47.
Hace cinco años.
Fue Ramón quien llamó a la puerta de la iglesia de Carracedo un domingo de noviembre. Camilo lo vio llegar desde la sacristía y no dijo nada para no ahuyentarlo. Le dejó sentarse en el último banco, solo, con el abrigo puesto y las manos en los bolsillos.
Después de la misa, cuando los cuatro feligreses de siempre se habían marchado, Ramón seguía sentado. Camilo se acercó despacio y se sentó a su lado sin preguntarle nada.
Estuvieron un rato en silencio.
—Mi mujer se fue hace tres años —dijo Ramón al final—. Era muy buena persona.
—Lo sé —dijo Camilo—. Me lo contó Anxo.
Camilo le puso la mano en el hombro y Ramón miró el altar.
—¿Y esto sirve de algo? —dijo.
—Depende de lo que espere.
—No espero nada. Por eso pregunto.
Camilo dejó pasar un momento.
—Entonces puede que sí sirva.
Ramón no volvió el domingo siguiente. Pero sí el otro.