42.
Fue Andrea quien habló primero.
—El párroco que conoció la madre de Paco se llamaba Camilo.
—Sí.
—Y el párroco de Carracedo también se llama Camilo.
—Sí.
Otro silencio. Leo adelantó a un camión y volvió al carril derecho.
—No tiene por qué ser el mismo —dijo Andrea.
—No.
—Pero podría ser el nieto. Si el párroco de Revilla dejó los hábitos después del treinta y seis, se fue a Galicia, tuvo familia… —Andrea abrió el cuaderno—. El párroco de Carracedo tiene unos cincuenta años. Las generaciones cuadran.
—El abuelo Camilo en los años treinta tendría veinte y tantos. El padre nacería en los cuarenta. Camilo, el párroco que conocemos, en los setenta. —Leo tamborileo los dedos en el volante—. Cuadra.
Andrea escribió algo en el cuaderno y lo cerró.
Ninguno de los dos dijo nada durante un rato. La costa cantábrica fue dando paso a las primeras curvas del interior asturiano.
—¿Qué hacemos con esto? —dijo Andrea al cabo de un rato.
—Hablar con él. —Leo miró la carretera—. Pero sin ir con todo por delante. Si es él, sabe que andamos cerca, ya hablamos con él esta semana.
—Pero el nombre puede ser coincidencia, Leo.
—Puede, pero la estampita no. —Se señaló el bolsillo donde se había guardado la de Paco—. Es prácticamente igual, Andrea.
Leo no añadió nada más. Condujo durante un rato sin hablar, con el GPS marcando cuatro horas y veinte hasta Vilagarcía.
—Vamos a buscarlo —dijo al fin.
—¿Hoy?
—Sí, hoy. Primero a Arcos da Condesa y luego a Carracedo si hace falta. Y si no está, mañana a primera hora antes de que llegue la UDEV volvemos.
Andrea asintió y actualizó el nuevo destino en el GPS.
San Martín, la parroquia donde estaba la iglesia de Santa Mariña de Arcos da Condesa, estaba tranquila a media tarde. La iglesia tenía las puertas cerradas y la rectoría contigua estaba en silencio. Leo llamó tres veces al timbre. Nadie abrió.
Un vecino que pasaba por la calle con un perro les dijo que el cura no estaba los domingos por la tarde, que la misa a las siete la daba en Carracedo.
Cuando llegaron a Carracedo vieron que había un tumulto de gente en frente de la iglesia. Había varios corrillos murmurando. Cuando se acercaron Leo y Andrea se presentaron.
—No ha aparecido Camilo hoy, y ya es raro, no falta ni un domingo a la misa de siete, chove que chove —comentó una señora con el pelo cardado y un monedero debajo de la axila.
—¿Vamos a Portas? —le preguntó Leo a Andrea, girándose hacia ella.
—Ni se molesten, allí hace bastante tiempo que no se da misa. Sólo cuando hay un entierro o algo así —saltó la misma señora de antes.
Andrea, que se había girado para mirar a la señora, se volvió a Leo.
—Bueno, nos coge de camino, pasamos que no perdemos nada.
Leo miró la fachada un momento. La torre barroca, la flecha amarilla del Camino en el muro exterior. Luego sacó el móvil y llamó a Lucas.
—Lucas, necesito localizar a Camilo Vázquez, párroco de Carracedo, Arcos da Condesa y Portas. Quiero saber dónde está esta noche.
—¿Tienes algo?
—Puede que sí. Mañana te cuento. Antes de que llegue la UDEV necesito hablar con él.
—Veré qué puedo hacer. —Una pausa—. Leo, que sea lo primero de mañana, ¿de acuerdo? Y después os venís para aquí cagando leches y ponéis al día al equipo nuevo, que no quiero a Gutiérrez enfadado.
—Por supuesto.
Colgó. Miró a Andrea.
—Nos vamos.
Llegaron a casa de Andrea pasadas las siete. En Portas no habían encontrado a nadie, ni Anxo, que les había recibido esa misma semana. La iglesia estaba cerrada y sin luz luz. Al día siguiente lo intentarían de nuevo.
Andrea se bajó con la bolsa, se giró antes de cerrar la puerta.
—Leo. —Lo miró un momento—. Descansa.
—Sí, igualmente, Andrea.
Leo esperó a que entrase y arrancó.
En casa de Javier olía a comida recalentada. Su hermano estaba en el sofá con el portátil en las rodillas y una cerveza en la mano que debía llevar un rato abierta.
—¿Papá y mamá? —dijo Leo dejando las llaves en la mesa.
—En Xagobe. Salieron esta mañana y dijeron que pasaban el día en la obra. —Javier cerró el portátil—. Mamá me mandó un mensaje después de comer para decirme que pasaban la tarde allí, cenaban en el bar del pueblo y volvían en taxi.
—¿En taxi?
—Ya los conoces, entre que no nos querrán molestar y que papá estará encantado en la obra y mamá con el jardín…
Leo se dejó caer en el sillón. Se quedó así un momento mirando el techo.
—¿Comiste algo? —dijo Javier.
—En una gasolinera de vuelta de Santander. —contestó Leo llevándose las manos a la cara.
—Ah, ¿que estuviste de viaje? ¿Y qué me has traído de recuerdo? Me dijeron que la miel de manuka es muy famosa en Santander.
—¿Qué es la miel de manuka? —le respondió Leo, mirándolo extrañado.
—Ay, hermano, cuánta calle te falta.
Javier se empezó a reír en voz alta mientras se levantaba. Abrió la nevera y sacó dos táperes de albóndigas que habían traído sus padres.
Cenaron en la mesa de la cocina las albóndigas recalentadas y pan del día anterior.
Javier no le preguntó por el caso. Le habló de la obra, de que su padre había estado lijando los marcos de las ventanas toda la mañana con una dedicación que daba un poco de miedo, y de que su madre había organizado el jardín y había plantado no sé cuántas flores.
Recogieron juntos los platos, Leo se acercó al frutero a por una manzana.
—¿Salimos, no? —preguntó Javier.
—Claro, llevo pensándolo desde ayer.
—Hace buena noche. —Javier señaló hacia la ventana, donde la ría estaba quieta y oscura—. Ahora es cuando mejor entran los calamares y las sepias.
Leo miró la manzana que tenía en su mano.
—Dame diez minutos para cambiarme.
Salieron de casa con las cañas, el cubo y una linterna de cabeza cada uno. La noche estaba fría pero sin viento, con el agua de la ría completamente plana y el reflejo de las luces del pueblo rompiéndose en ella en líneas largas.
Javier preparó los aparejos sin hablar, con la eficiencia de quien lo ha hecho cientos de veces. Leo lo observaba hacer, con los pies colgando sobre el agua, desde el muro del puerto.
Estuvieron un rato en silencio, solo el ruido del agua contra el rompeolas y el clic ocasional de los carretes.
Pasado un rato, Javier tiró del sedal despacio y levantó un calamar pequeño que brilló bajo la linterna antes de caer en el cubo.
Javier lo miró un momento. Luego volvió a mirar el sedal sin decir nada, con una media sonrisa que no llegó a ser del todo sonrisa.
El móvil de Leo vibró en el bolsillo.
—Dime, Lucas.
—Nada, Leo. No hay manera de dar con el cura. El móvil apagado, la rectoría sin respuesta. —Una pausa—. Mañana a primera hora vas con Andrea en persona, antes de que llegue la UDEV.
—Vale, mañana hablamos. Gracias, Lucas.
Leo se guardó el móvil en el bolsillo. Su hermano estaba sacando otro calamar.
—Ya podía haber pedido otra cosa —dijo Javier, volviendo a tirar la caña al mar.
—¿Cómo?
—Papá, digo. El otro día en el bar de Xagobe, mientras esperábamos, papá me estuvo contando lo del Camino.
—¿Qué te contó? —preguntó Leo impaciente.
—Que se cruzaron con un cura en un pueblo que les habló mucho de una santa.
Les dio una estampita y les dijo que si llegaban a Santiago con ella se les cumpliría lo que pidiesen.
—Javier tiró despacio del sedal—. Papá siempre había querido ser policía, y como él no pudo…
Pidió que su hijo lo fuese. —Javier se encogió de hombros—. Y mírate…
A Leo le cambió la cara. Dejó la caña en el suelo y se puso de pie, al lado de su hermano.
—¿Te dijo dónde se encontró a ese cura? ¿Sabes si tiene la estampita todavía?
—¿Qué te pasa, Leo? No me dijo nada más, pero tranquilo hermano, le llamamos ahora y que nos diga.
Leo volvió a sacar el móvil del bolsillo y marcó el número de su padre, con un poco de angustia en el estómago. Le saltó el contestador y lo probó con su madre, pero dio el mismo resultado.
—Javi, vámonos, hay que ir a Xagobe.
Su hermano ya estaba recogiendo las cañas. Leo se veía realmente angustiado.
—Sigue llamando a los dos, yo voy a llamar a la comisaría. Nos vamos a Xagobe ya mismo.