Donde acaba el camino 46.
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46.

Hace seis años.

El Dos Caballos volvió al taller tres veces más ese año.

La bomba de freno, el carburador y un ruido que al final resultó no ser nada.

En cada visita, Camilo se quedaba un rato después de recoger el coche, apoyado en el banco de trabajo sin molestar, y Ramón fue acostumbrándose a esa presencia sin darse cuenta de cuándo había empezado a no molestarle.

—¿Y usted cree de verdad en los milagros? —dijo Ramón un día sin levantar la vista del carburador.

—Creo en lo que he visto.

—¿Y qué ha visto?

Camilo pensó un momento.

—Lo último ha sido un chico portugués. Llevaba años intentando entrar en el Conservatorio Nacional de Lisboa y no lo conseguía. Vino al Camino hace dos meses y pasó por Carracedo. Le di una estampita de santa Mariña. —Hizo una pausa—. Me escribió la semana pasada para decirme que le han cogido.

Ramón dejó la llave un momento. Miró a Camilo de reojo.

—¿Y si hubiese entrado de todas formas? Sin la estampita, digo.

—Puede ser. —Camilo se encogió de hombros—. Pero él cree que fue la santa. Y a mí me ha tocado verlo. —Una pausa—. Eso para mí ya es suficiente.

Ramón no dijo nada. Volvió al carburador. Pero esa tarde tardó más de lo habitual en terminar, como si necesitase tener las manos ocupadas mientras pensaba en otra cosa.