Donde acaba el camino 35.
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35.

El viernes amaneció soleado pero frío. Leo anduvo hacia la comisaría despacio, con las manos en los bolsillos, dejando que la mañana le despejase un poco la cabeza.

La ría estaba plana, sin viento. Los barcos que habían salido proyectaban sombras alargadas en el agua.

Pensó en Manuel, en la ruta del día siguiente, en la cara de Gutiérrez si a mediodía no tenían nada.

Pensó en Camilo y en las flores. Pensó en las estampitas, en tres vidas distintas que habían acabado en el agua.

El móvil le sonó a las ocho, justo cuando subía las escaleras de la comisaría. Leo lo cogió antes de que sonase dos veces.

—Dime, Rocío.

—Buenos días. —La voz de Rocío sonaba a que lleva un rato despierta y había estado pensando—.

Me acaban de llegar los resultados definitivos de Carlos.

El agente inhibidor es GHB. —Una pausa—.

Me equivoqué con la escopolamina, lo reconozco.

El tiempo de degradación me despistó, pero la concentración que han encontrado en el hígado es inequívoca.

—¿GHB?

—Gamahidroxibutirato. Lo que la gente llama la droga de la violación, aunque eso es reducirlo mucho.

—Rocío hizo una pausa—. Efecto rápido en bebida, produce sedación profunda, la víctima parece borracha, sin capacidad de resistencia.

Se degrada muy rápido en el organismo, por eso no lo encontré antes.

En Carlos, al ser el más reciente, quedaba todavía algo detectable.

—Otra pausa—. Leo, si lo mezcló con alcohol, la víctima no habría notado nada hasta que ya fuese demasiado tarde.

—¿Y en Tobías y en Nuno?

—Nuno llevaba demasiado tiempo en el agua, imposible. En Tobías no lo busqué con suficiente especificidad, ya es tarde para confirmarlo, pero el patrón es el mismo en los tres. Estoy segura.

—Gracias, Rocío.

—Una cosa más. —Hizo una pausa breve—. Los tres murieron entre las once de la noche y las cuatro de la madrugada. Lo tenía calculado por separado, pero esta mañana lo he puesto junto y cuadra en los tres casos. Siempre de noche, siempre en ese margen.

Leo se quedó quieto un momento.

—Gracias —repitió, y colgó.

A las ocho y media estaban todos en la sala. Leo resumió la llamada de Rocío en tres frases. Gutiérrez escuchó con los brazos cruzados y una expresión que no era de sorpresa sino de quien suma y le sale la misma cuenta de siempre.

—GHB en bebida —dijo—. O sea, que los invita a una copa mientras cenan y en diez minutos los tiene en la furgoneta de reparto.

—Eso es lo que parece —dijo Leo.

—Más razones para traer a ese Manuel hoy. —Miró el reloj—. Mediodía, inspector.

—Mediodía —confirmó Leo.

Gutiérrez salió. La sala tardó un momento en reactivarse.

—Chicos. —Leo miró a Gonzalo y a Nerea—. Nada de patrulla oficial ni de uniforme. Vuestro coche, ropa normal. Quiero que veáis todo lo que hace desde que sube a esa furgoneta hasta que termina el reparto.

Los dos asintieron.

—Cualquier cosa, me llamáis.

Gonzalo aparcó el Opel gris en la calle perpendicular al almacén a las nueve menos diez. Desde ahí se veía la entrada lateral por donde salían las furgonetas de reparto, un hueco entre dos naves industriales con una barrera automática y una garita vacía.

Nerea tenía el café en la mano y miraba por el parabrisas.

—¿Cuánto puede tardar en salir?

—La distribuidora abre a las siete. Los repartidores cargan entre las siete y media y las nueve normalmente. —Gonzalo miró el reloj—. No tardará.

Nerea asintió. Dio un sorbo al café.

—¿Tú crees que es él? —dijo sin girarse.

—No lo sé. —Gonzalo tamborileó los dedos en el volante—. Todo encaja demasiado bien.

—¿Eso es malo?

—A veces. —Encogió un hombro—. Cuando todo encaja demasiado bien es porque alguien ha querido que encaje.

Nerea lo miró de reojo.

—Llevas tiempo pensando eso.

—Desde que Leo dijo que no le cuadraba del todo. —Gonzalo señaló con la barbilla hacia la entrada del almacén—. Ahí está.

La furgoneta blanca salió despacio por la barrera, giró a la derecha y tomó la nacional hacia el sur. Gonzalo arrancó sin prisa, dejando que un coche se interpusiese entre ellos.

Siguieron a Manuel durante casi dos horas.

Tres entregas en clínicas de Pontevedra, una en una farmacia de Caldas, otra en una residencia de mayores en Portas.

En cada parada el mismo ritual: Manuel bajaba, cogía las cajas del interior de la furgoneta, entraba, salía, firmaba el albarán y arrancaba.

Nada fuera de lo habitual. Gonzalo aparcaba cada vez a distancia suficiente, Nerea fotografiaba con el móvil sin bajar la ventanilla.

—Es muy metódico —dijo Nerea después de la tercera parada.

—Los repartidores lo son. Es un trabajo de rutinas.

—No me refiero a eso. —Nerea bajó el móvil—. Mira cómo cierra la furgoneta cada vez que baja a hacer el reparto. Dos veces. Siempre dos veces.

Gonzalo no dijo nada pero lo anotó mentalmente.

Después de la parada en Portas, Manuel tomó una desviación que Gonzalo no esperaba. Salió de la ruta habitual por una comarcal que subía entre fincas y eucaliptos hacia el interior.

—Esto no está en la hoja de ruta que nos pasaron —dijo Nerea mirando el teléfono.

—No. —Gonzalo redujo la velocidad—. Y tampoco hay ninguna clínica por aquí.

Siguieron a distancia. La furgoneta redujo la marcha al entrar en un pueblo pequeño, cuatro calles y un bar con la persiana a medio subir, y aparcó junto a un bloque de pisos de ladrillo visto. Un edificio sin nombre, sin rótulo, sin nada que justificase una entrega de material médico.

Gonzalo aparcó cincuenta metros más atrás, con el motor en marcha.

Manuel se bajó de la furgoneta. Abrió las puertas traseras, sacó un paquete pequeño, rectangular, envuelto en plástico negro, y lo sostuvo bajo el brazo. Luego cerró las puertas dos veces.

Se quedó en la acera. Miró el móvil. Volvió a mirar la calle en las dos direcciones con impaciencia, como quien espera algo que sabe que va a llegar pero no sabe exactamente cuándo.

Nerea tenía el móvil levantado, fotografiando.

—¿Llamo a Leo? —dijo en voz baja, como si Manuel pudiese oírla desde ahí.

—Espera —dijo Gonzalo sin apartar los ojos de la acera.

Pasaron dos minutos. Tres.

Entonces, desde el fondo de la calle, apareció una figura. Andaba deprisa, con la cabeza baja. Sudadera negra con capucha subida, mochila al hombro. No levantó la vista en ningún momento.

Cuando llegó a la altura de Manuel se detuvo apenas un segundo. Manuel le tendió el paquete. La figura lo metió en la mochila sin pararse, sin decir nada que pudiesen ver desde el coche, y siguió andando sin girarse.

Manuel volvió a la furgoneta. Arrancó y desapareció por la misma comarcal por la que había llegado.

La figura de la sudadera dobló la esquina y se perdió de vista.

Gonzalo tenía el móvil en la mano.

—Ahora sí —dijo Nerea.