55.
Fuera de la iglesia el aire olía a hierba mojada y a noche cerrada.
Leo salió con Ramón sujeto por el brazo y tuvo que entornar los ojos: había tres coches patrulla aparcados en la explanada, los focos encendidos, seis agentes desplegados en semicírculo.
Lucas estaba de pie junto al primero de los coches con el abrigo puesto y las manos en los bolsillos.
Los agentes se apartaron cuando Leo sacó a Ramón. Nadie dijo nada.
Andrea se separó del grupo y se acercó a Leo. Lo miró un momento, evaluando, antes de hablar.
—Tu padre está de camino al hospital de Pontevedra. —Lo dijo en voz baja, solo para él—. Está fuera de peligro. Se quedará unos días en observación, pero están contentos con cómo responde.
Leo asintió. Soltó el aire despacio.
—¿Y mi madre?
—También de camino al hospital. Tu hermano va para allá para estar con ellos.
Leo miró a Ramón, que estaba de pie entre dos agentes con la vista fija en el suelo de la explanada, las manos esposadas a la espalda y la rodilla del pantalón todavía manchada del polvo de los adoquines.
Lucas se acercó.
—Buen trabajo —dijo. Lo hizo mirando a Leo pero sin extender la mano, como si supiese que no era el momento.
—Necesito que alguien se quede con Camilo esta noche —dijo Leo—. Que no esté solo.
—Ya está gestionado. Un agente lo acompaña al hospital a que le vean el corte y luego lo llevamos a casa.
Leo asintió.
—Vamos a Vilagarcía.
Metieron a Ramón en el asiento trasero del coche de Lucas. Leo se sentó a su lado. Andrea ocupó el asiento del copiloto y Lucas condujo.
Durante los primeros minutos nadie habló.
La carretera estaba desierta y los focos del coche abrían un túnel de luz en la oscuridad.
Ramón miraba por la ventana con una expresión que Leo no había visto antes en él, algo parecido a la calma pero más quieto, más adentro, como si una parte de él ya no estuviese en ese coche.
Fue Ramón quien habló primero.
—Debería darle las gracias —dijo, sin apartar los ojos de la ventana, como si hablase con el paisaje oscuro—. En serio. Gracias a todo esto sé lo que quiero. Por fin lo sé.
Nadie respondió.
—Siete años buscándolo. —Una pausa—. Y lo tenía delante desde el principio. Mercedes. Todo era por ella y no lo había visto.
Leo lo miró de perfil. Ramón seguía con los ojos en la ventana.
—Las flores —dijo Ramón—. Siempre pensé que eran para la santa, que era una ofrenda, que así era como se hacía. —Negó con la cabeza muy despacio—. Pero esta noche, ahí dentro, me he dado cuenta. No eran para la santa. Eran para ella. Siempre habían sido para Mercedes.
La carretera pasaba entre eucaliptos. Las sombras de los árboles cruzaban el coche en intervalos regulares.
—Cuando murió no supe qué hacer con todo lo que se quedó aquí.
—Se tocó el pecho con las manos esposadas, un gesto torpe—.
Camilo me habló de la santa y empecé a ir a misa y creí que eso era el camino.
Que si creía lo suficiente ella volvería de alguna manera.
O yo llegaría a donde estaba ella. —Una pausa larga—.
Y la santa nunca me oyó. O eso creía yo.
Leo miraba la carretera por encima del hombro del asiento.
—Esta noche sí —dijo Ramón—. Esta noche sí me ha oído. Y me ha dicho que el camino para llegar a Mercedes no era ese. —Miró sus manos esposadas—. Pero que ahora ya lo sé.
Lucas miró a Leo por el retrovisor. Leo no dijo nada.
Entraron en Vilagarcía por la ronda. Las luces de la ciudad aparecieron despacio, primero dispersas, luego más juntas. Ramón dejó de hablar cuando vio las farolas y se quedó mirando la calle como si la viese por primera vez o como si fuese la última.
La comisaría de Vilagarcía estaba casi vacía a esa hora.
El agente de guardia los miró entrar sin decir nada.
Lucas gestionó el ingreso en el libro de registro mientras Andrea llevaba a Ramón a la sala de espera custodiada.
Leo fue al baño, se mojó la cara con agua fría y se miró un momento en el espejo sin pensar en nada concreto.
Cuando salió, Andrea lo esperaba en el pasillo.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Leo.
—Estoy bien, Andrea.
Ella lo miró un momento más.
—El abogado de oficio llega en veinte minutos.
Leo asintió. Se secó las manos en el pantalón.
—Mientras esperamos, dime qué cabos quedan por cerrar. Quiero entrar con todo claro.
—¿Un café? Que la noche va a ser larga. —Andrea le sonrío.
Leo movió la cabeza en dirección a la máquina de café.
—Oye Andrea.
Se pararon en mitad del pasillo y se quedaron mirándose.
—Gracias por todo.
Se dieron un abrazo y a Leo se le cayó una lágrima por la mejilla.
Ramón estaba sentado con las manos sobre la mesa, con las esposas quitadas, el abogado de oficio estaba a su derecha con una libreta cerrada delante.
Leo y Andrea entraron con el café en la mano. Leo dejó el vaso en la mesa sin sentarse todavía. Encendió la grabadora, miró la cámara un segundo y luego se sentó.
—Es diecinueve de marzo y son las dos y —consultó el reloj —diecisiete de la madrugada.
Interrogatorio a Ramón Eirís Souto, detenido esta noche en la iglesia de Santa Mariña de Carracedo.
Presentes: el inspector Leonardo Flores, la subinspectora Andrea Fuentes y el letrado de oficio. —Leo miró al abogado—. Cuando quiera.
El abogado carraspeó.
—Antes de nada mi cliente quiere hacer constar desde el principio que declara de forma voluntaria y que se declara culpable de los asesinatos de Tobías Andersen, Nuno Beirão y Carlos Díaz, así como de la detención ilegal de Antonio Flores, Mari Carmen Caballero y Camilo Mourente.
—Hizo una pausa—. Está dispuesto a colaborar en todo lo que se le pregunte.
Leo miró a Ramón.
Ramón lo miraba de vuelta con la misma calma del coche. Las manos quietas sobre la mesa, con la espalda recta y los ojos sin huir.
—Bien. —Leo abrió la libreta—. Empecemos por el principio. ¿Cuándo decidió matar a Tobías Andersen?
—Cuando me pidió las vacaciones para ir a Carracedo. —respondió sin dudar, sin rodeos—. Fue hace dos meses.
—¿Y entre ese momento y la muerte de Tobías, qué pasó?
—Planifiqué. —Ramón bajó la vista un momento hacia sus manos—.
Sabía que si mataba a Tobías directamente la Policía iría al taller en dos días.
Tobías no tenía relaciones aquí. Necesitaba que no pareciese lo que era.
—Una pausa—. Camilo me había hablado de Nuno hacía mucho tiempo.
Y hace poco me dijo que iba a volver a hacer el Camino en bicicleta desde Portugal. Y a Carlos lo vi yo en las noticias.
—¿Camilo sabía lo que usted planeaba?
—No. —Lo dijo sin vacilar—. Camilo no sabe nada. Nunca supo nada. Yo le preguntaba por los peregrinos y él me lo contaba porque se alegraba de contarlo. —Una pausa—. Eso es todo lo que hizo Camilo.
Leo anotó.
—El material. El cloruro potásico, los bisturís, el GHB. ¿Cómo lo consiguió?
Ramón asintió despacio, como si llevase tiempo esperando esa pregunta.
—El cloruro potásico llegó en un pedido a una veterinaria de Pontevedra.
Yo seguía la furgoneta de reparto desde el almacén.
Cuando el transportista entraba a hacer otra entrega, abría la furgoneta y sacaba la caja.
—Una pausa—. El transportista cierra con llave, pero las furgonetas de esa empresa tienen un problema en el cierre trasero. Si sabes dónde empujar, cede.
—¿Cómo sabía qué pedido llevaba la furgoneta?
—Los pedidos los hacía yo a nombre de las clínicas.
El repartidor es conocido mío, porque en su anterior empresa nos hacía algunas entregas en el taller.
Un día hablando de todo un poco me estuvo contando cómo organizan las entregas estas empresas.
Siempre empiezan entregando desde lo más cercano a la central, y acaban en la localidad más lejana.
Los pedidos que yo quería los hacía a nombre de las empresas más lejanas, así tenía varios intentos para robarlo.
Andrea anotó sin levantar la vista.
—¿Y los bisturís?
—Mismo sistema. En otros días, claro, pero lo hacía igual. —Ramón encogió un hombro levemente—. Tardé tres semanas en conseguir lo que necesitaba.
—¿Y el agente inhibidor? —dijo Leo—. El que usaba para sedarlos antes, ¿igual?
Ramón dudó por primera vez desde que habían empezado. Acabó asintiendo.
—GHB —dijo al fin—. En foros de química en internet está todo.
Lo disolvía en agua y lo ponía en la bebida.
Yo me acercaba a ellos, les preguntaba por el camino.
Le contaba a cada uno una historia sobre mí, les acababa invitando a algo.
Con la cantidad que usaba tardaban entre veinte y cuarenta minutos en perder la coordinación.
—Hizo una pausa—. Parecían borrachos. Nadie miraba dos veces.
—¿Dónde los llevaba?
—A mi casa. Tengo un sótano. —Lo dijo sin inflexión, como si estuviese describiendo el plano de una nave industrial—. Cuando ya no respondían les inyectaba el cloruro. En el lunar del cuello donde la aguja no deja marca visible. —Una pausa—. Tarda más en dispersarse pero el efecto es el mismo.
La sala quedó en silencio un momento.
—Las mutilaciones —dijo Leo—. ¿Por qué?
Ramón miró la mesa.
—Eran para santa Mariña. A ella la decapitaron.
A Tobías le corté los pies, que le habían llevado hasta Carracedo a darle las gracias a la santa y a Camilo.
A él y no a mí. —Una pausa—. A Nuno la campanilla.
La voz con la que cantaba en el conservatorio que le había dado la santa.
—Otra pausa—. A Carlos la mano. La mano con la que cocinaba en ese restaurante.
—¿Y la parte del cuerpo era decisión suya o había algo más detrás?
—Era lo que les había dado la santa. —Lo dijo como si fuese obvio—. Si no lo merecían, no lo podían conservar. Y yo se lo entregaba a ella. No era sólo acabar con Tobías y quedarme el premio. Santa Mariña es más que eso.
—¿Cómo aprendió a hacer los cortes? —dijo Leo—. Eran limpios. Precisos. Eso no se aprende viendo tutoriales.
Ramón miró sus manos encima de la mesa. Las giró despacio, como si las estuviese viendo por primera vez.
—Mi padre tenía una carnicería en Pontevedra.
—Lo dijo sin emoción, descriptivo—. Empecé a ayudarle con dieciséis años.
Los veranos, los fines de semana, cuando hacía falta.
—Una pausa—. Me enseñó a deshuesar, a limpiar, a cortar con la sierra y con el cuchillo.
Cómo va el músculo, cómo va el hueso, dónde hay que entrar para que el corte sea limpio. —Otra pausa—. Eso no se olvida.
Leo lo miró un momento.
—¿Y la limpieza? No dejó rastro biológico en ninguno de los tres escenarios.
—El sótano tiene suelo de hormigón y desagüe. —Ramón lo dijo con la misma voz de siempre, plana, sin inflexión—. Lo aprendí también en la carnicería. Mi padre decía que un corte limpio empieza antes del corte. Que si preparas bien el sitio, luego no hay que improvisar.
La sala quedó en silencio.
Andrea tenía el bolígrafo apoyado en el cuaderno pero no escribía.
—¿Su padre sigue vivo? —dijo Leo.
—No. Murió hace doce años. Antes que Mercedes.
Andrea levantó la vista del cuaderno.
—Nuno —dijo—. Venía desde Portugal en bicicleta. ¿Cómo lo localizó?
—Camilo me dijo que salía de Lisboa y que tardaría unos doce días.
Calculé las etapas del Camino Portugués, dónde dormiría cada noche.
—Una pausa—. Me lo crucé en Redondela. Me hice peregrino por un día, nos tomamos algo al final de la etapa.
Era fácil. Los peregrinos se fían de cualquiera que lleve mochila.
—¿Y Carlos?
—En las noticias salía una foto de Tui. Calculé igual. Lo encontré en Pontevedra, en el albergue municipal.
Leo pasó una página de la libreta.
—¿Y las llaves de las iglesias?
Ramón miró la mesa un momento.
—Carracedo era fácil. Camilo me había dado una copia hace años para que abriese si él llegaba tarde a misa y yo ya estaba allí.
—Respiró hondo—. Arcos da Condesa fue distinto.
Hay una ventana en la sacristía que no cierra bien desde hace años.
Camilo lo sabe, siempre dice que hay que arreglarla.
—Una leve pausa—. Yo entré por ahí la primera vez y luego me quedé con la llave que había dentro.
Andrea anotó.
—Una última cosa —dijo Andrea—. Los padres de Leo, ¿cómo supo dónde estaban?
—Les seguí. El sábado en el bar de Xagobe escuché a su padre hablar con su hermano de su primer Camino y su deseo. Luego se pusieron a hablar de la obra que estaban haciendo. Fue fácil dar con la casa, no hay muchas obras así por la zona.
Leo miró la libreta un momento. Luego la cerró.
—¿Hay algo más que quiera añadir?
Ramón miró la grabadora. Luego miró a Leo.
—Solo que lo hice por ella. —Lo dijo despacio, sin buscar nada en la cara de Leo—. Por Mercedes. Todo lo que hice fue para llegar hasta ella. —Una pausa—. Y esta noche sé que lo he conseguido.
El abogado no dijo nada. Tenía la libreta delante pero no había anotado nada en toda la sesión.
Leo apagó la grabadora.
—Son las tres y cuatro minutos. Se da por concluido el interrogatorio.
Salieron al pasillo. Andrea cerró la puerta despacio. Se quedaron los dos un momento en el corredor vacío, con el café frío en la mano y el silencio de la comisaría a esa hora, que era un silencio distinto al de fuera, más artificial, más cansado.
—Todo está —dijo Andrea.
Leo miró el vaso de café, que no había tocado en toda la sesión.
Lucas asomó la cabeza por el fondo del pasillo.
—¿Cómo ha ido?
—Bien. —Leo dejó el vaso en el alféizar de la ventana—. Mañana que le pongan a disposición judicial. Que alguien avise a Gutiérrez antes de las ocho.
Lucas asintió y desapareció.
Leo y Andrea se quedaron solos en el pasillo. Por la ventana del fondo se veía la ría, oscura y quieta, con las luces del puerto reflejadas en el agua.
—¿Vas al hospital? —dijo Andrea.
—Sí. —Leo cogió el abrigo del gancho—. ¿Tú?
—Yo me quedo a terminar el atestado. Ve tú.
Leo asintió. Se puso el abrigo despacio, como si el cuerpo le pesase más de lo habitual. Cuando llegó a la puerta se detuvo un momento sin girarse.
—Andrea.
—Ya lo sé. —Negó con la cabeza—. Dales un abrazo muy fuerte de mi parte a los tres.