Buenas noches.
—Buenas noches. Quería una habitación para esta noche —respondió Chloé en un francés perfecto.
Aquello no debería haber sorprendido a Gabriela. Hacía tiempo que sabía que Chloé era francesa, pero nunca lo había comprobado tan de cerca.
La recepcionista asintió y comenzó a teclear en el ordenador.
—¿Tiene algún documento de identidad?
Chloé sacó una pequeña cartera del bolsillo de su gabardina y le entregó la documentación sin mostrar la más mínima duda.
La mujer comprobó los datos y empezó a introducirlos en el sistema.
—Claire Martin —leyó en voz alta mientras escribía.
Chloé puso los ojos en blanco cuando la escuchó.
Gabriela la miró de inmediato.
Claire Martin.
Otro nombre.
Otra identidad que, hasta ese momento, no conocía.
La recepcionista terminó de introducir los datos y levantó la mirada hacia Gabriela.
—¿Ella también se va a alojar?
Chloé giró ligeramente la cabeza hacia Gabriela.
—No. Solo ha venido a acompañarme un momento. Después se irá —mintió con facilidad.
Gabriela no dijo nada.
La recepcionista asintió.
—En ese caso, no necesito su documentación.
La mujer les entregó la tarjeta de la habitación y les indicó dónde estaban las escaleras.
Chloé la recogió y caminó hacia ellas sin decir nada.
Gabriela la siguió.
Subieron hasta el primer piso y recorrieron un pequeño pasillo hasta llegar a la habitación. Cuando Chloé abrió la puerta, Gabriela entró detrás de ella.
La habitación era sencilla. Dos camas, una pequeña mesa junto a la ventana, un armario y un baño diminuto. No había nada que destacara especialmente, pero precisamente por eso parecía el lugar perfecto para desaparecer durante unos días.
Chloé dejó la tarjeta sobre la mesa, se quitó la gabardina y se giró para encarar a Gabriela, que la miraba todavía cerca de la puerta.
Dejó su mochila en el suelo y caminó un par de pasos hasta quedar más cerca de Chloé.
—No te preocupes porque haya escuchado tu nombre falso —dijo, sorprendiendo a Chloé—. No busco delatarte.
Chloé la observó en silencio.
Su expresión no cambió, pero Gabriela reconoció aquella mirada. Desconfianza. La misma que había visto tantas veces antes.
—Siempre sabes cuándo miento —añadió Gabriela—. ¿No ves que ahora mismo no lo estoy haciendo?
Chloé no respondió.
Se limitó a apartar la mirada y a coger de nuevo la gabardina que acababa de dejar sobre la cama. Se la puso con calma, como si aquella conversación hubiera terminado.
Gabriela frunció el ceño.
—¿Qué haces?
—Me voy a mi casa —dijo tranquila—. He tenido unas últimas horas bastante moviditas y necesito descansar…
—Creía que ibas a quedarte conmigo —dijo mientras detenía su paso agarrándola por la muñeca.
—Volveré a buscarte en unos días —dijo Chloé—. Te ayudaré con el tema de buscarte una nueva identidad. Así evitaremos que te encuentren. De momento quédate aquí. Nadie va a encontrarte con la reserva a nombre de Claire.
—No… —murmuró Gabriela ignorando todo lo demás al sentir que se le volvía a escapar de entre sus manos—. No quiero que te vayas.
—Y yo no quiero despertarme mañana con una redada policial —respondió seca.
Gabriela suspiró con desesperación.
—Te prometo que eso no pasará —insistió Gabriela.
Pero Chloé se soltó de su agarre con suavidad y dio un par de pasos alejándose de ella. Se detuvo junto a la puerta y la miró por encima del hombro.
—Prefiero no arriesgar —pronunció con cautela—. Buenas noches, Gabriela.
—Buenas noches —susurró, aceptando finalmente que Chloé no iba a quedarse con ella.
Cuando se quedó sola en aquella habitación, Gabriela sintió su ausencia más que nunca. De repente, recordó que alguien había intentado asesinarla tan solo unas pocas horas antes.
Se había sentido tan segura junto a Chloé que apenas le había dado importancia. Ahora que estaba sola, todo se veía diferente. Cada crujido conseguía cortarle la respiración.
Se metió en la cama que estaba más alejada de la puerta y dejó la luz de la mesilla encendida, negándose a apagarla.
Tenía miedo. Mucho.
No entendía cómo Chloé podía vivir con esa tensión todos los días de su vida.