Donde acaba La Sombra CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Gabriela despertó aquella mañana cuestionándose todas las decisiones que había tomado durante los últimos meses. Era temprano y tenía que ir al trabajo a servir cafés y atender clientes maleducados.

Cada día tenía más ganas de abandonar aquel puesto, pero no podía vivir del aire. Suspiró desganada y caminó descalza hasta el baño, donde se dio una larga ducha para calentar su cuerpo. París era una ciudad fría y húmeda. Las mañanas eran más duras que en Puerto Serena sin lugar a dudas.

Salió de su casa cuando el sol todavía no había salido y los primeros transeúntes empezaban a salir de sus casas para acudir a sus labores. Las ruedas de los autobuses pisaban los charcos que había dejado la lluvia de la noche y las luces de las farolas seguían reflejándose en el agua.

Gabriela soltó un suspiro tembloroso que se convirtió en vaho, el cuerpo encogiéndosele, las manos completamente heladas.

Detestaba París. Detestaba aquella rutina absurda.

Pero lo que más detestaba era echar de menos a Chloé cada día.

Las pistas sobre dónde podía estar parecían cada día más ridículas. Llevaba días observando las mismas tiendas, las mismas personas y la misma calle.

Como si Chloé fuera a aparecer allí. Como si fuera así de descuidada.

Cuando cruzó el umbral de la puerta de la cafetería, saludó a su compañera sin mucho ánimo, quitándose el abrigo para empezar con la jornada.

Tal vez debería abandonar París.

Encontrar otro hilo del que tirar.

Al fin y al cabo, los movimientos de Celia Morán en París llevaban años congelados.

Como si un día, de repente, Celia hubiera desaparecido. O, más bien, Chloé hubiera desechado aquella identidad porque ya no le servía.

Aprender francés estaba siendo una tarea más complicada de lo que Gabriela había anticipado. A media mañana, ya estaba harta de no entender a la mitad de los clientes ni la mitad de órdenes que le daba su compañera.

Si aquel trabajo ya le parecía insoportable, no poder entender ni expresarse con soltura lo hacía el triple de agotador.

Aquel día, cuando salió de la cafetería, decidió que no volvería a vigilar la misma calle. Estaba cansada, perdida y frustrada.

Había sido todo una pérdida de tiempo. Chloé no estaba allí.

Tenía que volver al punto de partida. Llegar a casa y volver a mirar sus archivos con una perspectiva diferente.

Con suerte, encontraría algo que anteriormente se le habría escapado.

✽✽✽

Gabriela estaba agotada. El tiempo en París corría a una velocidad diferente. Durante los últimos días había estado trabajando todas las mañanas, investigando en su tiempo libre e intentando no volverse loca en los ratos que restaban.

Llevaba una semana sin saber qué más hacer. Leía los mismos informes y planteaba las mismas teorías una y otra vez.

Había descubierto que Chloé no solo era La Sombra por su facilidad para cometer crímenes sin ser descubierta, sino que también resultaba indetectable en cualquier otro ámbito.

Parecía que a Chloé solo se la podía encontrar cuando ella quería ser encontrada.

En ese momento, algo dentro de Gabriela se encendió. Una idea un poco extraña, pero una idea al fin y al cabo.

Tal vez aquel había sido el quid de la cuestión siempre. Chloé tan solo aparecía cuando Gabriela dejaba de buscarla o cuando no había querido saber nada de ella.

Chloé siempre había ido un paso por delante de todos y, probablemente, aquella no era la excepción.

Ese era el problema. Había estado subestimando a Chloé todo ese tiempo, pensando que podría encontrarla mientras ella no quisiera ser encontrada.

Dejó salir una risa que rebotó en las paredes de su solitario estudio ante aquella conclusión tan absurda a la que había llegado.

Si dejaba de buscar a Chloé… Si fingía irse de París, dejar de luchar por ella, por volver a verla, aunque solo fuera una última vez… ¿podría ser que aquella fuera la única manera de encontrarla?

Gabriela, con la decisión ya tomada, se levantó de la mesa e hizo algo que llevaba días sin hacer: recoger. Guardó todos los papeles que llevaban días desperdigados encima de la mesa y bajó la pantalla del ordenador, guardándolo en su mesita de noche.

No iba a seguir buscándola. Iba a actuar como si estuviera derrotada, como si realmente se hubiera rendido en su misión. Dejaría el trabajo y el piso, volvería a vivir en la carretera o incluso en Puerto Serena.

Caminó hasta el baño para lavarse los dientes antes de acostarse. Miró su propio reflejo y por milésima vez se cuestionó su cordura. Se preguntó qué pensaría Mario de ella si la viera en ese instante. Sola, sin responsabilidades, sin planes, persiguiendo a una asesina.

El caso de La Sombra de Puerto Serena siempre había sido su quebradero de cabeza.

Desde el primer día que entró a la comisaría con veinticuatro años.

Todavía recordaba lo amable que había sido Mario con ella desde el inicio.

Siempre habían trabajado juntos, se habían entendido y habían sido buenos compañeros.

Gonzalo también había formado parte de aquellas largas horas de trabajo y noches interminables.

Pero Gonzalo ya no estaba con ellos y tampoco era la persona que pensaban.

Contra todo pronóstico, Mario había sido el único que había seguido a rajatabla todas las normas, mientras ella había perdido la cabeza por el camino.

Chloé se había convertido en su obsesión.

Y haría lo que hiciera falta con tal de encontrarla.

✽✽✽

Gabriela dejó el trabajo al día siguiente.

Aquella fue, sin duda, la parte más sencilla de todo el plan que había trazado.

No tuvo que pensárselo demasiado ni buscar una excusa complicada.

Simplemente comunicó que se marchaba y aceptó las miradas sorprendidas de sus compañeros, acostumbrados a verla llegar cada mañana con la misma expresión de cansancio.

El piso fue algo más complicado.

No llevaba allí el tiempo suficiente como para tener demasiadas cosas, pero sí el necesario para que el propietario le recordara que debía haber avisado con antelación.

Gabriela aceptó perder la fianza sin discutir.

Le dolía desprenderse de aquel dinero, especialmente después de haber pasado los últimos meses contando cada euro, pero no estaba dispuesta a seguir perdiendo tiempo.

En unas pocas horas, había conseguido recoger todas sus pertenencias.

Guardó la ropa en un par de bolsas, metió el ordenador y sus documentos en una mochila y dejó sobre la mesa las últimas cosas que ya no necesitaba. Cuando cerró la puerta del pequeño estudio por última vez, sintió una extraña sensación de alivio.

Subió a su coche, colocó las pocas pertenencias que llevaba en el maletero y arrancó sin mirar atrás.

Condujo durante un par de horas hasta Orleans, una ciudad que siempre había querido visitar desde que, años atrás, había escuchado por primera vez la historia de Juana de Arco.

No había sido un destino que hubiera planeado con demasiada antelación.

Simplemente le pareció un lugar lo bastante lejos de París como para empezar de cero durante unos días.

Cuando llegó, dejó sus cosas en el alojamiento y salió a caminar sin rumbo fijo.

La estatua de Juana de Arco fue una de las primeras cosas que encontró.

Gabriela se detuvo frente a ella durante unos minutos, contemplándola en silencio mientras recordaba todo lo que había leído sobre aquella mujer y la historia que había escuchado tantas veces. Después continuó caminando sin preocuparse demasiado por saber hacia dónde iba.

Orleans era preciosa.

También era tranquila.

Después de meses respirando el ruido constante de París, aquella ciudad parecía pertenecer a otro mundo.

Las calles eran más silenciosas, las distancias más cortas y las terrazas de los bares estaban llenas de personas que conversaban tranquilamente mientras disfrutaban de la tarde.

No había prisas. No había gente corriendo de un lado a otro.

No había una multitud que pareciera tener siempre un lugar al que llegar.

El aire se sentía más liviano.

Siguió caminando hasta que empezó a anochecer y, cuando regresó al alojamiento, ya era bastante tarde.

Se dio un baño largo para entrar en calor y después se puso ropa cómoda antes de sentarse en el sofá con algo de comida que había comprado de camino. Cogió el teléfono mientras empezaba a picar distraídamente y abrió las notificaciones.

Últimamente apenas recibía ninguna.

Sus padres vivían lejos y su relación con ellos siempre había sido complicada de definir.

No se llevaban mal, pero tampoco podían decir que fueran una familia especialmente unida.

Simplemente estaban ahí cuando alguno de los otros necesitaba algo.

Era una relación basada en saber que podían contar los unos con los otros, aunque rara vez necesitaran hacerlo.

En Puerto Serena tampoco tenía demasiados amigos.

Mario y Gonzalo habían sido, durante años, las dos personas más cercanas que había tenido dentro de la ciudad. Fuera de ellos, su vida siempre había sido tranquila, hermética y lenta. Nunca había necesitado demasiada gente a su alrededor.

Hasta que apareció Chloé.

Gabriela bajó la mirada hacia la pantalla del teléfono.

Entonces, su corazón pareció detenerse durante varios segundos.

Sus ojos recorrieron la pantalla a una velocidad que apenas le permitía procesar lo que estaba leyendo.

Una notificación.

Una noticia.

El diario digital de Puerto Serena acababa de publicar una nueva alerta.

La Sombra había vuelto a atacar.

Gabriela dejó de respirar.

Volvió a leer el titular.

Después una segunda vez.

No podía ser.

Pero lo era.

Sintió cómo el pecho se le cerraba mientras una certeza se abría paso entre todos sus pensamientos, tan clara que ni siquiera necesitaba comprobarla.

Chloé estaba en Puerto Serena.