Donde acaba el camino 36.
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36.

El móvil de Leo vibró encima de la mesa. Era Gonzalo, y descolgó antes de que sonase el segundo tono.

—Leo. —La voz de Gonzalo salía atropellada—. Manuel acaba de entregar un paquete a alguien en una calle sin clínica. Un tío con sudadera negra y mochila. El paquete envuelto en plástico negro, rectangular. Lo tenemos fotografiado todo.

Leo se levantó de la silla.

—¿Dónde estáis?

—Comarcal que sale de Portas hacia el interior. Manuel ya ha arrancado, está volviendo hacia la nacional.

—Escuchadme. —Leo cogió el cortavientos con la mano libre—. Seguidle. Si se desvía de la ruta de reparto o hace algo fuera de lo normal, me llamáis y le interceptáis. Si no, dejadle llegar a la nave. Nos encontramos allí los cuatro.

—Entendido.

—Y Gonzalo. —Una pausa—. Tranquilo.

Colgó. Andrea ya estaba de pie con las llaves en la mano.

Llegaron a la distribuidora en doce minutos. Leo aparcó la furgoneta frente a la entrada principal, en la calle, visible. Apagó el motor y esperó.

—¿Qué había en el paquete? —dijo Andrea mirando al frente.

—No lo sabemos todavía.

—¿Y si no es nada?

—Entonces le preguntamos por qué se ha salido de la ruta y escuchamos lo que nos dice.

Andrea asintió. Ninguno de los dos dijo nada más.

Diez minutos después la furgoneta blanca de Manuel dobló la esquina al fondo de la calle. Leo la vio venir despacio, con una cadencia de quien vuelve de una jornada larga y conoce de memoria cada curva del camino de vuelta.

Entonces la furgoneta frenó.

Leo vio el momento exacto en que Manuel los vio. La furgoneta parada en mitad de la calle, los dos dentro, mirando hacia él. Un segundo, dos. Luego el motor de la furgoneta blanca rugió y giró en redondo en la calzada con una brusquedad que levantó los neumáticos del asfalto.

—Me cag… —dijo Leo arrancando.

Salió detrás de Manuel por la misma calle por la que había llegado. Andrea cogió el móvil y llamó a Gonzalo.

—Manuel está huyendo, venid hacia la nacional, buscad la furgoneta blanca.

La furgoneta de Manuel tomó la nacional hacia el sur a una velocidad que no era la de un reparto.

Leo se acercó a él manteniendo la distancia, con las luces encendidas.

El tráfico era escaso a esa hora pero había coches, y Manuel los esquivaba adelantando por la derecha cuando podía, sin señalizar, con desesperación.

—Gonzalo, ¿dónde estáis? —dijo Andrea al móvil.

—Incorporándonos a la nacional, os vemos.

El Opel gris de Gonzalo apareció por un acceso lateral y se sumó a la persecución dos coches por detrás de Leo. La furgoneta blanca aceleró al verlos.

—Va hacia Caldas —dijo Andrea mirando el GPS.

Entraron en la recta que bajaba hacia el valle del Umia.

A ambos lados eucaliptos y alguna finca cerrada, la carretera descendiendo en curvas largas hacia el río.

La furgoneta de reparto de Manuel era más potente que la de Leo, pero al ser más alta perdía estabilidad en las curvas y tenía que frenar más de lo que quería.

Leo lo veía: ganaba distancia en las rectas y la perdía en los giros.

Mantuvo el ritmo sin forzar, dejando que la carretera hiciese parte del trabajo.

En la recta larga antes del valle Manuel intentó adelantar a un turismo que iba despacio. Calculó mal el hueco y tuvo que meterse de vuelta al carril con un frenazo que hizo que Leo ganase veinte metros de golpe. El Opel de Gonzalo se acercó por detrás.

La furgoneta blanca aceleró de nuevo en cuanto la recta se lo permitió, pero la carretera empezaba a enrevesarse según bajaba hacia el río y cada curva le costaba más de lo que recuperaba en los tramos rectos.

Leo lo veía tensar y aflojar, tensar y aflojar, como alguien que busca una salida que no existe en ese tramo de carretera.

El puente sobre el Umia apareció al fondo de una curva suave. Un puente de piedra de un solo arco, con una barandilla baja a los lados y el río brillando abajo entre las rocas. La furgoneta blanca entró en él sin reducir apenas.

Leo redujo instintivamente.

Fue a mitad del puente. Manuel llevaba la mano izquierda en el volante y con la derecha hizo algo que Leo no entendió al momento: se inclinó hacia el asiento del copiloto sin soltar del todo el volante, como buscando algo a ciegas.

La furgoneta se fue levemente hacia la barandilla derecha y se corrigió sola.

Entonces el brazo izquierdo de Manuel salió por la ventanilla.

No fue un gesto dramático. Fue casi distraído, como quien tira una colilla: el brazo fuera, la mano abierta y el paquete rectangular envuelto en plástico negro cayó en un arco corto y limpio sobre la barandilla del puente. Leo lo vio desaparecer antes de oír el golpe en el agua.

—Joder, ha tirado algo —dijo Andrea.

—Lo he visto.

Al otro lado del puente la carretera se metía en Caldas por una calle estrecha entre casas bajas y coches aparcados a ambos lados.

Manuel no redujo lo suficiente. A cincuenta metros de la entrada del pueblo un camión de obra estaba parado en doble fila, en el carril opuesto, ocupando más de la mitad de la calzada, con los intermitentes encendidos y un operario bajando de la cabina sin mirar.

Manuel frenó tarde. Intentó pasar por el hueco que quedaba entre el camión y los coches aparcados en la acera contraria pero el espacio no era suficiente.

El lateral derecho de la furgoneta blanca golpeó contra el morro del camión con un ruido seco de chapa.

La furgoneta giró sobre sí misma por el impacto y quedó atravesada en la calzada, con el lateral izquierdo del morro metido en la acera, el motor todavía en marcha y el intermitente del camión siguiendo su ritmo como si no hubiese pasado nada.

Leo frenó detrás y bajó antes de que el coche se hubiese parado del todo. Andrea salió por el otro lado.

Manuel intentó abrir la puerta del conductor pero el impacto la había deformado. Gonzalo y Nerea llegaron por detrás en treinta segundos. Leo rodeó la furgoneta y abrió la puerta del pasajero de un tirón.

—¡Fuera! ¡Manos donde las vea!

Manuel salió por el lado del copiloto con las manos levantadas, tropezando con el escalón.

Tenía un corte en la frente del golpe contra el volante, no profundo pero sangraba.

Miraba a los cuatro policías con una expresión que no era de rabia sino de alguien que lleva semanas esperando que pasase algo así y ahora que ha pasado no sabe qué cara poner.

Leo se acercó despacio. Manuel lo miraba.

—Manuel Rivas. —Leo sacó las esposas—. Queda detenido.

Manuel no dijo nada. Bajó las manos despacio y dejó que se las pusiesen sin resistencia. Solo cuando ya estaba esposado y Gonzalo lo sujetaba del brazo levantó la vista hacia Leo.

Un pequeño grupo de vecinos se había congregado en la acera. El conductor del camión de obra estaba de pie junto a la puerta abierta mirando la furgoneta blanca incrustada en el morro de su vehículo con una expresión entre indignada y perpleja. Andrea ya estaba hablando con él.

Leo miró el río desde donde estaba. No se veía el puente desde allí pero sí el brillo del agua entre los tejados. Lo que Manuel había tirado estaba en el fondo del Umia.

—Nerea —dijo sin levantar la voz—. Llama a la unidad de buceo. Quiero que recuperen lo que ha tirado al río antes de que la corriente lo lleve más lejos.

Nerea ya tenía el móvil en la mano.

Leo miró a Manuel, que estaba apoyado en el lateral de la furgoneta con Gonzalo a su lado. Tenía la cabeza baja y el corte de la frente goteando despacio sobre el asfalto.

—Vamos —dijo Leo.