43.
Leo llamó a Lucas mientras llegaban a la furgoneta que habían dejado en el aparcamiento del puerto.
—Lucas, no consigo contactar con mis padres. Salieron esta mañana para Xagobe, a la obra de mi casa. Pero no cogen el teléfono ninguno de los dos.
—¿Cuánto tiempo llevan sin dar señales?
—Mi hermano dice que el último mensaje fue después de comer. Así que como ocho horas más o menos.
—Sabes que eso es poco tiempo, Leo. ¿Normalmente cogen el teléfono?
—Mi madre siempre coge el teléfono, Lucas.
Un silencio breve.
—Vente a la comisaría. Montamos el operativo desde aquí. —Una pausa—. ¿Tienes motivos reales para pensar que están en peligro?
—He llamado a mi padre porque he descubierto que hizo el Camino hace treinta años y se cruzó con un cura que le dio una estampita de santa Mariña, como la que hemos visto estos días mientras investigábamos las muertes —Leo abrió la puerta a la calle—.
Y hoy hemos ido a ver a Camilo y no le hemos encontrado, no ha ido a dar misa esta tarde.
Lucas no respondió durante un momento.
—Nos vemos en veinte minutos en la comisaría. Llama a tu equipo.
Colgó. Leo marcó a Andrea sin parar de caminar.
—Andrea, necesito que vengas a la comisaría ahora. Y avisa a Nerea y a Gonzalo.
—¿Qué ha pasado?
—Mis padres no cogen el teléfono. Salieron para Xagobe pero no sabemos nada de ellos.
—Voy para allá.
Javier lo esperaba en la puerta con las llaves de la furgoneta en la mano.
—No vienes —dijo Leo.
—Claro que sí.
—No. —Leo le puso la mano en el hombro—. Quédate en casa. Si llaman, me avisas de inmediato.
—Leo…
—Javi. —Lo miró—. Quédate.
Javier apretó las llaves en la mano y asintió despacio.
—Cualquier cosa, me llamas tú también.
Se dieron un abrazo. Javier se montó en la furgoneta para volver a casa, y Leo fue andando a la comisaría, que estaba a menos de cinco minutos del puerto.
Lucas llegó antes que nadie a la comisaría, con una expresión de seriedad que Leo no le había visto antes. Llevaba el abrigo encima de un chándal que realmente le pegaba con su forma de ser, pero que Leo nunca le había visto puesto.
—Cuéntame todo —dijo nada más entrar.
Leo le contó lo del recepcionista del golf, la coincidencia de los nombres y la estampita, y lo que le había dicho Javier en el puerto hacía un momento. Lucas escuchaba sin interrumpir, con los brazos cruzados y la vista fija en la mesa.
Andrea llegó cinco minutos después, con el pelo sin recoger y la cazadora a medio abrochar. Gonzalo y Nerea aparecieron juntos dos minutos más tarde.
—Bien. —Lucas se puso de pie—. Andrea y Leo, id a Xagobe. Nerea, Gonzalo, vosotros quedaos aquí de central, teléfono encendido. —Miró a Leo—. ¿Tenéis luz en la obra ya?
—No. Llevaremos linternas.
—Llevad también los chalecos. —Los miró a los dos—. No sabemos qué hay ahí.
Salieron los dos juntos al aparcamiento.
Ninguno de los dos habló durante el trayecto. La carretera hacia Xagobe estaba totalmente oscura a esa hora, solo los faros abriendo el camino entre los eucaliptos. Leo conocía cada curva. Las hizo deprisa pero sin error.
Cuando giró por el desvío de Xagobe apagó los faros y redujo la velocidad.
Aparcaron cien metros antes de la parcela. Bajaron muy despacio.
La noche estaba tranquila. No había viento. Desde la carretera la obra se veía oscura, sin ninguna luz dentro ni fuera. Leo encendió la linterna apuntando al suelo y avanzó primero, con Andrea a su izquierda.
La puerta de la planta baja estaba entornada.
Leo se paró. Miró a Andrea. Ella asintió.
Empujó despacio.
El interior olía a obra, a cemento y a madera húmeda. Las linternas barrieron la planta baja: las herramientas apoyadas en la pared, los sacos de material apilados en el rincón, el suelo nuevo que había estado instalando con su padre la mañana anterior.
Entonces Leo oyó algo.
Un sonido pequeño, ahogado, que venía del fondo.
Fue hacia allí. En el rincón más alejado de la puerta, atada a una de las columnas de carga con bridas de plástico en las muñecas y un trapo anudado en la boca estaba su madre.
Leo llegó a su lado en tres zancadas. Le quitó el trapo con cuidado. Mari Carmen lo miró con los ojos muy abiertos, respirando fuerte, y durante un momento no dijo nada.
—Mamá. Mamá, ya estoy aquí. —Leo le cogió la cara con las dos manos—. ¿Estás bien? ¿Te han hecho algo?
Ella negó con la cabeza. Tenía las mejillas mojadas y el pelo pegado a la frente.
—Papá —dijo con la voz ronca—. Leo, se lo han llevado.
Andrea ya estaba cortando las bridas.
—¿Quién era, mamá? ¿Le viste la cara?
—Un hombre. —Mari Carmen intentó incorporarse, Leo la ayudó—.
En el bar del pueblo mientras cenábamos.
Se sentó con nosotros, saludó a tu padre efusivamente, parecía que le conocía.
—Cerró los ojos un momento—. Nos invitó a un vino.
Yo apenas tomé un sorbo y tu padre bebió casi todo.
Y luego… luego ya no recuerdo nada hasta que me desperté aquí.
Leo la miraba.
—¿Cómo era?
—Mayor. Delgado. Pelo oscuro con canas. —Hizo una pausa—. Hablaba muy tranquilo. Con acento de aquí. —No terminó la frase.
Leo se puso de pie. Miró a Andrea.
—Nos vamos a la iglesia de Portas primero.