56.
Leo había sacado las mesas y las sillas a la hierba, había puesto platos y vasos de plástico, y había un papel de cocina doblado a modo de servilleta en cada sitio.
Cuando su madre llegó con las empanadas envueltas en papel de aluminio y la cazuela con pulpo, se quedó parada en la puerta mirando el jardín con el sol de mediodía encima y dijo que le parecía un sitio precioso.
Nadie le llevó la contraria.
Antonio estaba sentado con un vaso de albariño en la mano y mejor color que tres días antes.
Lucas se había puesto a su lado sin que nadie lo organizase así y llevaban un rato hablando con la comodidad de dos personas que acaban de descubrir que tienen más cosas en común de las que esperaban.
Javier iba y venía de la cocina con botellas y cosas que nadie le había pedido.
Andrea había traído pan. Nerea había aparecido con una tarta de Santiago envuelta en papel que depositó en la mesa con cuidado.
Gonzalo llegó el último, con las manos vacías y una disculpa que nadie escuchó porque en ese momento Mari Carmen estaba cortando la primera empanada y el olor lo tapó todo.
—A ver, a ver. —Mari Carmen dejó el cuchillo y miró hacia donde estaban sentados Nerea y Gonzalo, uno al lado del otro—. ¿Vosotros sois los tortolitos de los que me ha hablado Leo?
Nerea se puso roja de una manera tan inmediata que no dejaba lugar a dudas.
—Yo no he dicho nada —dijo Leo desde el otro extremo de la mesa.
—Algo habrás dicho —dijo su madre, ya volviendo a la empanada.
Gonzalo miró a Leo con una expresión que prometía represalias. Leo levantó el vaso a modo de brindis.
La mesa fue encontrando su ritmo despacio.
Andrea y Mari Carmen hablaron de la casa, de lo que podría ser cuando estuviese terminada, de la luz que debía de entrar por las mañanas.
Antonio le preguntó a Lucas por la comisaría y Lucas le contó tres cosas, dos de ellas probablemente exageradas, y Antonio se rio de verdad por primera vez desde que Leo lo había visto llegar al pueblo.
El pulpo desapareció antes de que nadie se diese cuenta.
El sol había ido bajando despacio y la sombra de los manzanos se estiraba hacia la mesa.
Las hortensias que su madre había plantado la semana anterior contrastaban con la fachada de la casa, las ventanas sin marco, el enfoscado a medias, los cables que asomaban por un agujero en la pared junto a la puerta.
—Oye Leo. —Lucas señaló con el vaso—. ¿Y algún día vas a acabar esta obra?
Leo miró la fachada. Luego miró el jardín, la mesa, los platos vacíos, el vaso de su madre con el albariño a medias.
—A lo mejor se lo podemos pedir a santa Mariña —dijo Javier.
Leo le dio un codazo. Luego le pasó el brazo por el hombro.
—¿Os acordáis cuando salí de la academia en Ávila y me destinaron a León unos meses? —Leo cogió el vaso—. Durante uno de los casos conocí a un tipo de un pueblecito muy pequeño que llevaba diez años construyéndose su casa. Diez años. Y todavía le faltaba el tejado.
—¿Y? —dijo Javier.
—Que todavía tenemos tiempo, hermano.