Donde acaba el camino 52.
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52.

Hace seis meses.

El bar estaba casi vacío a esa hora. Habían llegado los tres juntos, todavía con la adrenalina encima. El dueño les había puesto las cervezas antes de que se sentasen. El trofeo estaba en el centro de la mesa, pequeño para todo lo que había costado, con los dos nombres grabados en una placa.

—Tres mil euros —dijo Tobías mirando el trofeo—. No está mal para un domingo.

Ramón bebió sin decir nada.

—Hay que celebrarlo en condiciones —siguió Tobías—. Esta noche invito yo.

—La organización tarda en pagar —dijo Ramón—. Ya nos avisaron. Puede ser un mes, puede ser dos.

—Da igual cuándo llegue. —Tobías se recostó en la silla—. Yo con la mitad ya tengo para la fianza del piso nuevo. Llevo meses mirando uno en Pontevedra, cerca del taller.

Ramón dejó la cerveza en la mesa.

Camilo, que había estado mirando el trofeo con una sonrisa quieta, levantó la vista.

—¿Cómo la mitad? —dijo Ramón.

Tobías lo miró.

—La mitad cada uno, ¿no? Mil quinientos tú, mil quinientos yo.

El bar quedó en silencio un momento. Fuera pasó un coche.

—La preparación del coche la hicimos juntos, pero en mi taller y en horas de trabajo. Los neumáticos los pagó un patrocinador que conozco yo. La inscripción salió de mi bolsillo.

Tobías frunció el ceño.

—Ramón, yo he conducido. Sin mí no hay rally.

—Sin el coche tampoco.

—No te estoy quitando el mérito, te estoy diciendo que los dos hemos ganado esto. —Tobías señaló el trofeo—. Los dos nombres están ahí.

—Los nombres están ahí porque así lo pide el reglamento. —Ramón cruzó los brazos—. Copiloto y piloto. Pero el taller, el tiempo, todo eso es mío. El premio va al taller.

Tobías abrió la boca y la cerró. Miró a Camilo.

Camilo tenía las manos alrededor del vaso y la vista baja, como si de repente el mantel le resultase muy interesante.

—Padre Camilo —dijo Tobías.

—Yo no me meto en esto —dijo Camilo sin levantar la vista.

—Técnicamente —dijo Tobías volviendo a mirar a Ramón, con la voz más tensa ya—, si el premio va al taller, el premio es tuyo. Yo no tengo nada que ver con el taller.

—Exacto.

—Eso no es justo, Ramón.

—Es lo que hay.

Tobías se levantó despacio. Cogió la chaqueta del respaldo de la silla. Miró el trofeo un momento, luego miró a Ramón.

—Cuatro años llevo en ese taller. —Lo dijo en voz baja, sin rabia todavía, pero cerca—. Cuatro años trabajando bien, sin quejarme, sin pedir nada que no fuese mi sueldo. —Hizo una pausa—. Y hoy he conducido ese coche durante seis horas en una carretera de tierra. No como empleado. Como compañero.

Ramón no dijo nada.

—Piénsatelo —dijo Tobías. Y salió.

La puerta del bar se cerró despacio. Camilo y Ramón se quedaron solos con el trofeo entre los dos y las tres cervezas a medias.

Camilo levantó la vista por fin. No dijo nada. Esperó.

Ramón tenía los codos en la mesa y la cerveza delante. Miraba el trofeo.

—Cuatro años —dijo al cabo de un momento—. Cuatro años viéndole crecer aquí. El piso, el taller, los coches. —Hizo una pausa—. Y cada vez que habla de su vida en España, lo primero que dice es la santa. Lo segundo es usted. —Una pausa más larga—. Yo no existo.

Camilo no dijo nada.

—Fui yo quien dije que viniese. —Ramón lo dijo despacio, como si lo estuviese calculando mientras hablaba—. Usted me lo pidió y yo dije que sí. Sin mí no hay taller, sin taller no hay vida aquí, no hay rally, no hay nada. —Miró el trofeo—. Y él ni lo sabe.

—Nunca se lo ha dicho —dijo Camilo en voz baja.

—No. —Ramón cogió la cerveza y la dejó sin beber—. Porque no hacía falta. O eso creía yo.

El bar seguía vacío. La televisión del fondo emitía algo sin sonido.

—¿Sabe lo que es ver a alguien al que le has dado todo convencido de que se lo dio otro?

—Ramón miró a Camilo por primera vez desde que Tobías se había ido—.

No usted, no me malinterprete. La santa.

—Lo dijo sin ironía, pero con un cansancio que llevaba tiempo acumulándose—.

Cuatro años creyendo, rezando, yendo a misa.

¿Y para qué? Para que la santa se lleve el mérito y yo me quede sin el premio.

Camilo lo miró con cuidado.

—Ramón. La fe no es un trato.

—Ya lo sé.

—No parece que lo sepas.

Ramón apretó la mandíbula. Cogió el trofeo y lo metió en la bolsa. Dejó un billete en la mesa y se levantó.

—Buenas noches, padre.

Salió sin esperar respuesta. Camilo se quedó solo en el bar, con las tres cervezas a medias y el mantel con una mancha redonda donde había estado el trofeo.