45.
Hace siete años.
Camilo aparcó su Citroën Dos Caballos en la puerta del taller con el motor todavía temblando. Bajó despacio, como quien no quiere enfadar más a la máquina, y asomó la cabeza por la persiana a medio subir.
—¿Es usted Ramón?
—El mismo.
—Me manda Anxo, que me ayuda en la parroquia de Portas. Dice que si alguien puede con este coche es usted.
Ramón salió de debajo de un Simca 1000 y se incorporó limpiándose las manos. Miró el coche aparcado en la puerta. Se le cambió la cara.
—¿De qué año es?
—Del setenta y dos.
—¿Y lo tiene en marcha todavía?
—A temporadas —dijo Camilo—. Es usted mi última esperanza, no sé qué le pasa. De vez en cuando no arranca y hay que empujarlo.
Ramón ya estaba agachado junto al motor antes de que Camilo terminase la frase.
—Ya no se ven coches como estos. —Lo dijo para sí mismo, casi—. Qué maravilla.
Estuvo cinco minutos sin decir nada más. Luego se incorporó.
—Son las escobillas del motor de arranque. Se las cambio hoy mismo. —Se limpió las manos en el trapo—. Y le enseño el truco para cuando vuelva a pasar mientras tanto, que va a pasar.
—Usted dirá.
—Tres segundos con la llave girada antes de darle. Si no responde, suelta, cuenta hasta cinco, y lo intenta otra vez. Nada más.
—¿Y si tampoco?
—Me llama a mí.
Camilo asintió. Luego miró alrededor del taller.
—¿No le he visto nunca por Carracedo, verdad?
—No soy mucho de misa.
—Yo soy el párroco nuevo. Llevo dos años. —Lo dijo sin insistencia—. Por si algún domingo se anima.
Ramón resopló. No era un no, pero tampoco era un sí. Era el sonido de alguien que lleva mucho tiempo sin planteárselo.