Donde acaba el camino 49.
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49.

Hace tres años.

Tobías llegó al taller un jueves por la mañana mucho más contento de lo habitual, con una mochila grande a la espalda, y unas botas de caminar colgadas de ella.

—Esta tarde salgo. Voy a pasar por Carracedo —dijo mientras se ponía el mono de trabajo—. ¿Quiere que salude al padre Camilo de su parte?

Ramón estaba cerrando la caja de herramientas. Lo miró de reojo y asintió.

—¿Sabe? —Tobías se sentó en el banco—. No sé cómo explicarlo, pero cuando estoy en el Camino es como si todo lo demás dejase de pesar. El taller, el piso, las facturas. —Se encogió de hombros—. Todo se queda aquí y yo me voy tres días.

—Pero luego todo vuelve, ¿no?

—Sí. —Tobías sonrió—. Pero habiendo soltado algo.

Ramón cerró la caja con más fuerza de la necesaria.

—¿Y le das las gracias a la santa?

—Siempre. —Lo dijo sin dudar, con la naturalidad de quien lleva años diciéndolo—. Sin ella no estaría aquí. Sin ella no tendría nada de esto.

Ramón asintió. Miró el taller: el coche subido en el elevador a medio terminar, las herramientas ordenadas, la luz del flexo sobre el banco de trabajo.

—Sin ella —repitió en voz baja.

Tobías no lo oyó. Ya estaba mirando el teléfono.