Donde acaba La Sombra
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CAPÍTULO 1
A los dieciséis años, Chloé Mercier, una chica risueña, deportista y un poco tímida de un pequeño pueblo del sur de Francia, recibió la peor de las noticias aquel fatídico verano.
Su hermano Julien, que había ido de vacaciones junto a sus amigos, había desaparecido.
Chloé, junto a sus padres, viajó hasta Puerto Serena para buscar a su hermano y pedir la ayuda ciudadana para localizarlo.
Tras meses de desesperada búsqueda, volvieron a Francia con la policía dando el caso por cerrado. Ya no había nada que hacer.
Cuando volvió a su pueblo todo el mundo miraba a su familia con lástima.
Sus padres se volvieron cada vez más ermitaños.
No querían salir de casa más que para trabajar, no querían pensar en Julien, no querían recordar su antigua vida y, mientras tanto, Chloé luchaba por intentar no hundirse en aquella nueva realidad.
Siempre había tenido muy buena relación con Julien. A pesar de que solo se llevaban dos años, su hermano mayor siempre la había protegido. Le había enseñado todo lo que sabía y habían estado siempre juntos.
Desde el día que desapareció, Chloé tuvo claro que no había sido por su propio pie, como había acabado diciendo la policía de Puerto Serena. Ella sabía que a su hermano le había pasado algo, pero en su momento se sintió demasiado triste, vulnerable e indefensa para luchar por él.
Cuando Chloé cumplió dieciocho años, su vida había cambiado por completo.
Sus padres apenas parecían vivir en la misma realidad que ella, la pérdida de Julien había sido demasiado para ambos. Chloé ya no se relacionaba con la gente de su pueblo y, poco a poco, la desaparición de su hermano empezó a ocupar el noventa por ciento de sus pensamientos.
Quería justicia, quería respuestas, quería recuperar a la familia que aquella desaparición parecía haberse llevado.
Cuando terminó el instituto, se encerró en su habitación y empezó a investigar los últimos pasos de Julien sin descanso. Como si fuera una obsesión.
No fue hasta meses después, mientras se adentraba en las profundidades de internet, cuando encontró un foro de familias afectadas por las desapariciones sin resolver en Puerto Serena.
Aquello llamó la atención de Chloé. Por primera vez, algo parecía tener más sentido que simplemente su hermano yéndose sin avisar.
Chloé entró al foro y empezó a relacionarse con personas que también habían pasado por lo mismo. Familiar desaparecido, búsqueda sin resultado y la policía concluyendo que había sido una desaparición voluntaria. Enseguida se dio cuenta de que parecía haber un patrón.
Aquella obsesión la acabó llevando a visitar Puerto Serena cada vez que había una desaparición. Recopilaba datos, hablaba con las familias, analizaba coincidencias… cada vez que alguien desaparecía, Chloé sentía que estaba más y más cerca de la verdad.
Con el tiempo, las cosas empezaron a ponerse cada vez más tensas. Había personas que ya la reconocían en Puerto Serena, alojamientos y locales donde le prohibieron la entrada. Sabía que le había tocado las narices a alguien, así que durante meses decidió volverse invisible.
Volvió a Francia, siguió recopilando información desde la distancia y conoció a Hugo, un hombre de cuarenta y cinco años que residía en París junto a su mujer y cuya hija también había desaparecido hacía un año en Puerto Serena.
Hugo sabía falsificar documentos e identidades y juntos empezaron a fabricar la primera identidad falsa de Chloé: Celia Morán.
Cuando Chloé cumplió veinte años, cambió su estilo de forma radical. Se cortó el pelo por los hombros y tiñó su melena rubia de un castaño rojizo. Empezó a vestir de una manera más llamativa y, en un abrir y cerrar de ojos, se había convertido en Celia.
Llegó a Puerto Serena después de más de un año sin haber estado en aquel lugar y afortunadamente, nadie pareció reconocerla.
Con su nueva identidad tuvo que aprender a socializar, a gustar y a darle a la gente lo que sabía que esperaban de ella.
Al principio no fue fácil, pero con la práctica, cada vez se daba más cuenta de lo poco complicado que le resultaba engañar a los hombres.
Aprendió rápido lo lejos que le podía llevar su cara bonita en aquellos ambientes dominados por hombres que no dejaban de menospreciarla.
A los veintitrés años, la noticia de una nueva desaparición golpeó Puerto Serena. Ricardo Salvatierra. Para entonces, Chloé ya empezaba a imaginarse quiénes eran las personas que se escondían detrás de todo aquello.
Había empezado a codearse con las altas esferas de Puerto Serena, había estado en sitios más lujosos de lo que nunca se hubiera imaginado y cada día, la posibilidad de que alguno de esos hombres acabara teniendo un desliz y le contase qué era lo que tramaban entre bambalinas, era cada vez más tangible.
Cuando cumplió veinticuatro años y tuvo la certeza de que toda la información que había recopilado sería suficiente para reactivar la investigación de todas aquellas desapariciones, fue hasta la comisaría de Puerto Serena con varias carpetas bajo el brazo y se las entregó a un amable policía llamado Gonzalo, que le prometió que iban a llegar hasta el fondo de aquel asunto.
A los veinticinco años, Chloé llevaba casi un año viviendo en París, junto a Hugo y a su esposa Charlotte. No habían recibido ninguna noticia por parte de la policía y los días cada vez empezaban a pesarles más.
Por primera vez, discutió con Hugo, la única persona que la había apoyado y ayudado en todo aquel calvario.
Chloé quería volver a Puerto Serena y saber qué estaba pasando, Hugo aseguraba que debían seguir esperando.
Una noche, Chloé se marchó de París y recorrió aquel camino que tantas veces había trazado hasta Puerto Serena. Después de un año sin pisar aquel lugar, se preguntaba si las personas que había conocido seguirían recordándola.
Y así fue.
Aquella noche cenó en el Hotel Princesa del Mar acompañada por Julio Hernán, un viejo conocido con el que había retomado el contacto tras su vuelta. Chloé sonreía y le seguía la conversación a aquel hombre con una facilidad que solo había podido adquirir a través de los años.
Estaba decidida. Había agotado su paciencia y estaba dispuesta a meterse en la boca del lobo. Fingió haber bebido mucho más de lo que realmente había bebido y se tambaleó entre risas bobaliconas mientras salía del hotel apoyada en Julio.
Él la ayudó a subir a su coche y le indicó a su chofer que condujera hasta su casa.
Los nervios hervían dentro de Chloé mientras se hacía la dormida.
Intentaba pensar en qué haría si Julio intentaba hacerle daño o sobrepasarse con ella, pensó que se había equivocado al haber tomado tanto riesgo con su plan.
Quiso salir corriendo cuando bajó del coche, tal vez hubiera sido lo más sensato, pero sus ansias por saber algo de Julien pudieron con ella y acabó adentrándose en aquella mansión, todavía actuando como si estuviera completamente borracha.
Julio la guió hasta una puerta y allí les pidió a sus guardaespaldas que los dejaran a solas. El corazón de Chloé iba a cien por hora y lo único que podía hacer era rezar para que él no se diera cuenta.
Cuando entraron en aquella habitación, Julio tumbó a Chloé sobre la cama y le susurró en la oreja que volvería en un momento. Ella se estremeció inquieta mientras escuchaba los pasos de aquel hombre alejarse y salir por la puerta.
Abrió los ojos cuando se aseguró de no escuchar nada y miró a su alrededor. La habitación era fría, solo tenía una cama y una pequeña mesita de noche, alzó la vista y vio una cámara de seguridad. Se levantó lentamente, sin saber dónde iba a dirigirse y se fijó en la puerta que había al otro lado.
Giró el pomo sin hacer ruido y se encontró con una pequeña sala.
En ella había un escritorio con un ordenador de mesa y una silla en la que Chloé se sentó.
Movió el ratón para desbloquear la pantalla y sintió un pequeño golpe en el pecho cuando vio la imagen de la habitación en la que acababa de estar.
Eran imágenes en directo de lo que ocurría en aquella sala.
Chloé clicó un par de veces y buscó en los archivos, frunció el ceño cuando leyó una carpeta con el nombre de Ricardo. Se le heló la sangre cuando abrió el primer archivo de aquella carpeta.
Las grabaciones no correspondían a aquella habitación, sino a otro lugar. Ricardo parecía estar bajo el efecto de alguna sustancia, luchaba por levantarse de la cama en la que estaba tendido, intentaba gritar, pero parecía como si su cuerpo no le respondiera.
Lo siguiente que vio Chloé fue un hombre entrando en la estancia, empezando a torturar al chico de maneras horripilantes, ignorando por completo sus gritos de absoluta agonía.
Con el pulso tembloroso, Chloé empezó a rebuscar en todas las carpetas de aquel ordenador, llenas de nombres de desaparecidos que había escuchado e incluso otras personas que ni siquiera sabía quiénes eran
Los vídeos eran atroces: diferentes lugares, diferentes personas, diferentes verdugos. Pocas veces se repetían y, Chloé supo que se había metido en algo mucho más oscuro y grande de lo que parecía.
Sin darse cuenta, sus ojos llorosos se posaron sobre el nombre de aquella carpeta.
Julien. No quería abrirla. No quería saber que su hermano había sufrido antes de morir.
No quería verlo sentir aquel dolor. Pero tampoco quería quedarse el resto de su vida cuestionándose si aquel Julien sería o no su hermano.
Cuando abrió la carpeta, un pequeño sollozo se escapó de entre sus labios.
La cara de su hermano, esa cara que hacía tanto tiempo que no veía sonreír, ni aquellos ojos que ya no podía volver a mirar.
Su gesto era de puro terror. Julien había tenido miedo de morir mientras aquellas personas repugnantes jugaban con su vida por pura diversión.
Antes de que pudiera continuar, una voz la devolvió a la realidad y cuando quiso ser consciente, Julio estaba a su lado.
—No deberías haber visto eso —dijo Julio con un gesto sombrío.
—¿Por qué? —preguntó Chloé con lágrimas en los ojos—. ¿Por qué haces esto?
Pero nunca recibió una respuesta. Julio se le echó encima y empezó un forcejeo en el que Chloé tuvo que luchar por su vida por primera vez.
Julio la cogió por el pelo y la levantó de la silla, ella intentó soltarse y le dio una patada entre las piernas, la fuerza con la que la soltó hizo que Chloé cayera sobre la mesa, tirando el ordenador y el teclado al suelo mientras ella también caía boca abajo, partiéndose el labio y empezando a sangrar.
Julio la agarró por las piernas y tiró de ella con fuerza, arrastrándola hacia él.
El miedo se apoderó del cuerpo de Chloé, que cogió el teclado y se giró sobre sí misma para asestarle un golpe en la cabeza.
Julio gruñó mientras se palpaba la herida que acababa de abrirle en la cabeza, pero eso no le impidió seguir intentando reducirla.
Chloé intentó volver a darle un golpe con el teclado, pero esa vez, Julio fue más rápido, apartándoselo de las manos y tirándolo lejos de ellos.
Se colocó encima de ella con una sonrisa retorcida y rodeó su cuello con sus grandes y ásperas manos, apretando con fuerza su garganta.
—Siempre supe que acabaríamos así… —murmuró él mientras la veía quedarse sin aire—. Es una pena que esto no vaya a quedar grabado.
Chloé sentía sus pulmones arder, sus costillas contrayéndose en busca de aire y, por un momento, dejó de luchar, aceptando que aquel iba a ser su destino… hasta que notó algo metálico rozar la punta de sus dedos.
Estiró sus dedos temblorosos y sin siquiera saber qué era lo que estaba agarrando, lo clavó con toda la fuerza que le quedaba contra el costado de Julio, que gritó, entre el dolor y la sorpresa, aflojando el agarre en el cuello de Chloé.
Ella tomó una bocanada de aire y empezó a toser descontrolada, con los ojos rojos y las lágrimas cayéndole por el rostro sin control.
Sin tiempo para recuperarse, agarró con más ímpetu aquel objeto punzante y lo sacó del costado de Julio para volver a clavárselo, esa vez en el cuello.
Entonces se dio cuenta de que lo que tenía en su mano era un abrecartas. Sus ojos se abrieron como platos cuando vio toda aquella sangre salir a borbotones del cuello de Julio, mientras se desplomaba sobre ella.
Chloé se apartó aterrorizada, quitándoselo de encima, levantándose y observando aquella estampa todavía sin llegar a asimilarlo.
El cuerpo de Julio yacía en el suelo sobre un charco de sangre que cada vez se hacía más grande, el ordenador estaba completamente roto en el suelo, la silla estaba tirada y las piezas del teclado estaban en la otra punta de la habitación desperdigadas. Parecía el escenario de una batalla campal.
Con la respiración agitada y temerosa de que los guardaespaldas de Julio hubieran escuchado algo, empezó a buscar una salida para poder irse sin ser vista.
Se asomó al pasillo y observó por la pequeña ranura de la puerta que no hubiera nadie.
Salió de la habitación y abrió otra puerta.
Por suerte en esa habitación oscura sí que había una ventana.
Abrió la cristalera y miró abajo. Era una buena caída, pero podría soportarlo. Se lanzó y amortiguó el golpe con pies y manos, dándose cuenta entonces de toda la sangre de Julio que cubría sus falanges y sus palmas.
Por un instante, sus ojos se quedaron atrapados en aquel color rojo como el vino, y fue entonces plenamente consciente de que había matado a alguien con sus propias manos.
Escuchó unas voces y se agachó tras unas plantas.
Parecía que los guardaespaldas de Julio estaban en el patio charlando con alguien.
Chloé entrecerró sus ojos para intentar reconocer a esa persona, y fue entonces cuando reconoció al policía que le había prometido que investigarían las desapariciones casi dos años atrás.
Gonzalo.
Lo vio reír tranquilamente con los guardaespaldas y, luego, se adentró en la mansión como si ya se supiera el camino.
La rabia inundó el pecho de Chloé.
¿A nadie le importaba la vida de todas aquellas personas inocentes?
¿Acaso todo el mundo estaba implicado?
Antes de que Gonzalo pudiera dar la voz de alarma al encontrar el cuerpo de Julio, Chloé huyó del lugar sin hacer ni un solo ruido.
Y cuando estuvo lo suficientemente lejos, se dio cuenta de que, tras haber matado a aquel hombre, no sentía nada.
No sintió miedo, no sintió arrepentimiento, no sintió absolutamente nada.
Se agachó frente a una fuente del parque central de Puerto Serena, que a aquellas horas estaba completamente vacío y se lavó la sangre de sus manos.
Pensó en los videos que había visto. En los gritos de las víctimas. En la cara desencajada de Julien.
Y supo que jamás se haría justicia.
Sabía de sobra que había muchísima gente poderosa implicada, pero saber que la policía también lo estaba fue el golpe más duro de encajar.
De repente, solo quedaba ella luchando por la verdad.
Y, por accidente, La Sombra de Puerto Serena nació aquella noche.