48.
Hace cuatro años.
Ramón había pasado a recogerlo después de misa, algo que había empezado a hacer sin que ninguno de los dos lo propusiese, y habían acabado tomando un café antes de que Ramón volviese al taller.
—Ha pasado un peregrino por Carracedo —dijo Camilo con las manos alrededor de la taza—.
Un chico danés. Joven, veintiséis años. Le di una estampita hace seis meses en su primer Camino.
Me dijo que quería cambiar de vida, quedarse en España, trabajar con coches.
—Hizo una pausa—. Ha vuelto. Dice que se queda.
Ramón lo miró.
—¿Tiene trabajo?
—Todavía no.
—¿Sabe lo que hace con las manos?
—Me ha dicho que es mecánico en Dinamarca. No de coches clásicos como tú, pero que se amolda a lo que haga falta.
Ramón dejó la taza en el platillo. Miró la barra un momento.
—Que venga al taller la semana que viene. Si es bueno, se queda.
Camilo asintió, satisfecho.
—La santa escucha, Ramón.
Ramón no contestó. Miró por la ventana del bar hacia la calle, donde el Dos Caballos estaba aparcado en la acera de enfrente. Luego cogió la taza y terminó el café.
Tres semanas después.
Tobías llegó al taller un lunes por la mañana con una bolsa de lona y el castellano aprendido a medias. Ramón lo puso a trabajar esa misma semana.
Era bueno. Mejor de lo que Ramón esperaba. Aprendía sin que hubiera que decirle las cosas dos veces, y con los coches clásicos tenía una paciencia y una intuición que Ramón tardó poco en reconocer porque era la misma que tenía él a esa edad.
Un viernes por la tarde, cuando ya llevaba un mes, Camilo apareció en la puerta del taller con el pretexto del coche. Tobías levantó la vista desde debajo de un Alfa Romeo y lo reconoció al momento. Se incorporó con las manos manchadas de grasa y una sonrisa que no había que traducir.
—Padre Camilo.
—Tobías. —Camilo le puso una mano en el hombro—. ¿Qué tal te está tratando?
Tobías miró a Ramón.
—Bien —dijo—. Muy bien.
Ramón los observó un momento, y luego volvió al motor sin decir nada. Esa tarde, cuando Tobías ya se había ido, se quedó solo en el taller más tiempo del necesario, ordenando herramientas que ya estaban ordenadas.
Había sido él. La santa había escuchado, sí, pero había sido él quien había dicho que viniera.
Tobías no lo sabía. Tobías le daba las gracias a la santa cada vez que volvía del Camino, y a Camilo cuando lo veía. A Ramón le daba las gracias por el trabajo, como se las daría a cualquier jefe.
Durante un tiempo eso le bastó.