38.
—Explíqueme cómo funciona.
Manuel miró a Ferreiro. El abogado asintió con un gesto mínimo.
—La furgoneta —dijo Manuel—. Llevo cuatro años conduciendo por la misma provincia, pasando por los mismos pueblos.
Nadie mira dos veces una furgoneta de reparto aparcada en la puerta de una clínica.
—Hizo una pausa—. Incluso aunque me desvíe de mi ruta principal, a nadie le llama la atención una furgoneta parada en doble fila con los cuatro intermitentes.
Podría llevar cualquier cosa dentro que nadie diría nada.
Al principio era poco. Una entrega cada varios meses. Luego fue más frecuente.
—¿Cómo contacta con su comprador?
—Por una aplicación de citas. —Lo dijo sin énfasis, como si fuese un detalle técnico sin importancia—. Los dos tenemos nombres falsos. Simulamos que es una cita, quedamos en un sitio a una hora concreta. Nadie que lea esa conversación ve nada raro.
—¿Y el pago?
—Criptomonedas. La mitad antes de la entrega y la otra mitad cuando me confirma que ha recibido el paquete. —Hizo una pausa—. Nunca he sabido su nombre real. Él tampoco sabe el mío.
—¿Y la mercancía cómo entra en la furgoneta?
—La cargo yo por las mañanas. La traigo en mi mochila, donde llevo la comida todos los días.
La mochila la echo a la furgoneta y cuando cargo las entregas de ese día la mezclo entre las cajas de pedidos normales.
Viene en bolsas pequeñas metidas dentro de material de embalaje, entre el relleno.
Si alguien abriese una caja al azar no vería nada fuera de lo normal.
—Manuel miró la mesa—. Nunca he tenido un problema hasta hoy.
Leo apuntó todo en su cuaderno.
—Una última cosa. —Leo apoyó el bolígrafo en la mesa—. Hace seis semanas, en la veterinaria de Pontevedra faltó una caja de cloruro potásico. Hace diez semanas, en una clínica de Vilanova de Arousa faltaron bisturís. Los dos repartos eran suyos.
Manuel lo miró.
—Ya se lo he dicho. Eso no fui yo.
—Ya lo sé. —Leo no cambió el tono—. Lo que le pregunto es si notó algo raro esos días. Un coche que se repetía en su ruta, alguien que se quedase cerca de la furgoneta cuando usted estaba dentro haciendo la entrega.
Manuel frunció el ceño.
—¿Alguien me robó de la furgoneta?
—¿Notó algo?
Manuel estuvo pensando un momento.
—Hace dos meses tuve un pinchazo. No recuerdo si fue ese día que menciona exactamente, pero estuve parado en el arcén de la A-52 casi una hora.
Vino una grúa, me cambiaron la rueda, volví a cargar.
—Hizo una pausa—. Había un coche parado un poco más atrás cuando me bajé a mirar el pinchazo.
Uno oscuro, no me fijé en la matrícula. Cuando arrancó la grúa, el coche ya no estaba.
—¿Y el día del cloruro potásico?
—No recuerdo nada fuera de lo normal.
—¿Cuánto tiempo suele estar en las clínicas haciendo una entrega?
—No sé. Depende. Entre diez y veinte minutos, quizás. Hay que descargar, pasar las cajas al almacén, firmar los albaranes de entrega. Depende de la cantidad de pedidos, de si están ocupados en la clínica en ese momento…
Leo anotó. Cerró la carpeta.
—De acuerdo. Por ahora es todo.
Se levantó. Ferreiro también.
—¿Cuándo pasa a disposición judicial? —dijo el abogado.
—Esta tarde. —Leo miró a Manuel un momento—. Por lo de la cocaína tiene un problema serio. Por lo demás, no.
Manuel levantó la vista. No dijo nada, pero algo en su expresión cambió levemente, como quien suelta algo que no sabía exactamente cuánto pesaba.
Leo salió al pasillo.
Andrea ya estaba fuera, apoyada en la pared con los brazos cruzados. Lucas había desaparecido, probablemente con Gutiérrez. Gonzalo estaba al fondo con el móvil en la mano.
Leo se apoyó en la pared a su lado.
—No roba el material —dijo Andrea antes de que Leo abriese la boca.
—No. Alguien le sigue en la ruta y aprovecha las paradas largas. Cuando Manuel está dentro veinte minutos firmando albaranes, el otro abre la furgoneta y coge lo que necesita.
—¿Pero cómo sabe qué va a llevar ese día?
—Porque conoce el sistema. —Leo miró al techo—. Sabe qué clínicas hacen pedidos de ese tipo de material, conoce las rutas, sabe qué días reparte Manuel. Con eso puedes calcular cuándo va a llevar lo que necesitas.
Andrea se quedó mirando la puerta cerrada de la sala de interrogatorios.
—Entonces Manuel no tiene nada que ver con los asesinatos.
—No, con los asesinatos no…
—O sea, que llevamos dos días mirando al hombre equivocado.
—Sí —resolvió Leo, sin excusas.
Andrea se separó de la pared cuando Gonzalo se acercó desde el fondo del pasillo.
—El paquete del río acaba de llegar.
Fueron a la sala. Encima de la mesa había una bolsa de evidencias grande con el plástico negro dentro, mojado todavía, con restos de barro del fondo del río Umia en los bordes.
Leo se puso los guantes. Cogió la bolsa y la miró a contraluz. Polvo blanco prensado en bloques pequeños.
—Cocaína —dijo la técnico—. Le hemos hecho el test rápido ya. Lo mandamos al laboratorio, pero podemos confirmarlo casi al completo.
Leo dejó la bolsa encima de la mesa. La miró un momento.
—Teníamos al hombre equivocado —dijo.
Nadie respondió.
Leo miró a Andrea.
—Necesito hablar con Gutiérrez.
Leo llamó a la puerta del despacho de Lucas con los nudillos. Gutiérrez estaba dentro, de pie junto a la ventana con el abrigo puesto y el móvil en la mano. Lucas estaba sentado detrás de su mesa con una expresión de quien lleva un rato aguantando algo.
—Cierre la puerta —dijo Gutiérrez.
Leo cerró.
—Mediodía, inspector. —Gutiérrez no levantó la voz, que era peor que si lo hubiese hecho—. Me dijo mediodía.
—Manuel Rivas está detenido —dijo Leo.
Gutiérrez lo miró.
—Por tráfico de cocaína. —Leo no desvió la vista—.
Llevaba meses usando la furgoneta de la distribuidora para transportar y entregar cocaína a un comprador fijo.
Esta mañana llevaba material encima, por eso huyó y por eso tiró el paquete al río.
La unidad de buceo lo ha recuperado. Está en el laboratorio.
Gutiérrez lo miró durante un momento.
—¿Y los asesinatos?
—Los asesinatos no son suyos. —Leo lo dijo despacio, con el peso exacto que tenía—. Creemos que alguien ha estado robando material de su furgoneta durante sus rutas, aprovechando las paradas. Manuel no sabía nada.
El silencio que siguió duró lo suficiente para que Lucas mirase la mesa.
—O sea, que hemos detenido a un camello —dijo Gutiérrez.
—Hemos detenido a un camello y hemos descartado a un sospechoso. Las dos cosas tienen valor. —Leo mantuvo el tono—. Manuel habría seguido usando esa furgoneta durante más meses. Y ahora sabemos cómo el asesino se hace con el material, lo que nos acerca a él.
—Lo que me acerca a mí es un nombre. —Gutiérrez se giró hacia la ventana. Estuvo así unos segundos—. Llevan una semana en esto y lo que tienen es un camello y tres asesinatos sin resolver. Mientras tanto el asesino sigue ahí fuera.
—Estamos más cerca.
—¿Lo están?
—Sabemos cómo consigue el material. Sabemos el perfil del asesino. El perfil de las víctimas.
—No es suficiente —dijo Gutiérrez.
—Todavía.
Gutiérrez lo miró un momento. Luego miró a Lucas.
—El lunes mando un equipo de la UDEV de la comisaría. Harán el traspaso de diligencias.
Leo dio un paso adelante.
—Con todo el respeto, señoría, quitarme el caso ahora es tirar el trabajo de mis compañeros y el mío a la basura. Cualquier equipo nuevo, por bueno que sea, necesita días para ponerse al nivel en que estamos nosotros.
—Confío en que se lo expliquen bien.
—No es cuestión de explicarlo. Es cuestión de que hay cosas que no se explican. Estamos dentro de esto. Sacarnos ahora es la peor decisión..
Gutiérrez recogió el móvil de la mesa de Lucas sin prisa.
—Agradezco a los dos su esfuerzo. —Miró alternativamente a Lucas y a Leo. Hizo una pausa—. Tómense el fin de semana. Que con la cabeza fría se piensa mejor.
—¿Me está escuchando?
—Inspector. —La voz de Gutiérrez no subió un solo tono—. El lunes pone al nuevo equipo al corriente de la investigación. No hay más que hablar.
Salió sin cerrar la puerta. Leo se giró hacia Lucas.
—Tú lo sabías. —dijo Leo con rabia.
—Lleva un par de días considerándolo, Leo. Yo no podía…
—¿No podías qué? —Leo cogió su chaqueta del respaldo—. ¿Avisarme? ¿Ponerte de mi parte?
—Me puse de tu parte con lo de Manuel. Cuando le dije que ibas por buen camino. Conseguimos hasta hoy al mediodía. Esto ya no puedo pararlo.
Leo no respondió. Salió.
El pasillo estaba vacío a esa hora. Caminó hasta la sala sin pensar en nada concreto, solo con el ruido sordo de sus propios pasos.
Andrea levantó la vista en cuanto lo vio entrar. Luego miró a Gonzalo y a Nerea.
—El lunes viene un equipo de la UDEV. —Lo dijo sin rodeos, de pie, sin quitarse la chaqueta—. Haremos el traspaso y el caso pasa a ellos.
Nadie habló.
—Tomaos el fin de semana. —Se giró hacia su mesa, cogió las llaves—. En serio. Desconectad.
—Leo —dijo Andrea.
—El lunes hablamos, chicos. —Salió sin mirarlos.
Fue andando hasta la playa. Se quitó las zapatillas y los calcetines antes de llegar a la arena y los cogió. Se remangó los pantalones vaqueros y se metió en el mar hasta que el agua casi llegó a sus rodillas. El agua estaba congelada, pero no le importó.
Se quedó así un rato largo, mirando la línea donde el cielo y el mar dejaban de distinguirse. Sin pensar en Gutiérrez, ni en los cuerpos. Solo el sonido del agua entrando y saliendo, una y otra vez.