Donde acaba el camino 34.
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34.

Llegaron a la comisaría pasadas las doce. Gonzalo y Nerea ya estaban de vuelta, con los abrigos puestos todavía y cara de haber conducido mucho para sacar poco. Lucas y el juez Gutiérrez estaban en la sala ya.

—¿Qué tal las clínicas? —dijo Leo dando un sorbo a un vaso de agua.

—Ocho visitas —dijo Gonzalo—. Siete sin nada destacable.

En la mayoría ni recuerdan al repartidor, es alguien que aparece, deja las cajas y se va.

—Hizo una pausa—. Pero en la última, una veterinaria en Caldas, nos han contado algo curioso.

Hace un mes les llegó una caja de bisturís que no habían pedido.

Leo levantó la vista.

—Una caja entera, con el albarán de entrega correcto y todo.

—Siguió Nerea, abriendo la libreta—. La responsable nos ha dicho que pensaron que la distribuidora se había confundido de destinatario, que a alguien le faltaría esa caja y a ellos les sobraba.

Llamaron para avisar pero les dijeron que el pedido estaba bien registrado a su nombre.

Lo achacaron a un error informático y guardaron la caja.

—¿La tienen todavía?

—Sí. Les hemos pedido que no la toquen, que mandamos a la Científica a recogerla.

Leo asintió despacio.

—Vamos, que no solo no entrega todo lo que lleva en la furgoneta, también altera pedidos a nombre de clínicas para que les llegue material de sobra —dijo Andrea mirando por la ventana—. Así se asegura que siempre llevará en la furgoneta lo que necesita.

—¿Pero y entonces por qué entregó esa caja a la clínica? —preguntó Leo.

—A lo mejor no repartía ese día, o simplemente se olvidó de que la llevaba.

—Andrea se levantó de la silla, como emocionada—.

Imagínate que eres el repartidor y necesitas bisturís para tu próximo asesinato.

Haces el pedido en nombre de una clínica que sabes que está en tu ruta de entrega.

Lo puedes hacer por internet directamente, para que conste como real.

Puedes poner el nombre del responsable de la clínica incluso, pues conoces a todos.

Pero cuando empiezas a repartir la semana siguiente ves que otra clínica ha pedido el material que necesitabas así que no te arriesgas a esperar a tu pedido falso, robas directamente el de ese día.

Eso explicaría ambas incidencias, pues ya no necesitas coger el próximo y puedes camuflarlo como que se han traspapelado los envíos —dijo Andrea de carrerilla, acelerándose cada vez más.

—Andrea, no corras, eso es mucho suponer. Vamos a darle una vuelta luego.

—¿Como que no corra, inspector? —El juez se levantó de su silla—.

Su compañera tiene una hipótesis más que probada, todo encaja.

Ese Manuel es el principal sospechoso, tiene móvil, y tenemos una explicación a cómo se hace con todo el material.

—Levantó el tono de voz—. Tenemos que detenerlo cuanto antes.

Leo y Andrea cruzaron las miradas. La subinspectora agachó la cabeza y se volvió a sentar en su silla.

—¿De Manuel, qué tenemos al final? ¿Qué ha pasado hoy? —Leo cambió de tono, mirando a Nerea.

—Día libre confirmado —dijo su compañera—. La patrulla lo ha tenido localizado toda la mañana. Ha salido a hacer recados, ha estado en casa, nada fuera de lo habitual. —Una pausa—. Mañana vuelve a repartir.

Leo se levantó y cambió el tono.

—Manuel es nuestro principal sospechoso ahora mismo.

La teoría de Andrea tiene sentido y explicaría muchas cosas, pero no me acaba de cuadrar del todo.

Nosotros dos vamos a trabajar en ello. —Miró a su compañera y esta asintió—.

Vosotros volved a repasar los pedidos, tiene que haber algo.

Mirad las otras distribuidoras de España por si encontrarais algo distinto en el patrón, sólo entregas en Galicia.

Se levantaron de sus sillas.

—A las seis, inspector. —Le dijo el juez saliendo de la sala.

Todos se pusieron con sus tareas. La sala estaba en silencio, sólo el ruido de las páginas y algún clic de ratón. Pasaban pocos minutos de las dos cuando le vibró el móvil.

Era un mensaje de su madre:

Ya estamos en casa, qué cocina más mona tiene Javier. Tu padre dice que hay cosas que arreglar. Un beso hijo.

Leo leyó el mensaje dos veces y lo dejó boca abajo en la mesa con algo parecido a una sonrisa.

—Andrea, ¿un café? —le preguntó Leo levantando la cabeza.

Los dos fueron a la máquina de café despacio.

—Siento si antes he corrido demasiado, Leo. Todas las piezas me han encajado, pero me tendría que haber esperado a hablarlo contigo primero.

—No pasa nada —Leo le pasó el brazo por encima del hombro—, ya se nos ocurrirá algo.

No dijeron nada más hasta que ambos tuvieron el café en la mano.

—¿De verdad crees que Manuel es el asesino? —Leo rompió el silencio.

—Todo encaja, ¿no crees? Tiene devoción por la virgen, conoce la zona, tiene acceso al material…

—A mí no me encaja todo… ¿Cómo conoce a los peregrinos? No tiene sentido que Tobías tuviese una estampita de la santa, ni que supiese de su deseo.

Andrea se quedó mirando a su café, con la cabeza baja.

—¿Y si los conoció haciendo el Camino? Y como es muy devoto les habló de la historia de santa Mariña y les regaló una imagen.

—Bueno, podría ser, todos hicieron el Camino en años distintos…

—Y si conoces a alguien caminando te abres más, le cuentas tu vida, tus sueños… Es ahí donde le podrían haber contado su deseos.

—Eso tendría más sentido, pero tenemos que confirmarlo.

Volvieron a mirarse, como sabiendo cuál era el próximo paso.

—Déjame hablar con el juez a mí, vamos a intentar confirmar esto antes de detener a Manuel, necesitamos que nos dé un día más.

Andrea asintió.

—Muchas gracias, Leo.

—Al revés, gracias a ti.

Leo llamó a la puerta del despacho de Lucas con los nudillos. Gutiérrez estaba dentro todavía, con el abrigo puesto como si fuese a marcharse en cualquier momento.

—Un minuto, señor juez.

Gutiérrez lo miró.

—Tiene hasta que llegue a la puerta.

—Manuel Rivas reparte mañana. —Leo habló despacio, sin levantar la voz—.

Si lo detenemos hoy, con lo que tenemos, en cuarenta y ocho horas está en la calle y no volvemos a acercarnos a él.

Pero si mañana lo seguimos personalmente, lo vemos en ruta, confirmamos que altera los pedidos o que roba material, tenemos algo que sostener delante de un juez.

—Delante de este juez —dijo Gutiérrez.

—Delante de usted. —Leo no apartó la vista—. Un día. Mañana a mediodía lo traemos o le doy la razón yo mismo.

Gutiérrez miró a Lucas, que no dijo nada.

—Mañana al mediodía, inspector. —Recogió los papeles de la mesa—. Y no me haga arrepentirme.

Cuando hubo salido de la sala, Lucas se volvió hacia Leo.

—No le falles —dijo simplemente.

—No le voy a fallar. —Leo se encaminó hacia la puerta—. Buenas tardes, Lucas.

Javier llegó a las ocho menos cuarto a casa. Leo estaba limpiando las navajas una a una y poniéndolas en una fuente.

—Huele bien ya —dijo asomando la cabeza a la cocina.

—Pero si no he hecho nada todavía…

—Pues la nevera huele bien.

Sus padres llegaron a las ocho con una bolsa de papel en la mano. Su madre entró primero, le dio un abrazo largo a Leo sin decir nada y cuando se separó lo miró de arriba abajo, como haciéndole un diagnóstico sin preguntar nada.

—Estás delgado.

—Estoy igual, mamá.

—Estás delgado y tienes ojeras. —Se giró hacia la cocina—. ¿Qué nos vais a hacer para cenar?

Su padre entró detrás con la bolsa. Antonio era un hombre de pocas palabras repartidas con criterio: las gastaba cuando tenía algo concreto que decir y el resto del tiempo miraba, asentía o dejaba que los demás llenaran el espacio.

Tenía una barriga pronunciada que llevaba con la naturalidad de quien ha dejado de pelear contra ella, unas entradas en el pelo acuciadas, pero pelo largo por detrás recogido en una coleta corta, y las manos grandes y curtidas de quien había trabajado la madera toda la vida.

Le dio a Leo una palmada en el hombro que valía por mucho.

—¿Qué tal, padre?

—Aquí. —Dejó la bolsa en la mesa—. Hemos traído un Mencía de allí abajo. El de la tienda del puerto.

—Perfecto.

Javier abrió la botella mientras Leo ponía las navajas a la plancha.

La cocina se llenó de un olor a mar y a mantequilla que Leo asociaba con las cenas buenas, con las noches en que no había prisa.

Su madre puso la mesa sin que nadie se lo pidiese, sacando los platos del primer armario que abrió, que era el correcto.

—¿Cómo lo sabías? —le preguntó Javier señalando el armario.

—Porque las cocinas se ordenan igual en todas partes —respondió ella con una lógica que no admitía discusión.

Se sentaron los cuatro. Su padre sirvió el vino con parsimonia, llenando cada copa exactamente igual, sin preguntar cuánto querían.

—Buenas navajas —dijo Antonio después del primer mordisco.

—Son de Moncho —dijo Leo.

Su padre asintió.

—¿No sabes quién es Moncho, verdad? —le dijo Javier riéndose.

La conversación fue de la obra de la casa a las plantaciones de Javier, de las plantaciones al tiempo, del tiempo a una vecina de Madrid que Mari Carmen mencionó con el suficiente detalle para que quedase claro que había hecho algo que no le había parecido bien, aunque nunca dijo exactamente qué.

Antonio escuchaba sin intervenir, con la copa en la mano y una expresión entre paciente y levemente divertida que Leo reconocía de toda la vida.

—¿Y vosotros, cómo estáis aquí? —preguntó su madre mirando a los dos—. ¿Os habéis adaptado bien?

—Muy bien —dijo Javier—. El trabajo es distinto pero me gusta más. Y la casa va avanzando, el fin de semana os la enseñamos.

—Tu padre ya está impaciente. —Mari Carmen miró a Antonio.

—Quiero ver cómo tienen el techo —dijo él, que era exactamente lo mismo que decir que estaba impaciente.

—¿Y tú? —Su madre miraba a Leo.

—Bien. —Leo cogió la copa—. Me gusta la zona. La gente es buena.

—¿Y el trabajo?

Leo la miró un momento.

—Mamá.

—Es una pregunta normal, Leo.

—Es una pregunta normal con una intención detrás.

Su madre abrió las manos con una expresión de inocencia que no creyó nadie en la mesa, incluido Antonio, que miraba el mantel.

—Solo pregunto cómo estás.

—Estoy bien —comentó con más suavidad—. Es un caso complicado pero estamos avanzando.

—¿Los peregrinos? —dijo su padre sin levantar la vista del plato.

Leo lo miró. Antonio siguió comiendo.

—Lo vi en las noticias —dijo simplemente.

—Sí —dijo Leo—. Esos. —Cogió la última navaja de la fuente y cambió de tema—. Oye Javi, ¿has podido mirar lo que te mandé?

Javier señaló con el tenedor hacia el portátil que había dejado en el sofá.

—Me ha llegado bien esta vez. Esta noche o mañana me pongo, que hoy he tenido el día hasta arriba con las plantaciones. En cuanto tenga algo, te digo.

—Sin prisa. —Leo cogió la copa—. Bueno, sin mucha prisa.

Su madre recogió los platos con una eficiencia de quien lo hace antes de que nadie se ofrezca. Javier abrió otra botella. Antonio se recostó en la silla y miró por la ventana hacia la oscuridad de la ría con la copa en la mano.

—Se está bien aquí —dijo.

Leo lo miró un momento y luego miró también hacia la ventana, hacia la ría oscura y quieta.

—Sí —dijo—. Se está bien.