Donde acaba La Sombra CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Gabriela dejó la taza de café sobre la mesa y siguió tomando nota de los pedidos de los clientes. Aquella cafetería de París había sido su sustento durante los últimos dos meses. Por desgracia, investigar el caso no la libraba de tener que pagar las facturas.

Hacía seis meses que no sabía nada de Chloé y La Sombra no había vuelto a atacar en Puerto Serena.

Gabriela suponía que, cuando Chloé le dijo que pronto se marcharía de Puerto Serena, era porque ya había cumplido los objetivos que la habían llevado allí.

Héctor. Gonzalo. Klaus.

Tres víctimas más que se sumaban a las once anteriores.

Gabriela seguía pensando todos los días en ella. Tenía tantas preguntas para hacerle, tantas dudas…

Quería saber si todo lo hacía ella sola, cómo sabía a quién debía matar, cómo los encontraba, cómo pasaba desapercibida, qué había pasado exactamente con su hermano Julien y con las demás personas desaparecidas para que dijera con aquella rotundidad que estaban muertos.

Y, a la vez, quería saber por qué había elegido convertirse en una asesina y llevar aquella vida tan inestable y solitaria.

En qué momento aquella niña inocente de melena rubia se había convertido en La Sombra de Puerto Serena, viviendo en apartamentos viejos, llenos de humedad y comiendo comida precalentada.

Gabriela llegó a su estudio minúsculo en la zona de Montparnasse después de su jornada laboral. Se dio una ducha en aquel baño en el que apenas cabía ella y se sentó en la mesa de la estancia única que le ofrecía aquel alojamiento después de haberse calentado las sobras de la cena del día anterior.

París era una ciudad muy cara y aquel estudio de menos de veinte metros cuadrados era lo único que había podido permitirse.

Abrió su ordenador portátil y siguió estudiando todos aquellos movimientos de Celia Morán, la identidad que sospechaba que Chloé había utilizado durante sus años de anonimato en Puerto Serena.

Siempre era el mismo patrón. Puerto Serena durante unos meses y París durante otros pocos meses. La pregunta era: ¿qué hacía Chloé Mercier cuando venía a París?

Chloé no era parisina. Tampoco tenía familia conocida que residiera ahí… ¿vendría a esconderse en esa gran ciudad?

Gabriela suspiró y miró por la ventana. Las luces de París, entre todas las gotas de lluvia que caían fuera, le devolvieron la mirada.

Volvió a pensar en Chloé y en sus ojos verdosos.

En cómo la había mirado como nadie más lo había hecho, viéndole el alma, leyéndola con una facilidad que parecía magia negra.

Y cómo la miró justo antes de desaparecer sin dejar rastro.

«¿Estaría en París?», se preguntó Gabriela.

¿La estaría vigilando como la última vez?

También se preguntó qué habrían averiguado Mario y los demás en comisaría. Si estarían más cerca de Chloé que ella misma. Si tal vez ya la habrían atrapado, y por eso, no había vuelto a saber nada de ella.

Pero en las noticias nunca se había anunciado la detención de La Sombra, y aquella era su única esperanza de poder dar con ella antes que la policía.

✽✽✽

Pasaron varios días antes de que Gabriela encontrara algo que le hiciera pensar que estaba siguiendo el camino correcto.

Había pasado horas revisando direcciones, contratos de alquiler, registros de huéspedes y cualquier dato que pudiera relacionar a Celia Morán con sus estancias en París.

Algunas ubicaciones eran fáciles de localizar; otras habían desaparecido de los registros o pertenecían a lugares que ya no existían.

Pero, poco a poco, consiguió reunir las suficientes.

Una tarde, extendió sobre la mesa el mapa de París que había comprado unos días atrás y comenzó a marcar cada una de las direcciones.

Una por una.

Primero señaló el apartamento en el que Celia se había alojado durante su primera estancia conocida en la ciudad. Después, otros dos. Luego otro más. Siguió así hasta tener delante todos los lugares en los que aquella identidad había pasado alguna temporada.

Gabriela se quedó mirando el mapa durante varios minutos.

Al principio, las ubicaciones parecían completamente aleatorias. Estaban repartidas por distintos puntos de la ciudad, sin un patrón aparente. Sin embargo, cuando terminó de marcarlas todas, algo llamó su atención.

Se levantó de la silla y se acercó al mapa.

Las observó de nuevo.

Después cogió una regla y comenzó a unir algunas de las direcciones, intentando encontrar algún tipo de relación entre ellas. No tardó demasiado en darse cuenta de que la mayoría formaban una especie de círculo irregular alrededor de una zona concreta.

Y justo en el centro había tres puntos.

Tres direcciones que destacaban más que las demás.

Gabriela frunció el ceño.

No sabía qué significaban todavía, pero había algo en aquellas tres ubicaciones que le resultaba demasiado conveniente como para ignorarlo.

Pasó el resto de la tarde investigándolas.

La primera pertenecía a un pequeño establecimiento que llevaba años abierto y que, a simple vista, no parecía tener nada de especial.

La segunda era un negocio familiar que había cambiado varias veces de propietario.

La tercera era una tienda de souvenirs que Gabriela no consiguió relacionar con nada importante.

Pero había algo que compartían las tres.

Estaban en la misma calle y Gabriela decidió que merecía la pena acercarse.

La calle era mucho más normal de lo que había imaginado. No había nada especialmente llamativo en ella. Algunos comercios pequeños, varios edificios antiguos, una cafetería en una esquina y gente entrando y saliendo de los establecimientos sin prestar atención a nada que no fuera su propia rutina.

Gabriela se quedó allí durante casi una hora.

Después volvió al día siguiente.

Y al siguiente.

No quería precipitarse. Si aquella calle tenía alguna relación con Chloé, necesitaba descubrirlo por sí misma.

El cuarto día vio abrir uno de los negocios de artesanías y souvenirs.

Era un establecimiento discreto, con un escaparate sencillo y un pequeño cartel sobre la puerta.

El hombre que abrió aquella mañana debía rondar los sesenta.

Gabriela lo observó desde la acera de enfrente mientras levantaba la persiana, encendía las luces y desaparecía durante unos minutos en el interior.

Un rato después apareció una mujer.

Era rubia, de aspecto tranquilo y vestía con sencillez. El hombre la recibió con una sonrisa y ambos comenzaron a hablar como dos personas que llevaban mucho tiempo conociéndose.

Gabriela se quedó con sus caras.

Más tarde descubrió sus nombres.

Hugo.

Charlotte.

Durante los días siguientes, Gabriela siguió observándolos.

Hugo llegaba cada mañana a la misma hora, abría el negocio y pasaba allí la mayor parte del día. Charlotte aparecía algunas veces por la mañana y otras por la tarde. En ocasiones se quedaba durante horas; otras simplemente entraba, hablaba con él unos minutos y se marchaba.

Todo parecía formar parte de una rutina perfectamente normal.

Y eso empezaba a frustrar a Gabriela.

Porque no había rastro de Chloé.

Ni una sola vez.

Gabriela llegó incluso a cambiar de posición para tener una mejor perspectiva de la calle.

Algunas tardes se sentaba en la cafetería de la esquina con un café delante que apenas probaba.

Otras permanecía dentro de su coche, fingiendo revisar el teléfono mientras observaba el movimiento de los negocios.

Pero Chloé no aparecía.

Ni como Chloé.

Ni como Celia.

Ni como Carolina.

Ni con ninguna de las otras identidades que Gabriela sospechaba que había utilizado a lo largo de los años.

Una mañana, mientras observaba a Hugo abrir el establecimiento, Gabriela sintió que empezaba a perder la paciencia.

Quizá estaba equivocada.

Quizá aquellas tres ubicaciones no tenían ningún significado especial y todo aquel patrón que había encontrado en el mapa no era más que una coincidencia.

Se había acostumbrado tanto a buscar conexiones que empezaba a verlas incluso donde no existían.

Gabriela suspiró y bajó la mirada hacia sus notas.

Pensó que lo más probable era que se hubiera equivocado. O que aquella dirección hubiera sido importante para Celia Morán en algún momento, pero ya no tuviera nada que ver con Chloé.

Después de todo, si algo había aprendido sobre ella durante aquellos últimos meses era que Chloé sabía desaparecer.

Quizá llevaba demasiado tiempo buscando a una mujer que ya no existía.

✽✽✽

La campanilla de la puerta sonó justo cuando Hugo terminaba de colocar unas pequeñas piezas de cerámica sobre una de las estanterías.

Afuera estaba cayendo la mundial.

La lluvia golpeaba los cristales con fuerza y el agua corría por las aceras formando pequeños ríos entre las ruedas de los coches.

Hugo levantó la vista y vio entrar a una mujer con una gabardina elegante, unas botas completamente impolutas y un paraguas negro que cerró cuidadosamente antes de dejarlo junto a la puerta.

Su melena rubia, que apenas le llegaba por debajo de los hombros, estaba ligeramente húmeda por la lluvia.

Chloé levantó la mirada y sonrió al encontrarse con él.

—Hola, Hugo.

—Llegas justo a tiempo —respondió él con la misma sonrisa.

Charlotte estaba sentada al fondo de la tienda, concentrada en una pequeña pieza de macramé que sostenía entre las manos. Al escuchar la voz de Chloé, levantó la cabeza y le dedicó una sonrisa.

—Hola, cariño —saludó con dulzura.

—Hola, Charlotte.

Hugo se apoyó en el mostrador y miró hacia el exterior.

—Por cierto, hoy la policía esa no ha aparecido por aquí —informó con cautela.

Chloé siguió su mirada hasta la calle.

A través del cristal podía distinguir las figuras borrosas de las personas que caminaban bajo la lluvia. Buscó casi por instinto el lugar en el que había visto a Gabriela tantas veces durante los últimos días.

Vacío.

—Mejor —respondió Chloé con firmeza—. A ver si desaparece de una vez.

Hugo guardó silencio durante unos segundos antes de bajar la voz.

—¿Estás segura de que no va a delatarte? —preguntó por cuarta vez en los últimos días—. Parece que te pisa los talones.

Chloé se quitó los guantes y los dejó sobre el mostrador.

—Es una aficionada, Hugo. Ha perdido su puesto y ya no tiene ningún tipo de poder dentro de la policía. No puede hacer gran cosa —contestó con frialdad.

—Aun así, lleva días aquí —dijo sin estar del todo convencido.

—Y seguirá perdiendo el tiempo mientras crea que puede encontrarme sin que yo me dé cuenta —murmuró con una sonrisa soberbia.

—Bueno. Si tú estás segura… Por cierto, tengo novedades.

Hugo señaló discretamente hacia la parte trasera del establecimiento.

Chloé cogió de nuevo sus guantes y siguió a Hugo entre las estanterías. Charlotte apenas levantó la mirada cuando ambos desaparecieron tras una pequeña puerta que comunicaba con la trastienda.

Al cerrarse la puerta, el ruido de la calle quedó amortiguado.

Chloé avanzó unos pasos detrás de Hugo, pero su mente seguía en la tienda.

En la calle.

En Gabriela.

Llevaba días viéndola desde la distancia.

Había aprendido sus horarios casi sin querer.

Sabía a qué hora aparecía, cuánto tiempo permanecía allí y dónde solía colocarse para observar el establecimiento.

La había visto sentarse en la cafetería de la esquina, fingiendo estar distraída mientras no apartaba la mirada del negocio.

También la había visto dentro de su coche, esperando durante horas.

Y la había visto caminar.

Siempre sola.

Con aquel rostro serio y aquella melena moviéndose bajo el frío de París.

Había algo extraño en la facilidad con la que sus ojos encontraban a Gabriela entre todas las personas de aquella calle.

Chloé había sentido rechazo cada vez que la había visto.

Por lo que Gabriela había hecho.

Por la forma en que había conseguido entrar en su vida y hacerle olvidar, aunque solo fuera durante unos instantes, todo aquello que había hecho durante los últimos años. Pero, sobre todo, por la traición.

Aún así, no había podido evitar mirarla.

Una vez.

Y otra.

Y otra.

Chloé sacudió ligeramente la cabeza, apartando aquellos pensamientos antes de que volvieran a apoderarse de ella.

Miró a Hugo mientras este encendía la luz de la trastienda y cogía una carpeta que descansaba sobre una de las mesas.

—Dale la bienvenida a tu nueva identidad —dijo Hugo con una sonrisa orgullosa.

Chloé se acercó.

Y, mientras fuera la lluvia seguía golpeando con fuerza las calles de París, volvió a convertirse en alguien que todavía no existía.