Donde acaba el camino 51.
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51.

Hace un año.

Fue Camilo quien propuso el bar. Los tres juntos no era algo habitual, pero tampoco era la primera vez. Tobías pidió un refresco, Ramón un café, Camilo agua con gas.

Camilo dejó el vaso en la mesa y se recostó en la silla con esa expresión de quien trae algo guardado desde hace días.

—¿Os acordáis de que os hablé de un chico que pasó por Carracedo hace cuatro años? Un cocinero de Madrid. Carlos se llamaba.

Tobías negó con la cabeza. Ramón lo miró.

—Me dijo algo, sí. Que quería montar su propio restaurante.

—Ese mismo. —Camilo sonrió—. Pues esta semana lo he visto en las noticias. Le han dado una estrella Michelin. El restaurante está lleno todos los fines de semana, lista de espera de dos meses.

Tobías silbó por lo bajo.

—Vino al Camino en un momento muy malo. Deudas, problemas, a punto de tirarlo todo.

—Camilo giró el vaso despacio entre los dedos—.

Le di una estampita, le dije lo que le digo a todos.

Que tuviese fe, que la santa escucha. —Hizo una pausa—.

Es lo que necesitaba ese chico. Solo necesitaba creer que podía.

Ramón miraba el café sin tocarlo.

—¿Y sabe él que usted lo vio en las noticias?

—No. —Camilo negó con la cabeza—. No tengo manera de contactar con él. Pero no hace falta. —Miró la mesa—. Ya lo sabe él.

Hubo un silencio corto, de los buenos, de los que no incomodan.

Fue Tobías quien lo rompió.

—Oye, padre Camilo, ¿y usted qué le pidió a la santa? —dijo con una sonrisa—. En algún momento tuvo que pedir algo.

Camilo lo miró, divertido.

—Eso no se cuenta.

Tobías se rio. Ramón casi sonrió.

—Bueno. —Camilo sacó un papel doblado del bolsillo de la chaqueta y lo desplegó encima de la mesa—. Tenía otra cosa que comentaros. Me llegó esto la semana pasada y he estado pensando en vosotros dos.

Era un cartel. El Rally de Galicia de Coches Clásicos.

—¿Un rally? —dijo Tobías inclinándose sobre la mesa.

—Coches clásicos. —Camilo señaló a Ramón—. Este hombre tiene el mejor taller de la zona y tú llevas tres años manejando esos coches mejor que nadie. —Una pausa—. Y yo no entiendo nada de mecánica, pero me parece que si hay alguien que puede presentarse sois vosotros dos.

Tobías se giró hacia Ramón.

Ramón tenía la taza a medio camino entre la mesa y la boca. Miró el cartel desplegado, la fecha, las categorías, el recorrido.

—El Dos Caballos necesitaría trabajo —dijo despacio.

—Pues le damos trabajo —dijo Tobías.

Ramón los miró a los dos. Camilo con esa expresión tranquila de siempre, Tobías con la energía de quien ya ha decidido antes de que nadie haya dicho que sí.

Pensó en los cuarenta años en ese taller. En los coches que habían pasado por sus manos y que siempre eran de otros. En Tobías al volante de un coche que él habría puesto a punto, con el número pegado en la puerta.

—Es dentro de seis meses —dijo Camilo mirando el cartel—. Tenéis tiempo de sobra.

Ramón dejó la taza en el plato.

—Que sea el Dos Caballos —dijo.

Tobías golpeó la mesa con la palma, satisfecho. Camilo dobló el cartel con cuidado y lo guardó en el bolsillo.

Mientras Tobías seguía hablando de etapas y tiempos, Ramón miró un momento la ventana. En el reflejo del cristal se veía la calle, los coches aparcados, el cielo gris de enero.

Por primera vez en muchos años, pensó que quizás la santa también le escuchaba a él.