44.
La ambulancia de Protección Civil llegó a Xagobe en cuatro minutos.
Estaban avisados, y estaban esperando fuera del pueblo, un poco más abajo.
Leo los esperó en la puerta de la parcela con los brazos cruzados y la vista fija en el camino, escuchando dentro la voz de Andrea hablando con su madre en voz baja.
Cuando el técnico bajó del vehículo Leo le cortó el paso un momento.
—Es mi madre. Está consciente, sin heridas visibles. La han tenido atada varias horas y le han dado algo en la bebida. Necesito que la lleven al hospital y que no se quede sola en ningún momento. ¿Entendido?
El técnico asintió sin rechistar.
Leo entró a buscar a su madre. Mari Carmen estaba sentada en el suelo con la espalda en la columna, con la manta que había sacado Andrea de la furgoneta encima de los hombros. Cuando vio entrar a Leo levantó la vista.
—Tienes que irte —dijo ella antes de que hablase.
—Te voy a dejar con ellos, mamá. Van a llevarte al hospital.
—Estoy bien, Leo.
—Lo sé. Pero vas igualmente.
Ella lo miró un momento. Luego asintió.
—Encuéntralo —dijo.
Leo le apretó la mano una vez y se levantó.
Salieron de Xagobe cuando la ambulancia todavía estaba en el camino. Leo condujo deprisa, con las luces largas puestas y la carretera completamente desierta.
Andrea tenía el teléfono en la mano.
—Lucas dice que tiene una patrulla moviéndose hacia Caldas. Que vayamos nosotros primero a Portas y ellos cubren Carracedo.
—Dile que esperen en el pueblo. Que no entren hasta que lleguemos nosotros.
Andrea escribió el mensaje. El silencio duró un momento.
—Leo.
—Dime.
—Camilo sabía que tu padre había hecho el Camino. Sabía que le había dado la estampita. —Hizo una pausa—. Eso significa que tenía fichado a tu padre desde antes de que os trasladaseis aquí.
Leo miraba la carretera.
—O no. Mi padre ha estado estos días por la zona moviéndose con mi madre.
Andrea lo miró.
—¿Cómo sabe él que tu padre no cree?
—Joder… El otro día, con mi hermano en el bar. Seguro que estaba ahí cuando le contó a mi hermano lo del deseo del Camino. —Leo hizo una pausa—. Seguro que comentaron algo sobre la creencia o lo que fuese.
Andrea miró por la ventana oscura.
—Y si no creen…
—Si no creen, los mata. —Leo redujo al llegar a una curva—. Tobías pidió mudarse a España. Le quitó el pie, que es lo que usaba para sus carreras de coches. Nuno quería entrar en el Conservatorio como tenor. La campanilla. Carlos quería ganarse la vida cocinando. La mano.
—¿Y tu padre?
—Mi padre pidió que yo fuese policía.
Ninguno de los dos dijo nada más durante un momento.
—Tenemos que llegar antes —dijo Andrea en voz baja.
La iglesia de Portas estaba exactamente igual que esa misma tarde. La puerta cerrada, la explanada vacía, sin ninguna luz. Leo bajó de la furgoneta con la linterna y probó la puerta. Cerrada con llave. Dio una vuelta rápida al perímetro. Nada.
Volvió a la furgoneta.
—No hay nadie. Ni coche ni nada. Llama a Lucas y dile que manden a alguien para comprobarlo con calma, pero nosotros nos vamos a Arcos da Condesa.
Sin tráfico y con Leo pisando más de lo debido, la distancia entre Portas y Arcos da Condesa era de doce minutos.
—El Camilo del que nos habló Paco pudo dejar los hábitos después del treinta y seis —dijo Andrea, con el cuaderno abierto en las rodillas aunque no escribía nada—. Imaginemos que tuvo un hijo.
—Un hijo que no eligió. —Leo seguía con los ojos fijos en la carretera—. Imaginemos que hizo el Camino, y pidió una familia. Pero no fue una familia normal. Un cura que deja los hábitos, un hijo ilegítimo en la posguerra. Ese crío creció con todo eso encima.
—¿Y ese crío es el padre de Camilo?
—Sí. Un hombre que probablemente odió a su padre, que odió la iglesia, que odió todo lo que representaba. —Leo miró la carretera—. Y Camilo crece con ese padre. Sin referencia, sin modelo, con un hombre lleno de rabia.
Andrea cerró el cuaderno.
—Hasta que sabe de su abuelo.
—Una carta, un diario, unos papeles, algo que le contaba quién era realmente su abuelo.
No el hombre que abandonó a su familia, sino el párroco que ayudaba a los peregrinos, que repartía estampitas, que creía de verdad.
—Leo redujo al entrar al pueblo—. Para Camilo eso fue como encontrar al padre que nunca tuvo. Pero a través del abuelo.
—Y decidió continuar su labor.
—Al principio sí. Probablemente al principio era justo eso: ayudar a los peregrinos, darles las estampitas, hablarles de la santa.
Como hacía el abuelo. —Leo aparcó a oscuras frente a la iglesia—.
Y en algún momento volvió a cruzarse con alguien a quien le había dado una estampita, vio que el deseo se había cumplido, y que esa persona seguía sin creer. Y algo se rompió.
Andrea miraba la fachada oscura de la iglesia de Arcos da Condesa.
—¿Cuándo crees que empezó a matar?
—No lo sé.
Leo apagó el motor y bajaron de la furgoneta.
La puerta de la iglesia de Arcos da Condesa estaba encajada pero no cerrada. Leo la empujó despacio con el hombro.
La nave estaba a oscuras. Las linternas barrieron los bancos, el altar, el portavelas.
Entonces Andrea lo vio.
En el lateral derecho, entre los bancos y la pared, había un hombre sentado en el suelo con la espalda contra la piedra. Las manos atadas a la espalda, un trapo anudado en la boca. La cabeza gacha.
Leo se acercó con la mano ya en la pistola. Iluminó la cara con la linterna.
Era Camilo.
Los dos se quedaron parados un momento.
Leo miró a Andrea. Ella lo miraba a él.
Camilo levantó la cabeza despacio, entornando los ojos contra la luz. Tenía un corte pequeño en la frente y el alzacuellos torcido. Cuando vio a Leo algo cruzó su cara, algo que podría haber sido alivio o podría haber sido otra cosa.
—Andrea —dijo sin apartar los ojos de Camilo.
Andrea se acercó y le quitó el trapo. Camilo tosió una vez, respiró hondo y cerró los ojos un momento.
—Inspectores —dijo con la voz ronca.
—No se mueva —dijo Leo, apuntándole con la pistola.
Camilo asintió despacio. Leo se agachó, lo miró de cerca, le revisó las manos atadas, el corte en la frente, la posición del cuerpo. Luego se enderezó y miró a Andrea.
Ella cortó las bridas.
Camilo se frotó las muñecas despacio. Intentó levantarse y Leo le puso una mano en el hombro, no para ayudarle sino para retenerle.
—Quédese donde está. —Leo se puso en cuclillas delante de él—. ¿Qué ha pasado?
Camilo miró el suelo un momento antes de hablar.
—Lo último que recuerdo es que fui a Carracedo a preparar la misa de las siete. Entré por la puerta de la sacristía, como siempre. —Hizo una pausa—. Alguien me esperaba dentro. No vi nada, fue por detrás. Me golpearon en la cabeza y no recuerdo nada más hasta que me desperté aquí.
—¿A qué hora llegó a Carracedo?
—Sobre las seis y cuarto. La misa era a las siete.
—¿Vio a alguien antes de entrar? ¿Algún coche, alguien en la explanada?
—No. No había nadie.
Leo lo estudió un momento. La expresión de Camilo era la misma de siempre: tranquila, contenida, imposible de leer del todo.
—Cuando fuimos a Carracedo esta tarde a buscarlo, no estaba su coche aparcado. La otra vez que estuvimos sí lo vimos. ¿Vino andando?
—No. —Camilo frunció el ceño levemente—. Lo aparqué donde siempre, delante de la sacristía. Venía de aquí —dijo señalando el suelo—, había estado barriendo las hojas del cementerio por la tarde, y salí para Carracedo a las seis para llegar a tiempo.
—No había ningún coche —repitió Leo.
Camilo lo miró.
—Eso es imposible.
Un silencio breve.
—El coche tiene un problema en el motor de arranque. Es un poco complicado de arrancar si no sabes cómo.
Leo no dijo nada.
—Aparte de mí, solo Ramón sabe cómo arrancarlo —añadió Camilo—. Lo llevo a su taller desde hace años.