50.
Hace dos años.
Ramón entró a la iglesia de Carracedo un domingo de febrero, y se sentó en el último banco, igual que la primera vez.
Pero esta vez no esperó a que Camilo se sentase a su lado.
Cuando la misa acabó y los feligreses salieron, se acercó él solo a la sacristía y llamó con los nudillos en el marco de la puerta.
—¿Tiene un momento?
Camilo lo miró.
—Todo el que necesite.
Se sentaron en los bancos del lateral, donde la luz entraba más baja y el frío se notaba menos. Ramón tuvo las manos juntas entre las rodillas un rato antes de hablar.
—Llevo pensando mucho estos meses. —Hizo una pausa—. En Tobías. En el chico portugués. En lo que me va contando usted. —Otra pausa—. Yo llevo aquí toda la vida. He trabajado, he perdido cosas, he seguido. Y nunca he pedido nada a nadie.
Camilo esperó.
—¿Por qué a ellos sí y a mí no? —Lo dijo sin rabia, casi con curiosidad. Pero la pregunta tenía un filo por debajo.
Camilo lo miró un momento.
—Usted nunca ha pedido nada, Ramón. Esa es la diferencia.
—¿Y si pidiese?
—Depende de lo que pida.
Ramón miró el altar. La figura de santa Mariña con la espada, la expresión serena de quien ya ha pasado por lo peor y lo sabe.
—Tobías tiene una vida nueva. El chico portugués tiene su conservatorio. —Una pausa—. Yo llevo aquí cuarenta años y sigo en ese taller.
—La santa no da lo que uno quiere —dijo Camilo con suavidad—. Da lo que uno necesita.
—¿Y cómo sabe uno la diferencia?
Camilo no respondió de inmediato. Miró a Ramón, el perfil duro, la mandíbula apretada, las manos que no sabían estar quietas.
—Eso —dijo al fin —es exactamente lo que hay que descubrir.
Ramón asintió despacio. No parecía convencido, pero tampoco daba la impresión de querer irse.
Esa tarde, de vuelta en el taller, sacó una estampita de santa Mariña del cajón donde la había guardado el día que Camilo se la dio y la pegó en el espejo de la sala que usaban para cambiarse la ropa de trabajo.