Donde acaba el camino 41.
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Leo condujo en silencio durante un rato. Andrea tenía el cuaderno abierto en las rodillas pero no escribía nada, miraba el paisaje pasar. Los Picos de Europa aparecían al fondo entre la niebla baja, blancos en las cimas.

—¿Sabes algo más de la ermita? —dijo Leo rompiendo el silencio.

Leo miró la carretera.

—¿Y luego la compraron para hacer un campo de golf?

—Sí, lo diseñó Severiano Ballesteros. Lo inauguraron en 2001. —Hizo una pausa—. Y el Camino del Norte y el Camino Lebaniego pasan por dentro del campo.

Leo no dijo nada durante un momento.

—¿Cómo que pasan los caminos por dentro del campo de golf?

—Eso pone en internet: que los dos caminos pasan entre los hoyos nueve y dieciocho.

El cartel de Golf Santa Marina apareció a la derecha de la carretera antes de entrar al pueblo. Leo puso el intermitente y tomó la salida.

La finca se abría entre prados verdes con los Picos al fondo y el mar asomando por el otro lado. Aparcaron cerca de la entrada y fueron a pie hacia donde el GPS señalaba la ermita.

La encontraron a un lado del camino, pequeña y oscura en contraste con el verde vivo del campo de golf.

Era una construcción muy modesta, planta rectangular y una espadaña en la fachada principal.

En la piedra había dos inscripciones y un blasón: un escudo con la leyenda grabada en la piedra, desgastada pero legible: Es ardid de caballeros, ceballos para vencellos .

Leo se paró delante y la miró un momento.

En el hueco de la espadaña, donde debería haber una campana, había lo que quedaba de un árbol: la base del tronco cortada a ras de piedra, con los bordes aún oscuros de humedad, y una mancha grisácea alrededor donde las raíces habían ido abriendo camino durante décadas.

—¿Qué era eso? —dijo Leo.

—Un pino. —Andrea lo miró—. Leí en internet que creció ahí dentro, en la espadaña. Dicen que una viuda plantó la semilla en lo alto del campanario cuando murió su marido, a finales del siglo XIX. Estuvo ahí más de cien años hasta que se secó. Lo quitaron hace poco en la restauración.

Leo miró el hueco. La piedra alrededor tenía una forma extraña, como si el árbol hubiese ido ensanchándola despacio desde dentro, sin prisa, ocupando el espacio que encontraba.

Probaron la puerta. Estaba cerrada. Dieron una vuelta alrededor, mirando las ventanas tapiadas y la hierba corta del campo hasta el borde mismo de los muros. No había nadie.

—Vamos adentro —dijo Leo señalando hacia el edificio que hacía las veces de recepción del campo de golf.

El edificio era una casona de piedra de estilo montañés, con tejado a dos aguas y una terraza que miraba al campo y al mar. Dentro olía a café y a madera. Había dos mesas ocupadas por un hombre y una mujer con ropa de golf que hablaban en voz baja.

Detrás del mostrador, un hombre de unos sesenta años, alto y de espalda ancha, con el pelo blanco bien peinado y una chaqueta de lana verde oscuro que llevaba con naturalidad. Cuando los vio entrar los miró con una expresión tranquila de quien lleva muchos años atendiendo a todo tipo de gente.

—Buenos días. —Su acento era cerrado, de la costa cantábrica—. ¿En qué les puedo ayudar?

—Buenos días. —Leo sacó la placa—. Inspector Flores, comisaría de Vilagarcía de Arousa. Mi compañera, subinspectora Fuentes. Quisiéramos hacerle unas preguntas sobre la ermita, si tiene un momento.

El hombre los miró un instante. Luego asintió despacio y apoyó las manos en el mostrador.

—Francisco Revuelta. —Les tendió la mano a los dos—. Pero pueden llamarme Paco. Llevo aquí desde que abrimos. ¿Qué quieren saber?

Leo dejó que Andrea sacase el cuaderno.

—La ermita. ¿Sigue habiendo actividad religiosa? ¿Misas, actos, visitas organizadas?

—La restauraron hace dos años, entre el club, el Gobierno de Cantabria y la Diócesis.

—Paco habló despacio, con el tono de quien ha contado eso muchas veces pero no le importa contarlo una más—.

Antes de eso llevaba décadas cerrada. La última misa fue en el treinta y seis, cuando empezó la guerra.

Desde entonces, nada. Los Ceballos, que eran los dueños, la dejaron al abandono.

Cuando se hizo el campo en 2001 el Obispado seguía siendo el propietario pero no había recursos para restaurarla.

—¿Y ahora? —dijo Andrea.

—Ahora está en pie. Limpia. Algún peregrino entra a rezar cuando pasan por aquí. —Paco señaló con la cabeza hacia el campo—. El Camino pasa justo por allí, entre los hoyos nueve y dieciocho. Los vemos pasar casi cada día cuando hace buen tiempo.

—¿Los peregrinos entran al edificio del club? —preguntó Leo.

—Algunos sí. A pedir agua, a sentarse un momento. —Paco se encogió de hombros—. No les vamos a decir que no.

Leo asintió.

—¿Y sabe algo más de la historia de la ermita?

—Algo sé, sí. Mis abuelos eran de aquí, de La Revilla, se casaron en esa misma ermita, en casa tengo unas fotos preciosas…

Me hace una ilusión tremenda cada mañana ver la ermita cuando vengo a trabajar…

—Apoyó los codos en el mostrador y miró a fuera, con los ojos vidriosos—.

Mi abuelo decía que la ermita se usaba mucho.

—Hizo una pausa para tragar saliva—. Por aquí han pasado siempre los peregrinos del Camino del Norte y la ermita hacía las veces de albergue.

Siempre me contaba que el párroco parecía que vivía para los peregrinos: les daba agua, algo de comer si tenía y les confesaba de todos sus pecados.

De mi abuela siempre guardo este recuerdo —Se echó la mano al bolsillo interno de la chaqueta y sacó su cartera—, es una estampita de santa Marina, mi abuela decía que siempre que la llevara se cumpliría lo que desease.

Leo y Andrea se miraron.

—¿Eso le contaba su abuela? —dijo Andrea.

Paco resopló por la nariz.

—Bueno, eso contaba, creencias de entonces, ya sabe. Como era la iglesia donde se casaron ellos, pues cómo no iban a creer en la santa, pobrucos.

Leo no dijo nada. Andrea escribía en el cuaderno sin levantar la vista.

—Mire —dijo Paco enderezándose—, tomen. —Abrió un cajón debajo del mostrador y sacó dos estampitas pequeñas, plastificadas—.

Las tenemos desde que abrimos. El director del club le tiene devoción a la santa, hizo el Camino hace treinta años y cuando llegó a Santiago pidió tener su propio campo de golf.

—Sonrió levemente—. Y dice que si llevamos veinticinco años abiertos es por la santa.

Que yo trabaje aquí hasta los domingos debe ser cosa de la santa también.

Leo cogió la estampita. La miró. Era la misma figura: una mujer joven con una palma en la mano y un dragón a los pies. Casi idéntica a la que habían encontrado en casa de Tobías.

Miró a Andrea. Andrea lo miraba a él.

—Pero tienen que creer, eh. —Paco levantó un dedo con una media sonrisa—. Decía mi abuela que como la santa se enterase de que tu deseo se había cumplido y no creías… —Hizo el gesto de pasarse el dedo por el cuello—. Lo contaba como broma, claro.

Ninguno de los dos respondió.

Paco los miró un momento, como notando algo en el silencio.

—¿Puedo preguntarles de qué va todo esto?

—Estamos investigando un caso vinculado al Camino de Santiago —dijo Leo guardando la estampita en el bolsillo del pantalón—. De momento es todo lo que puedo decirle. Si recuerda algo más sobre el párroco, o sobre alguien que haya preguntado por él recientemente, llámenos.

Le dejó la tarjeta encima del mostrador.

—Puedo preguntarle a mi madre a ver si recuerda algo más de Camilo y les llamo por si les es útil —dijo cogiendo la tarjeta que le había pasado Leo.

—¿Cómo Camilo?

—Sí, claro, el párroco que les decía. Se llamaba Camilo.