37.
Lo llevaron a urgencias del centro de salud de Vilagarcía de Arousa en un coche patrulla que se había desplazado hasta el accidente.
Gonzalo iba delante con el agente, Manuel detrás con las esposas puestas y una gasa que Nerea le había improvisado en la frente con lo que había en el botiquín del coche.
El corte había dejado de sangrar pero el golpe le había dejado la zona del ojo derecho hinchada y con un tono morado que iría a más durante el día.
Leo y Andrea fueron detrás en la furgoneta.
—Cuatro puntos, cinco como mucho —dijo Andrea mirando por el parabrisas—. En dos horas lo tenemos en la sala.
Leo condujo sin responder. Tenía la mandíbula algo apretada y los ojos fijos en la carretera con esa expresión que Andrea ya conocía: no era concentración, era algo anterior a la concentración, el momento en que Leo ordenaba lo que sabía antes de decidir qué hacer con ello.
—Dilo —dijo Andrea.
—¿Qué?
—Lo que llevas pensando desde el puente.
Leo tardó un momento.
—Ha huido y ha tirado algo al río.. —Hizo una pausa—.
Todo eso es real. Pero ninguna de esas cosas lo convierte en un asesino.
Manuel es quien le pasa el material al asesino, aprovechando su coartada de transportista, pero él no ha matado a nadie, un asesino no entregaría el material que va a necesitar luego.
—A no ser que esa persona se lo guarde y luego colaboren, piensa que no puede llegar con ello a la distribuidora de nuevo.
No dijeron nada más hasta que aparcaron en el centro de salud.
Esperaron en el pasillo de la planta baja mientras el médico cosía a Manuel en el box del fondo.
Gonzalo estaba dentro con él. Nerea se había quedado en Caldas coordinando la unidad de buceo en el Umia.
Leo se apoyó en la pared con los brazos cruzados.
Andrea se sentó en una de las sillas de plástico naranja que había frente a él.
A la hora y cuarto Manuel salió del box con cinco puntos de sutura cubiertos por un apósito blanco sobre la ceja derecha. Andaba por su propio pie. Cuando vio a Leo en el pasillo le sostuvo la mirada un momento antes de bajar la vista.
—Vamos —dijo Leo.
La sala de interrogatorios de la comisaría de Vilagarcía era una habitación rectangular sin ventanas, con las paredes pintadas de un blanco que había dejado de serlo hacía años.
Una mesa de formica gris, cuatro sillas, un cristal que hacía las veces de espejo desde dentro de la sala, pero que desde fuera permitía ver el interior y una cámara en el rincón superior derecho con el piloto rojo encendido.
Olía a café viejo y a algo que no tenía nombre pero que Leo asociaba con todas las salas de interrogatorio en las que había estado en su vida.
Sentaron a Manuel en la silla frente al espejo. Gonzalo se quedó de pie junto a la puerta. Leo se sentó frente a Manuel y dejó una carpeta cerrada encima de la mesa. Andrea se sentó a su lado.
—Manuel Rivas. —Leo abrió la carpeta pero no miró lo que había dentro—.
Antes de empezar quiero asegurarme de que entiende sus derechos.
Tiene derecho a no declarar contra sí mismo y a no confesarse culpable.
Tiene derecho a asistencia letrada, de su elección o de oficio si no dispone de abogado.
El interrogatorio no comenzará hasta que su abogado esté presente. ¿Lo entiende?
Manuel asintió.
—Necesito que lo diga en voz alta para que quede en la grabación.
—Sí —dijo Manuel—. Lo entiendo.
—¿Tiene abogado?
—No.
—Le asignaremos uno de oficio. —Leo cerró la carpeta—. Mientras esperamos, ¿necesita agua, café?
Manuel negó con la cabeza. Tenía las manos encima de la mesa, juntas, los nudillos algo blancos. Miraba la superficie de la mesa como si buscase algo en ella.
Leo se levantó y salió al pasillo. Andrea lo siguió.
Lucas estaba fuera, apoyado en la pared con los brazos cruzados.
—El abogado de oficio está en Pontevedra —dijo—. En cuarenta minutos está aquí.
—Bien. —Leo miró hacia la sala a través del cristal. Manuel no se había movido—. ¿Gutiérrez?
—De camino.
—Que espere fuera.
Lucas lo miró.
—Leo.
—Que espere fuera, Lucas. —Lo dijo sin levantar la voz pero sin margen—. Si Gutiérrez entra en esa sala antes de que yo termine, perdemos todo lo que podamos sacar.
Lucas consideró esto un momento.
—De acuerdo. Yo me encargo.
Leo volvió a mirar a Manuel a través del cristal.
—¿Qué sabemos del paquete del río? —dijo sin girarse.
—Nerea acaba de llamar —dijo Andrea—. La unidad de buceo lo ha encontrado. Estaba enganchado en unas piedras a unos metros del puente. Ya está de camino para aquí.
—¿Y el tipo de la sudadera?
—Nada todavía. La foto que sacó Nerea no da para identificarlo con claridad.
Leo asintió.
El abogado llegó en treinta y cinco minutos. Era un hombre joven, menos de cuarenta, con un maletín de cuero gastado y una expresión de quien ha dormido poco y sabe que esa noche va a dormir menos aún. Leo lo conocía de vista de alguna guardia anterior. Se llamaba Ferreiro.
—Cinco minutos con mi cliente —dijo Ferreiro antes de entrar.
—Los que necesite —dijo Leo.
Esperaron en el pasillo. Andrea miraba el móvil. Leo miraba el suelo. A los ocho minutos la puerta se abrió.
—Podemos empezar —dijo Ferreiro.
Leo entró, se sentó frente a Manuel y abrió la carpeta. Andrea encendió la grabadora encima de la mesa y dijo la fecha, la hora y los nombres de los presentes en voz clara.
Leo miró a Manuel.
Manuel tenía el apósito blanco sobre la ceja, las manos otra vez juntas encima de la mesa y una expresión que no era de culpabilidad ni de inocencia sino de alguien que ha tomado una decisión sobre lo que va a decir y está esperando el momento de decirlo.
—Manuel. —Leo apoyó los codos en la mesa—. ¿Por qué ha huido esta mañana?
Manuel miró a su abogado. Ferreiro asintió levemente.
—Porque vi su coche y me asusté. —Manuel bajó la vista a la mesa—. Llevo semanas esperando que apareciesen.
—¿Semanas esperando que apareciésemos?
—Desde lo de la amonestación. Sabía que antes o después vendrían.
Leo anotó algo.
—Cuénteme qué pasó para recibir esa amonestación.
—Una entrega que no llegó completa a la veterinaria de Pontevedra hace seis semanas. Me pusieron la amonestación a mí porque el albarán estaba a mi nombre, pero yo no robé nada de esa furgoneta.
—¿Qué faltaba?
—Una caja.
—¿Qué había en esa caja?
Manuel miró a Ferreiro. El abogado asintió.
—Material médico —dijo Manuel—. Eso es lo que ponía en el albarán.
—¿Y usted no sabe qué le pasó?
—No. La furgoneta estuvo cerrada todo el trayecto. Cuando llegué a la veterinaria ya no estaba.
Leo pasó una página de la carpeta sin prisa.
—Esta mañana se desvió de su ruta a un pueblo algo remoto, paró en un bloque de pisos. ¿Qué hacía allí?
Manuel apretó las manos encima de la mesa.
—Una entrega.
—¿Qué entregó?
Silencio.
—Un paquete.
—¿De la distribuidora?
Manuel tardó un momento.
—No exactamente.
—¿De dónde venía ese paquete?
Ferreiro levantó una mano.
—Mi cliente prefiere no responder a esa pregunta por ahora.
Leo lo miró. Luego miró a Manuel.
—De acuerdo. —Cerró el bolígrafo—. Hablemos de otra cosa. ¿Cuánto tiempo lleva haciendo estas entregas fuera de ruta?
Manuel parpadeó.
—Yo no he dicho que lleve tiempo.
—Lleva tiempo —dijo Leo con tranquilidad—. Se le nota en cómo cierra la furgoneta. Dos veces, siempre dos veces. Lo hace alguien que tiene algo que proteger dentro.
Manuel no dijo nada.
—¿Cuántas entregas fuera de ruta ha hecho en los últimos tres meses? —insistió Leo.
Ferreiro intervino.
—Inspector, si no tiene una pregunta concreta sobre los hechos por los que está detenido mi cliente…
—Es una pregunta muy concreta, señor Ferreiro.
—Leo no levantó la voz—. Su cliente ha sido visto realizando una entrega irregular en horario de trabajo, con material que no consta en ningún albarán de la distribuidora, a una persona no identificada.
—Hizo una pausa—. Y luego ha destruido un material, asumimos que uno parecido al que ha entregado, tirándolo a un río.
Tenemos evidencias de que ese material se está utilizando con fines delictivos. Eso es muy concreto, señor Ferreiro.
El abogado no respondió.
Leo volvió a mirar a Manuel.
—¿Desde cuándo conoce a su comprador?
Manuel miró la mesa.
—Dos años.
—¿Cómo contactó con usted?
—A través de un conocido. —Hizo una pausa—. Ya no estoy en contacto con ese conocido.
—¿Con qué frecuencia hace entregas?
—Cuando me avisa. Tres, cuatro veces al año.
—¿Y siempre fuera de ruta?
—Siempre en sitios donde no hay cámaras y la furgoneta no llama la atención. —Lo dijo como si fuese una respuesta técnica, casi profesional—. Una furgoneta de reparto aparcada en cualquier sitio no le llama la atención a nadie.
—¿Y qué lleva en esas entregas?
Manuel miró a Ferreiro. Ferreiro miró a Leo. Leo esperó.
—Material, ya se lo dije —dijo Manuel al fin.
Leo no respondió de inmediato. Dejó el bolígrafo encima de la carpeta. Se recostó en la silla despacio, como quien tiene todo el tiempo del mundo, y miró a Manuel durante un momento largo sin decir nada.
—Lleva usted razón —dijo al fin—. Me lo ha dicho.
Material. —Hizo una pausa—. El problema es que esa palabra le vale a usted para dormir por las noches.
Material. Una caja. Una entrega. Usted no pregunta, no mira, no sabe.
—Otra pausa—. Y mientras usted no pregunta, no mira y no sabe, hay gente muerta en el agua.
Manuel levantó la vista.
—Yo no he matado a nadie.
—No. —Leo lo miró—. Usted sólo ha puesto las herramientas encima de la mesa.
Lo que haga el siguiente con ellas ya no es problema suyo, ¿verdad?
—Hizo una pausa breve—. Tres personas, Manuel.
Tres. —Leo apoyó los codos en la mesa y bajó la voz un tono—.
Los tres aparecieron en el agua muertos —Hizo una pausa larga—.
Y los tres llevaban en la sangre algo que usted entrega en paquetes envueltos en plástico negro a personas que dice no conocer.
Manuel había dejado de mirar la mesa. Miraba a Leo con una expresión que ya no era la de quien ha tomado una decisión sobre lo que va a decir sino la de quien acaba de ver algo que no esperaba ver.
—Yo no sabía nada de eso —dijo. La voz le salió más baja que antes.
—Ya lo sé. —Leo no cambió el tono—. Por eso le estoy dando la oportunidad de contármelo a mí antes de que se lo tenga que contar a un juez. Porque un juez no va a distinguir entre lo que sabía y lo que no quería saber. —Hizo una pausa—. Y usted lleva dos años sin querer saber muchas cosas.
El silencio que siguió fue diferente a los anteriores. Más pesado.
Ferreiro carraspeó.
—Inspector, mi cliente necesita un momento…
—Dígame qué lleva en esas entregas y a quién se lo está entregando —dijo Leo sin apartar los ojos de Manuel.
Manuel miró a su abogado. Luego miró la mesa. Luego volvió a mirar a Leo.
—Es cocaína —dijo en voz baja—. Pero le juro que yo no sé quién es. Me mandan un mensaje con la localización y la hora y yo hago la entrega allí.
Andrea dejó de escribir.
Leo no movió un músculo. Miró la carpeta. Luego miró a Manuel. Luego volvió a mirar la carpeta, despacio, como si necesitase un momento para reorganizar algo que tenía muy bien ordenado y que acababa de desordenarse solo.
—¿Cómo cocaína? —preguntó con sorpresa, levantando la vista.
—Sí. —Manuel lo miró con una expresión que mezclaba alivio y miedo a partes iguales—. ¿No es eso lo que me están preguntando?