Donde acaba el camino 40.
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40.

Salió de Os Arcos a paso rápido. La furgoneta estaba al lado de la comisaría. El día anterior, después de la discusión con Gutiérrez, había ido a la playa y luego había vuelto andando a casa sin pasar a recogerla.

Mientras caminaba llamó a Andrea.

—Andrea.

—Dime, Leo. ¿Qué ha pasado?

—Ha aparecido un peregrino en Potes, Cantabria, en el Camino Lebaniego. Le falta una oreja. Me acaba de llamar Lucas.

—¿Cuándo salimos?

—Ahora. Paso a buscarte en diez minutos.

Andrea lo esperaba en la puerta de su edificio con una bolsa pequeña y el abrigo puesto. Subió, dejó la bolsa a sus pies y se abrochó el cinturón sin decir nada hasta que Leo se incorporó con la furgoneta a la nacional.

—¿Qué sabemos? —dijo ella.

—Lo que te he dicho. Un guardia civil que es amigo de Lucas y que trabaja allí vio nuestro caso en los periódicos. Cuando le dieron el aviso del cuerpo, relacionó los casos y lo llamó.

—¿Cuánto hay hasta Potes?

—Más de cinco horas.

Andrea miró la hora en su móvil.

—Llegaremos de noche.

—Sí. —Leo puso el intermitente y adelantó a un camión—. Así que cuéntame a ver qué te parece esto.

Andrea lo miró.

—¿Qué?

—Los pedidos. Mi hermano me ha soltado dos cosas antes de que llamase Lucas y no me ha dado tiempo a procesarlas del todo.

Andrea se giró en el asiento.

—Cuéntame.

Leo permaneció en silencio un momento antes de hablar.

—Dice que las incidencias en los pedidos nunca aparecen al principio de la ruta. El reparto siempre empieza limpio, pero en cuanto la ruta entra en un radio de quince kilómetros de Caldas de Reis, a partir de ahí los pedidos tienen problemas. Siempre.

—¿Siempre?

—Sí, siempre que ha habido incidencias ha sido así. —Leo tamborileo los dedos en el volante—. Y lo segundo: los pedidos con material sobrante, los que llegan con cosas que la clínica no había pedido, aparecen siempre al final de la ruta. Nunca antes.

Andrea estuvo callada un momento.

—O sea, que primero roba lo que necesita en la zona de Caldas. Y si al final de la ruta le sobra material que había alterado previamente, lo entrega igualmente porque ya no lo necesita.

—Exacto. Eso explicaría la caja de bisturís de la veterinaria. No la robó porque ya había conseguido lo que buscaba antes en la ruta.

—Entonces no es que opere desde Caldas, es que pasa por ahí. Vive en ese radio.

Leo asintió despacio.

Los dos se quedaron en silencio. La furgoneta tomó la autopista y el paisaje se abrió a ambos lados, verde y ancho bajo un cielo gris que empezaba a tornar a negro.

—¿Se lo decimos a Lucas? —dijo Andrea al cabo de un rato.

—Esta noche, cuando tengamos algo de Potes. No quiero llegar con media idea.

Andrea asintió. Sacó el cuaderno de la bolsa y anotó algo.

Justo cuando entraban en Asturias empezó a llover. Primero despacio, luego con más convicción, una lluvia constante y de gotas grandes.

Leo puso los limpiaparabrisas.

—¿Comiste algo? —preguntó Andrea sin levantar la vista del cuaderno.

—Casi nada, estábamos en Os Arcos con mis padres y mi hermano cuando me llamó Lucas.

—¿Paramos en la siguiente gasolinera?

—No hace falta.

—Leo.

Él no dijo nada.

—Tenemos tres horas más de carretera. Come algo.

Leo no contestó, pero cuando apareció el primer área de servicio puso el intermitente.

Volvieron a la carretera con dos bocadillos envueltos en papel de aluminio y dos cafés en los portavasos. La lluvia seguía. Andrea comió mirando por la ventana. Leo conducía y comía a la vez con la eficiencia de quien lleva años haciéndolo.

Pasaban veinte minutos de las cinco cuando los carteles empezaron a anunciar Gijón. Leo cogió el móvil y se lo pasó a Andrea.

—Llama a Lucas, por favor.

Cuando Lucas descolgó, Andrea puso el altavoz.

—Estamos llegando a Gijón, ¿tienes algo más de Potes?

—Os iba a llamar ahora mismo. —Una pausa breve—. El cuerpo no está en Potes. Lo trasladaron esta tarde al Instituto de Medicina Legal, en Santander. Mi compañero dice que llevan desde ayer con él.

—¿Desde ayer? —dijo Leo.

—El cuerpo llevaba días ahí, Leo. No es de hoy.

—Entendido. ¿Nos abren esta noche?

—Ya lo estoy gestionando. Para cuando lleguéis tendréis acceso. —Otra pausa—. Pero Leo, si lleva días, el estado no va a ser bueno.

—Lo sé.

—Llamadme cuando salgáis de allí.

Colgó. Fuera, Gijón aparecía y desaparecía entre la lluvia y los carteles de la autopista.

Ninguno de los dos dijo nada más. La A-8 siguió hacia el este entre la lluvia y la oscuridad que empezaba a caer sobre la costa.

El Instituto de Medicina Legal de Cantabria estaba en la avenida Pedro San Martín, muy cerca del hospital Marqués de Valdecilla. Llegaron pasadas las siete y veinte. La fachada estaba iluminada con la luz fría de los edificios que no cierran nunca.

Les abrió un técnico de guardia que los esperaba en la puerta con cara de sábado por la noche. Los llevó por un pasillo largo hasta la sala de reconocimiento sin decir gran cosa por el camino.

El forense de guardia era una mujer de unos cincuenta años, con el pelo recogido y una expresión profesional que no era fría sino concentrada. En la identificación de su bata ponía Dra. Insúa.

—Inspectores. —Les tendió la mano a los dos—. Su compañero me llamó hace un rato. Les digo ya que el cuerpo lleva entre cuatro y seis días, así que el estado de conservación no es bueno.

—Entendido —dijo Leo—. La oreja. ¿Qué puede decirme?

La doctora los llevó a la mesa. Leo y Andrea se pusieron los guantes.

El cuerpo era el de un hombre de unos cuarenta años, con ropa de peregrino en parte todavía puesta. Le faltaba casi toda la oreja derecha.

Leo se inclinó y miró la herida despacio. Luego miró a Andrea.

Los bordes no eran limpios. Eran irregulares, desgarrados, con marcas que no dejaban lugar a duda.

—Mordedura —dijo la forense antes de que preguntasen—. De animal, probablemente. Un jabalí, quizás, por el tamaño y la forma. El cuerpo llevaba días en el campo y hay jabalíes en toda esa zona de Liébana. No es inusual.

—¿Hay más marcas de animal? —preguntó Andrea.

—En las extremidades inferiores, sí. Consistente con carroñeo posterior a la muerte.

Leo se enderezó.

—Necesito que busque algo más. —Habló despacio—. Pinchazos. En el cuello principalmente, pero también en los brazos, en la zona de las venas. Cualquier marca que no sea del animal.

La doctora lo miró un momento.

—Haremos una revisión exhaustiva. Dennos una hora.

Leo y Andrea esperaron en el pasillo con los abrigos puestos, sentados en dos sillas de plástico junto a una máquina de café que zumbaba sola. Andrea sacó el cuaderno. Leo miraba el suelo.

Pasada la hora, la doctora salió.

—Nada. —Lo dijo sin rodeos—. He revisado el cuello, ambos brazos, las zonas femorales.

No hay marcas de punción que no sean anteriores y de origen médico, tiene un catéter de hace tiempo en el brazo izquierdo.

La causa de muerte preliminar es un fallo cardíaco, pero en el estado en que está el cuerpo necesitaré más tiempo para confirmarlo con precisión.

—Hizo una pausa—. Lo que sí puedo decirles es que no hay nada que indique intervención externa de ese tipo.

Leo asintió.

—¿La causa del fallo cardíaco?

—Podría ser cualquier cosa a esta edad y en estas condiciones. Habrá que esperar a la toxicología completa, pero no hay nada que me haga pensar en lo que ustedes están buscando.

Leo se quitó los guantes.

—Gracias, doctora. Estaremos pendientes del informe.

Salieron al aparcamiento. La lluvia había parado pero el suelo seguía mojado, brillante bajo las farolas. Leo se detuvo un momento con las llaves en la mano.

—No es él —dijo Andrea.

—No… —Leo abrió la furgoneta mirando al suelo—. Llama a Lucas.

Andrea marcó y el comisario lo cogió al primer tono.

—Descartado —dijo Andrea—. Mordedura de animal, probablemente jabalí. No tiene pinchazos en ninguna parte del cuerpo. A la espera de análisis toxicológico que lo confirme, no es nuestro caso.

—Entendido. —Una pausa corta—. ¿Cuándo volvéis?

—Mañana. Esta noche nos quedamos aquí.

—Descansad. —Otra pausa—. Nos vemos el lunes.

Colgó. Andrea guardó el móvil y miró la fachada iluminada del hospital un momento.

—Voy a buscar a ver si hay habitaciones —dijo arrancando el móvil de nuevo. Buscó un momento—. Veo que hay un hotel a tres minutos andando.

—Bien —dijo Andrea.

Aparcaron y fueron a pie. Dejaron las bolsas en las habitaciones sin deshacerlas y quedaron en el vestíbulo diez minutos después.

—Necesito cenar algo de verdad —dijo Andrea.

—¿De aquí son famosas las rabas, no? —comentó Leo saliendo por la puerta del hotel, ya algo más animado.

—Creo que por la noche no se pueden comer. Es algo de aquí.

—Sí, porque todo el mundo sabe que por la noche las rabas te hacen un agujero en el estómago.

—Bueno, cuando te miren con cara de turista…

—Pues lo que somos, Andrea.

Los dos se rieron mientras bajaban hacia el puerto. Estuvieron mucho rato callados, dejando que el aire frío del mar reordenase los pensamientos.

Encontraron sitio en la barra de un bar pequeño en una calle paralela. Pidieron una copa de vino blanco cada uno y un plato de rabas para compartir. Andrea comió con el hambre de quien no ha parado en todo el día. Leo lo hacía despacio, mirando la calle por el cristal. No hablaron del caso.

Cuando salieron Andrea propuso bajar al paseo de Pereda antes de volver al hotel.

Estaban muy cansados, pero esa calma de la bahía les estaba sanando a los dos.

La avenida estaba tranquila a esa hora, con el puerto a un lado y las fachadas señoriales al otro.

El agua estaba quieta y oscura, con las luces del paseo rompiéndose en ella en líneas largas.

Andrea se paró delante de la cristalera de una agencia de viajes cerrada.

Dentro había varios carteles de destinos turísticos de Cantabria.

Uno grande, a todo color: una fotografía aérea de San Vicente de la Barquera, la ría y los Picos de Europa al fondo.

En primer plano, sobre un promontorio verde junto al mar, una pequeña ermita de piedra.

Debajo, en letra elegante: Golf Santa Marina - La Revilla, San Vicente de la Barquera.

Los dos se quedaron parados mirándolo.

—¿Eso nos pilla de camino mañana al volver? —preguntó Leo sacando el móvil.

Andrea se asomó mientras su compañero buscaba en la aplicación de mapas.

—Mira, la autopista pasa al lado, no perdemos nada por desviarnos cinco minutos y preguntar si tiene algo que ver con nuestra Santa Mariña.

Ninguno de los dos dijo nada más.