Donde acaba La Sombra CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

La lluvia había empezado a caer con fuerza aquella noche cuando Gabriela terminó de recoger sus cosas.

No tenía dudas. Iba a volver a Puerto Serena para buscar a Chloé antes de que pudiera desvanecerse de nuevo.

Solo esperaba que no le hubiera dado tiempo a huir.

Su nueva víctima llevaba apenas unas horas muerta.

No perdió tiempo.

Cerró la puerta de su alojamiento tras ella y salió al rellano con la mochila colgada de uno de los hombros. Apenas había dado un par de pasos cuando aquella sensación volvió a recorrerle el cuerpo.

La sensación de estar siendo observada.

Gabriela se detuvo.

No sabía explicar de dónde procedía aquella certeza, pero podía sentir una presencia cerca. Alguien estaba allí. Quizá en las escaleras, quizá en alguno de los pisos del edificio. Tal vez llevaba varios minutos observándola sin que ella se hubiera dado cuenta.

Un relámpago iluminó el exterior a través de las ventanas del rellano y, durante un instante, las escaleras quedaron bañadas por una luz blanca y fría. Entonces Gabriela la vio.

Una sombra encapuchada se proyectaba desde el piso inferior.

Su corazón dio un vuelco.

Chloé.

La idea apareció en su cabeza antes de que pudiera evitarlo.

Sin embargo, la posibilidad de que no fuera ella, de que aquella persona pudiera ser alguien completamente distinto, la dejó paralizada en el sitio.

Permaneció frente a la puerta de su piso, con una mano todavía cerca del pomo y la mochila descansando sobre un hombro, sin atreverse a hacer el menor movimiento.

Tomó aire lentamente, intentando no hacer ruido, aunque la lluvia golpeaba los cristales con tanta fuerza y los truenos retumbaban por todo el edificio que dudaba que alguien pudiera escuchar siquiera su respiración.

Entonces decidió llamarla.

—¿Chloé? ¿Eres tú?

Su propia voz le tembló al pronunciar su nombre.

Otro relámpago iluminó el hueco de la escalera.

La sombra seguía allí.

Pero nadie respondió.

Tampoco se movió.

Gabriela sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda. Durante unos segundos se quedó completamente inmóvil.

Una parte de ella quería darse la vuelta y volver a entrar en el piso. Tenía la sensación de que algo no iba bien.

Gabriela giró ligeramente la cabeza hacia la puerta que tenía detrás.

Fue entonces cuando se abrió.

Todo ocurrió demasiado rápido.

Antes de que pudiera reaccionar, una mano tiró de ella hacia el interior y la puerta se cerró detrás de ambas con un golpe sordo. Gabriela se quedó sin aliento durante un instante, incapaz de comprender qué acababa de suceder.

Hasta que levantó la mirada.

Chloé estaba frente a ella.

Rubia. Con la melena más corta de lo que Gabriela recordaba y completamente húmeda por la lluvia. Llevaba el rostro serio y los ojos clavados en ella.

Gabriela tardó unos segundos en reaccionar. No sabía cómo había conseguido entrar.

Entonces reparó en la ventana abierta del salón. La miró y después volvió a mirar a Chloé.

¿Cómo demonios había trepado hasta allí?

No tuvo tiempo de preguntárselo.

El olor de su perfume la envolvió de repente y, durante un instante, Gabriela sintió que el tiempo se detenía.

Aquel aroma la transportó a todos los momentos que habían compartido juntas y a las noches que todavía recordaba con una claridad que le dolía.

A aquel sofá, a aquella cama, al pequeño y destartalado apartamento de Chloé en Puerto Serena.

Sus ojos se encontraron.

Gabriela quería decirle tantas cosas que no sabía por cuál empezar.

Pero Chloé parecía completamente indiferente.

—Tienes que parar de investigar —dijo con seriedad—. Vas a conseguir que te maten.

Gabriela la observó, todavía intentando recuperar el aliento.

—Creía que eras tú la encargada de eso —dijo con confusión.

La expresión de Chloé se endureció.

—Deberías dejar de pensar en mí como la mala de la película —contestó con amargura—. No sabes a qué clase de personas estás haciendo enfadar. Tienes que irte de aquí.

—¿Por qué? ¿Quién era la persona que había abajo? —preguntó un poco asustada.

—No lo sé —contestó con franqueza—. Probablemente alguno de los múltiples mandados que tiene toda esta gente —musitó mientras se asomaba por la misma ventana por la que había entrado—. ¿Crees que puedes salir por aquí? —preguntó con tranquilidad.

Gabriela cada vez estaba más descolocada.

—¿Qué gente? ¿Por qué me tengo que ir? —preguntó acercándose a Chloé y echando un vistazo por la ventana, sintiendo vértigo—. ¿Cómo voy a bajar por aquí? Ni siquiera hay donde agarrarse.

—Ahora mismo no tengo tiempo para hacerte un powerpoint —dijo Chloé con hartazgo—. Tienes que irte de aquí. Rápido.

—Solo me iré si vienes conmigo —declaró Gabriela, contundente.

Chloé soltó una risa sin ganas.

—Claro, eso es lo que más me apetece después de la última vez, estar contigo —dijo con sarcasmo.

Gabriela quiso contestar, pero la puerta del apartamento se abrió a la fuerza tras un enorme estruendo. El encapuchado parecía no haberse querido rendir. Mientras ella sentía su pulso acelerarse tras aquella intrusión, Chloé caminó hasta interponerse entre ella y aquel hombre.

—¿Te has perdido? —preguntó con una calma que parecía inhumana en aquel momento.

—¿Tú quién eres? —preguntó el hombre, visiblemente confundido al encontrarse con alguien más en el apartamento.

—Soy su abogada, así que cualquier cosa que tengas que decirle, primero tendrás que hablar conmigo —contestó con una sonrisa burlona.

—Muy graciosa —dijo él con ironía—. Te recomiendo que desaparezcas de mi vista si no quieres ver cómo hago sufrir a tu amiga.

Gabriela observaba el intercambio completamente petrificada.

¿Cómo era posible que aquel hombre la hubiera reconocido a ella pero no tuviera ni idea de que Chloé era La Sombra?

—Tengo un plan mejor —murmuró con seguridad—. ¿Por qué no te vas tú primero antes de que te raje la garganta?

—Por favor… no me hagas reír —dijo el hombre con incredulidad.

—¿Quieres probar? —amenazó Chloé acercándose un par de pasos hacia él.

Lo siguiente que sucedió fue algo que Gabriela apenas pudo procesar. El hombre se abalanzó sobre Chloé y esta lo apartó de un manotazo, haciendo que chocara contra la mesa del comedor antes de caer al suelo.

El encapuchado se levantó con rapidez y volvió al ataque, le propinó una patada en el estómago y después un rodillazo en la cara.

—¡Hijo de puta! —gritó, rabiosa.

Chloé lanzó un puñetazo que impactó de lleno en el ojo de aquel hombre y luego rodeó su cuerpo hasta poder apretar su cuello con el brazo desde atrás. Enseguida Chloé se hizo con el control de la situación.

El hombre, que cada vez estaba más rojo, pataleaba en busca de aire, intentaba alcanzar a Chloé con sus manos para frenarla, pero ella lo esquivó sin apenas esfuerzo.

Finalmente, dejó de moverse y Chloé lo dejó tendido en el suelo.

—Venga, coge tus cosas y vete —dijo como si nada cuando volvió a incorporarse.

Gabriela seguía con los pies clavados en el sitio.

—¿Está muerto? —preguntó en shock.

—No —contestó echándole un breve vistazo al cuerpo—. Se despertará en un rato… creo.

Gabriela asintió, todavía incapaz de procesar todo lo que había pasado en menos de diez minutos.

—Ven conmigo, por favor —volvió a insistir.

—No voy a ir contigo, tengo cosas que hacer —se cruzó de brazos.

—Entonces no me voy —replicó.

—¿Te vas a quedar con este tío desmayado dentro de tu casa? —preguntó Chloé con una sonrisa chulesca.

Gabriela suspiró, tantos meses lejos de Chloé le habían hecho olvidar lo insoportable que podía llegar a ser cuando se lo proponía.

—Chloé… yo no llamé a la policía aquel día —confesó, imaginando que estaría herida por aquel motivo.

—No te creo —dijo tajante.

—Lo sé —musitó—. Sé que no confías en nadie. Ya me lo dejaste claro, pero solo quería decírtelo por si ayudaba en algo.

—Pues no lo hace —dijo descruzando los brazos—. Nunca he tenido ningún problema cuando he hecho las cosas sola. Juntarme contigo me puso en peligro. Estuve a dos segundos de ser arrestada.

Gabriela se quedó en silencio, pensando en sus palabras.

En parte, tenía razón. A pesar de que ella no había avisado a la policía, sí que le había contado a Mario que se había estado viendo con Chloé.

Si nunca se lo hubiera contado y no hubiera sido tan descuidada, tal vez ahora no estarían en aquella situación.

Pero por otro lado estaba la situación. La Gabriela de antes no era la misma que la de ahora. Antes veía a Chloé como una asesina en la que no debía confiar. La veía como alguien a quien supuestamente debería temer.

Había compartido información con Mario porque, en el fondo, había creído que era lo correcto y que su relación con Chloé no tenía ningún futuro.

Sin embargo, meses después, Gabriela sentía que esa versión suya ya no existía. Ahora sabía que detrás de todo aquello, de las desapariciones sin explicación y de los asesinatos de La Sombra, había algo mucho más grande.

Y esa se había convertido en su prioridad: resolver todas aquellas incógnitas junto a Chloé, la persona que parecía llevar más tiempo que nadie detrás de aquel caso.

—Lo siento —acabó pronunciando con un regusto agridulce en sus palabras.

El hombre del suelo soltó un pequeño gruñido mientras se removía. Gabriela se sobresaltó y antes de que pudiera decir algo más, Chloé tiró de ella hasta salir por la puerta principal de la casa.

Bajaron las escaleras en absoluto silencio y salieron a la calle, donde la lluvia seguía cayendo con fuerza.

Chloé caminó por delante de ella hasta su coche. Gabriela quiso preguntarle cómo sabía que estaba en Orleans, cómo sabía dónde había aparcado y cómo había llegado tan rápido desde Puerto Serena.

Pero no dijo nada.

Abrió el coche con el mando a distancia y se sentó en el asiento del piloto. Resopló pensando en lo grande que se le quedaba todo. Había conseguido volver a ver a Chloé, pero aquello solo le había dejado más claro quién de las dos seguía yendo un paso por delante de la otra.

Para su sorpresa, la puerta del copiloto se abrió y Chloé se sentó a su lado.