54.
Salieron de Arcos da Condesa con Camilo en el asiento de atrás y Andrea al teléfono. Leo condujo deprisa pero sin las luces largas esta vez, con los ojos en la carretera y la cabeza en otro sitio.
—Lucas dice que la patrulla está en la entrada de Carracedo —dijo Andrea tapando el micrófono—. Esperando.
—Que sigan esperando. Que no se muevan hasta que lleguemos nosotros. —Leo miró el retrovisor—. ¿Tiene el teléfono de Ramón, Camilo?
Camilo asintió. Se lo dio despacio, con la voz todavía ronca.
Andrea marcó. Tres tonos. Cuatro.
—Apagado o sin cobertura —dijo.
Leo no dijo nada.
Carracedo apareció al fondo de la recta con las luces del coche patrulla visibles desde lejos, dos puntos azules intermitentes en la oscuridad. Leo aparcó detrás y bajó antes de que el motor terminase de apagarse.
El agente que esperaba en la puerta era joven, con el chaleco puesto y las manos nerviosas.
—Inspector. No hemos visto movimiento desde que llegamos, pero la iglesia tiene luz dentro.
Leo miró la fachada. Una luz baja, amarilla, filtrada por las vidrieras. Como una vela, o como una bombilla pequeña encendida en la sacristía.
—¿Hay algún coche aparcado?
El agente señaló hacia el lateral de la iglesia.
—Detrás, en el camino de tierra. Un Citroën antiguo.
Leo miró a Andrea. Ella ya tenía la mano en la pistola.
—Vosotros os quedáis aquí fuera —dijo Leo al agente—. Nadie entra hasta que yo lo diga. Si oís algo, llamáis a Lucas. ¿Entendido?
El agente asintió.
Leo empujó la puerta de la iglesia despacio.
La nave estaba casi a oscuras. Una sola vela encendida en el altar. La figura de santa Mariña con la espada proyectaba una sombra larga hacia el fondo.
En el primer banco, sentado con la espalda recta y las manos en los muslos, estaba Ramón.
Delante de él, en el suelo entre los bancos, había un hombre tumbado de lado con las manos atadas a la espalda. Leo reconoció la chaqueta azul marino antes de ver la cara.
Era su padre.
Leo no corrió. Cruzó la nave despacio, con la pistola levantada y los ojos en Ramón, que no se había movido desde que entraron.
Leo no apartó los ojos de Ramón.
Ramón tampoco apartó los suyos de Leo. Y entonces Leo vio lo que tenía en la mano derecha, apoyada en el muslo con una calma que era peor que cualquier amenaza: una jeringa, el émbolo hacia arriba, el líquido dentro todavía intacto.
—Si ella se mueve —dijo Ramón sin levantar la voz—, su padre no se despierta.
Andrea se quedó paralizada en la entrada de la iglesia.
—Suelte eso —dijo Leo.
—No. —Ramón miró la jeringa un momento, luego volvió a mirar a Leo—.
Usted es lo que pidió su padre. Un policía.
Le escuché el otro día hablando con su hermano en el bar.
Y resulta que fue ese inspector de Madrid el que vino a interrogarme la semana pasada.
—Una pausa—. Él pidió eso para usted. Y usted existe porque la santa lo oyó.
Pero su padre no creía entonces. Igual que los demás.
—Ramón. —Leo dio un paso despacio—. Suelte la jeringa y hablamos.
—Su compañera se lleva a su padre. —Ramón bajó la vista hacia el padre de Leo en el suelo—. Y usted se queda y hablamos.
El silencio de la iglesia era distinto al de fuera. Más denso, más antiguo.
—Ni hablar, Leo —dijo Andrea desde detrás—. No voy a ningún sitio.
—Andrea.
—Leo, no.
—Es una orden. —Leo no la miró. Siguió con los ojos en Ramón y en la jeringa—. Coge a mi padre y sal. Cierra la puerta cuando salgas.
—Leo, escúchame…
—Andrea. —Esta vez sí la miró, un segundo, solo uno—. Sácalo de aquí.
Andrea tardó un momento. Luego empezó a acercarse hacia el padre de Leo despacio, con cuidado. Lo incorporó y pasó su brazo por encima de sus hombros, llevándolo hacia el pasillo lateral mirando alternativamente a Ramón y a Leo.
Ramón esperó, con la jeringa en la mano y la espalda recta, hasta que oyó la puerta cerrarse al fondo.
El eco tardó unos segundos en apagarse.
Quedaron los dos solos en la nave. La vela del altar temblaba sin motivo aparente, como si respirase. La sombra de santa Mariña se movía despacio en la pared.
—Usted no quiere matarme —dijo Leo bajando un centímetro la pistola.
—No sé lo que quiero. —Ramón miró la jeringa—. Llevo mucho tiempo sin saberlo. Pero ahora sí.
—¿Qué ha cambiado?
Ramón tardó en responder. Miró el altar, la figura de la santa, la vela.
—Llevo tres horas aquí dentro. —Lo dijo despacio, como quien cuenta algo que todavía está procesando—. Solo con su padre y con ella. —Señaló la figura con un gesto mínimo de la cabeza—. Hace mucho que no me quedaba tanto tiempo en silencio.
Leo no dijo nada. Esperó.
—Siete años pidiéndole lo mismo. —La voz de Ramón era plana, sin dramatismo, como si estuviese describiendo algo que le había pasado a otro—. Que no me sintiese solo. Que me oyese una vez. —Una pausa—. Esta noche me ha oído.
Leo lo miró.
—¿Qué le ha dicho?
Ramón casi sonrió. No del todo, pero casi.
—Que lo que busco no está aquí. —Miró la jeringa—. Que Mercedes me está esperando.
Leo entendió antes de que Ramón terminase de mover el brazo.
Fue rápido. Ramón levantó la jeringa hacia su propio cuello con una precisión que llevaba meses practicando en otros, y Leo se lanzó hacia delante volcando el banco entre los dos.
El impacto les tiró a los dos al suelo de piedra.
La jeringa salió despedida y rebotó en los adoquines con un sonido pequeño, ridículo para todo lo que contenía.
Ramón forcejeó. Tenía más fuerza de la que aparentaba.
Se revolvió en el suelo con una desesperación silenciosa, sin gritar, sin decir nada, solo intentando alcanzar la jeringa que había quedado a metro y medio en el pasillo lateral.
Leo le inmovilizó el brazo derecho contra la espalda y le puso la rodilla en los riñones.
Ramón dejó de moverse.
Los dos respiraban fuerte. El sonido se multiplicaba en la bóveda, rebotaba en las paredes, tardaba en apagarse.
Leo miró la jeringa en el suelo. Luego miró la nuca de Ramón, la cabeza apoyada en los adoquines, los ojos cerrados.
—Mercedes —dijo Ramón en voz baja. No como una pregunta. Como si estuviese hablando con alguien que Leo no podía ver.
Leo le puso las esposas.
Se incorporó despacio, recogió la jeringa del suelo con un pañuelo y la guardó. Luego se quedó de pie un momento en la oscuridad de la nave, con la vela todavía ardiendo en el altar y la sombra de la santa moviéndose en la pared.
—Levántese —dijo.
Ramón obedeció. Se puso de pie con dificultad, con las manos a la espalda y la rodilla derecha manchada de polvo del suelo. Miró el altar una última vez.
—Ramón Eirís, queda detenido por el asesinato de Tobías Andersen, Nuno Beirão y Carlos Díaz, y por la detención ilegal de Mari Carmen Caballero, Antonio Flores y de Camilo Mourente. Tiene derecho a no declarar y a la asistencia de un abogado.
Ramón no dijo nada. Siguió mirando la figura de la santa, la espada, la expresión serena de la piedra.
Leo lo guio hacia la puerta. Cuando la abrió, el aire frío de fuera entró de golpe en la nave.
Detrás de ellos, la vela del altar se apagó sola.