39.
Salieron los cuatro juntos en el coche de Javier poco después de las nueve. El cielo estaba despejado y la carretera hacia Xagobe estaba tranquila a esa hora del sábado.
Su padre iba delante con Javier. Leo y su madre detrás. Mari Carmen miraba por la ventana con esa atención que ponía en los paisajes nuevos, como si fuese a necesitar describirlos después.
—¿Cuánto falta? —preguntó.
—Diez minutos —dijo Javier.
—Qué cerca.
—Claro mamá, si es que no vamos a vivir tan lejos Javier y yo —apuntó Leo, mirando a la carretera, sin ver nada en particular. Le seguía dando vueltas a la reunión con Gutiérrez. No había dormido del todo bien.
Llegaron a la parcela cuando los conocidos de Javier ya estaban descargando material del coche.
—Lo del tejado quedó bien —dijo uno de ellos a modo de saludo.
—Ya lo creo que sí —dijo Javier.
Su padre bajó despacio, se alejó unos pasos y miró la estructura desde fuera con los brazos cruzados y la cabeza levantada. Estuvo así un rato sin decir nada.
—El solape está bien hecho —dijo al fin.
—¿Eso es bueno? —preguntó Leo.
—Es lo importante.
Javier lo miró a él y luego a su padre con una expresión que venía a decir Papá siempre igual .
—Hoy toca el suelo —le dijo Javier a Leo mientras sacaba herramientas del maletero—. Los chicos dejaron la fontanería encaminada ayer, así que hoy nos podemos poner con el suelo ya. Con seis manos seguro que avanzamos más rápido —Miró a Leo—, porque tú nos vas a ayudar, ¿no?
Leo se quitó la chaqueta.
—Dime qué hay que hacer.
La mañana fue despacio y con las manos ocupadas, que era exactamente lo que Leo necesitaba sin haberlo pedido.
Su padre trabajó en silencio a su lado durante la mayor parte del tiempo, con una economía de movimientos de quien ha hecho eso toda la vida.
De vez en cuando le corregía el ángulo o le señalaba una junta sin hacer comentarios, solo con un gesto.
Leo estuvo callado las primeras dos horas.
Tenía la cabeza a medias entre Gutiérrez y el lunes.
Pero en algún momento, sin que pudiese señalar exactamente cuándo, dejó de pensar en eso y se quedó solo con el ruido del mazo, el frío de los bloques de pizarra del suelo de la cocina y la voz de Javier discutiendo con uno de sus conocidos sobre si el nivel estaba bien puesto.
Cuando pararon a mediodía habían dejado el suelo prácticamente listo.
—Quedará bien esto —dijo su padre mirando el resultado, con las manos en los bolsillos. Era la segunda frase que decía en toda la mañana.
Javier y su padre se fueron al bar del pueblo. Leo los vio alejarse por el camino y luego se giró hacia su madre.
—¿Damos una vuelta? —dijo ella sin mirarlo.
Xagobe era una parroquia pequeña: una iglesia, cuatro casas y un silencio que no es abandono sino costumbre. Caminaron por el sendero que bordeaba la parcela hacia el núcleo, sin prisa, con las manos en los bolsillos los dos.
Su madre no preguntó por el caso. Habló de su sobrino que se casaba en otoño, de que su padre llevaba semanas queriendo cambiar las persianas de casa y de que había encontrado una receta de empanada de berberechos que quería probar.
Leo escuchaba. De vez en cuando respondía con una frase corta.
En un momento ella se paró delante de la iglesia y la miró un momento.
—Está bien esto que estás haciendo —dijo.
—¿Lo de la casa?
—Todo. —Se giró hacia él con una expresión tranquila—. La casa, el traslado, estar cerca de tu hermano. Está bien. Yo… Tu padre y yo sólo queremos que seas feliz, hijo.
Leo miró la iglesia un momento.
—Sí —dijo—. Está bien.
Su madre asintió una sola vez, como cerrando el tema, y siguió andando. Leo la siguió.
Os Arcos estaba lleno a la una y cuarto, como siempre los sábados. Brais los vio entrar y en cuanto reconoció a Leo fue directo a la nevera a por el albariño sin esperar a que se sentasen.
—Reservé en el patio —le dijo Leo al pasar.
—Os lo tengo listo.
El patio era pequeño y descubierto, con cuatro mesas y una higuera en el rincón. Con el sol de mediodía encima era el mejor sitio del local. Se sentaron los cuatro. Brais dejó el albariño en la mesa y un plato de jamón cortado, sin que nadie lo pidiese.
Su madre pidió una tabla de quesos. Javier, cecina. Leo cogió otra loncha de jamón y estuvo un rato callado, escuchando.
—Oye, Leo. —Javier dejó el vaso en la mesa—. ¿Tú sabías que papá había hecho el Camino de Santiago? —Leo levantó la vista—. Me lo ha contado antes en Xagobe cuando hemos ido a tomar algo. Había dos discutiendo por el Camino de la costa.
—Ah, sí, esos… —dijo Leo imaginando perfectamente a los dos señores del bar.
Su madre sonrió con la expresión de quien conoce la historia. Su padre cogió la copa sin decir nada, lo que equivalía a confirmarla.
—¿Y cuándo lo hiciste? —preguntó Leo mirando a su padre.
—Hace muchos años —dijo Antonio—. Con tu madre. Antes de que nacierais vosotros.
—¿Y no nos lo habíais contado nunca?
—No preguntasteis nunca —dijo Mari Carmen con su lógica habitual.
Javier se rio. Leo los miró a los dos un momento.
—¿Y qué tal? —dijo Leo.
—Bien. —Su padre cogió una loncha de jamón—. Duro, pero bien. Se conoce gente.
A Leo le cambió algo en la cara. Solo un instante, lo suficiente para que su madre lo notase.
Ella le puso la mano encima de la suya un momento y luego la retiró. Javier y su padre seguían hablando de otra cosa.
—Oye, ¿os apetece que mañana salgamos a pescar? —Leo cambió de tema como intentando quitarse la idea de la cabeza.
—Sabes que yo no soy un lobo de mar, y quería pasarme por la obra mañana de nuevo —contestó su padre.
—Yo le acompaño y os arreglo el jardín, hijo, que parece mentira que viváis en Galicia y no tengáis hortensias plantadas. Las tengo yo en una jardinera en Madrid, que las compré en el vivero el año pasado, cómo no las vais a tener vosotros —dijo su madre de carrerilla.
—Pues yo sí me apunto —dijo Javier con el último trozo de cecina en la mano.
Siguieron comiendo. Brais retiró los platos vacíos y dejó una ración de lacón.
—Ey —dijo Javier, cambiando el tono—. Lo de los pedidos. ¿Ya lo visteis, no?
Leo lo miró.
—Sí, detuvimos a un tipo de la distribuidora, aunque no resultó como queríamos.
—Pues no era fácil dar con el patrón, ¿eh? ¿Cómo lo hicisteis?
—¿Cómo patrón?
Javier lo miró con una expresión entre sorprendida y cautelosa.
—Sí, claro. Los pedidos con incidencias. —Bajó un poco la voz—. Nunca están al principio de la ruta. Siempre empiezan el reparto sin problemas, pero siguiendo la ruta optimizada de pedidos, cuando entran en un radio de quince kilómetros de Caldas, los siguientes pedidos tienen incidencias.
A Leo le empezó a cambiar la cara.
—¿Eso visteis, no? —dijo Javier.
Leo no contestó.
—¿Y visteis lo de los pedidos con material sobrante? —Javier cogió el vaso pero no bebió—. Siempre al final de la ruta. Siempre.
Leo seguía callado. Tenía la copa en la mano y no la había movido.
—Leo. —Su madre le puso la mano en el brazo.
El móvil estaba vibrando encima de la mesa. Era Lucas. Se levantó hacia la puerta del patio sin decir nada.
—Leo, han encontrado el cuerpo de un peregrino en Potes, Cantabria, en el Camino Lebaniego.
Un amigo de toda la vida que está trabajando allí de guardia civil me ha llamado porque vio nuestra noticia en los periódicos —Hizo una pausa—.
Me ha dicho que al cuerpo le falta una oreja.
—Otra pausa en la que sólo se escuchó la respiración de ambos—.
Hasta el lunes seguís en el caso, Gutiérrez ni se va a enterar, mandarán un juez de allí. Vete con Andrea y me informáis.
Leo apoyó la mano en el marco de la puerta y miró hacia dentro, en la mesa su padre acababa de decirle algo a Javier que lo hacía sonreír.
—Muchas gracias, Lucas.
Entró, cogió la chaqueta del respaldo y miró a los tres.
—Lo siento, pero tengo que irme.
—Ni te preocupes —dijo Antonio, sin más.
Su madre le puso la mano en el brazo al pasar.