Donde acaba el camino 53.
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53.

Hace dos meses.

—Ramón.

—Dime.

—En dos meses se cumplen cinco años de mi primer Camino. —Tobías se apoyó en el banco de trabajo—. Me gustaría ir andando desde Pontevedra hasta Carracedo para darle las gracias a Camilo y a santa Mariña. Por todo este tiempo. Necesito tres días, del viernes al domingo.

Silencio debajo del coche.

—Ramón.

—Te he oído.

Tobías esperó. Ramón salió despacio con el mono manchado de aceite y se incorporó sin mirarlo. Fue al banco, cogió un trapo y se limpió las manos.

—Tenemos el Alfa para el martes —dijo.

—Lo sé. Por eso digo dentro de dos meses, que hay tiempo de sobra.

Ramón tiró el trapo en el cubo.

—¿Se lo has dicho a Camilo?

—No, quiero darle una sorpresa. —Tobías sonrió—. Cinco años. No sé, me parece que hay que celebrarlo de alguna manera. Ir andando, llegar a Carracedo, ver su cara. —Una pausa—. Y darle las gracias a la santa en su propia iglesia.

Ramón lo miró por fin. Tobías tenía esa expresión abierta de siempre, sin doblez, sin malicia.

—Tres días —repitió Ramón.

—Viernes, sábado y domingo. El lunes estoy aquí.

Ramón volvió a mirar el Seat 124. El silencio duró un momento más de lo normal.

—Bien —dijo.

—Gracias. —Tobías cogió el mono del gancho y empezó a ponérselo—. ¿Quieres que antes de irme hoy adelante algo del Alfa?

—Haz lo que tengas que hacer.

Tobías asintió y se puso a trabajar. Ramón volvió a meterse debajo del coche.

Desde el suelo, con la vista fija en el bajos del Seat, escuchó a Tobías moverse por el taller, el ruido familiar de las herramientas, la radio que Tobías ponía siempre a media mañana.

Ramón cerró los ojos un momento en la oscuridad de debajo del coche.

Cinco años desde que él dijo que sí. Cinco años sin agradecérselo.

Cinco años en los que sólo habían existido Camilo y santa Mariña.

Él había abierto la puerta de su casa y no había recibido nada.

Le había quitado su premio. Le había quitado su amistad con Camilo.

Necesitaba vengarse de Tobías, de Camilo, de santa Mariña, del Camino de Santiago.

Luego abrió los ojos y siguió trabajando.