Donde acaba el camino 33.
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33.

Aparcaron en el mismo sitio que el día anterior. La explanada estaba vacía, el cielo blanco y quieto, sin amenaza de lluvia pero sin sol tampoco. Leo bajó de la furgoneta y miró hacia la iglesia. La puerta seguía cerrada.

Estaban llamando a la puerta cuando oyeron pasos en el camino. La mujer del abrigo oscuro del día anterior se acercaba desde la calle con un ramo de flores en la mano. Leo la reconoció al momento. Ella también los reconoció.

—Buenos días. —Se detuvo frente a ellos con naturalidad—. Vienen a ver al párroco, ¿verdad? No ha llegado todavía, pero no tardará. —Miró la iglesia—. Si quieren esperarle, el cementerio está aquí al lado, es muy bonito. Los acompaño yo, que tengo que ir de todas formas.

Andrea miró a Leo.

—Con mucho gusto —dijo Andrea.

Rodearon el lateral de la iglesia por un camino de tierra. El cementerio estaba detrás, separado por un muro bajo con una cancela de hierro que chirriaba al abrirse. La mujer entró sin dudar, con el paso de quien conoce cada lápida de memoria.

—Mi Ramiro lleva aquí doce años ya —dijo sin girarse—. Vengo todos los días. Con buen tiempo y con malo.

Se detuvo junto a un ciprés, ante una lápida de granito con una fotografía ovalada. Dejó el ramo nuevo en el suelo, cogió el que había en el jarrón de piedra y se incorporó para tirarlo.

Leo se quedó quieto.

Las flores que tenía en la mano eran las mismas que ya habían visto.

No parecidas. Las mismas: tallos finos, pétalos pequeños de un blanco amarillento, atadas con un hilo de esparto.

Iguales a las de Portas, a las de Carracedo y a los restos aplastados que Rocío había encontrado en el bolsillo de Carlos.

—Perdone —dijo Leo con cuidado—. ¿De dónde ha sacado esas flores? Las que va a tirar, digo.

La mujer las miró como si no se hubiese fijado en ellas hasta ese momento.

—Las encontré ayer en la plaza, junto al cruceiro, cuando venía para acá. Estaban en el borde del pilón, atadas así, como un ramo pequeño. Me parecieron bonitas y las cogí para traérselas a Ramiro. —Miró la lápida un momento—. Hoy recordé que tenía estas nuevas en casa y he venido a cambiarlas.

—¿A qué hora las encontró?

—Por la mañana temprano. Vengo siempre a primera hora.

Leo hizo un cálculo rápido. El día anterior, cuando estuvieron allí, esa señora salía del cementerio. Había recogido las flores antes de que ellos llegasen y las dejó en el cementerio, por eso no las vieron en el lavadoiro.

—¿Le importaría que nos quedásemos con ellas?

La mujer lo miró un momento. Luego miró las flores. Luego volvió a mirarlo a él.

—Si sirven de algo… —Las tendió hacia Leo con un gesto tranquilo.

—Muchas gracias. —Leo las cogió con cuidado y las introdujo en la bolsa de pruebas de plástico que Andrea ya había sacado de su bolsillo.

La mujer colocó las flores nuevas en el jarrón, se santiguó mirando la lápida y se volvió hacia ellos.

—El párroco ya estará llegando —dijo, mirando a la lápida.

Andrea entendió que la mujer les estaba pidiendo quedarse a solas. Tiró de la chaqueta de Leo, que la miró extrañado. Su compañera le hizo un gesto con la cabeza apuntando hacia la salida del cementerio.

—Que tenga buen día, señora —se despidió Andrea en voz baja.

La mujer no respondió, estaba murmurando mientras miraba al cielo y a la lápida alternativamente.

Cuando llegaron a la explanada, la puerta de la iglesia estaba abierta ya.

La nave era más estrecha que la de Carracedo, con los bancos más juntos y el techo más bajo. Olía a cera y a piedra húmeda. Al fondo, junto al altar, un hombre de espaldas doblaba un paño con movimientos pausados y metódicos.

Leo lo reconoció antes de que se girase: la misma figura delgada del día anterior de Carracedo.

Camilo se giró cuando oyó los pasos. No mostró sorpresa al verlos, o la disimuló muy bien.

—Inspectores. —Una pausa breve—. No esperaba volver a encontrarlos tan pronto.

—Nosotros tampoco —dijo Leo.

Camilo dejó el paño doblado sobre el altar y se acercó despacio.

—¿Puedo ayudarles en algo?

—Ayer, cuando estuvimos en Carracedo, nos dijo que no conocía a nadie que respondiese a esta descripción. —Leo sacó la libreta—. Pelo oscuro con canas, cuarenta y tantos, mochila grande.

Camilo escuchó sin pestañear.

—Lo recuerdo. Y sigo sin conocer a nadie así.

—Unos peregrinos nos aseguraron ayer que vieron entrar a alguien con llave en esta iglesia —dijo Leo fijando la mirada en él—. ¿Hay alguien más que tenga llave de aquí?

Camilo lo miró un momento antes de responder.

—De esta iglesia tienen llave el párroco y Dios. Y los dos vivimos cerca. —Una pausa—. Si alguien entró aquí con llave, o forzó la cerradura o hay una copia que yo no sé que existe.

—¿Podría haberse hecho una copia sin su conocimiento?

Camilo abrió las manos.

—Las llaves están en la rectoría. No bajo llave, lo reconozco. Entran algunos para dejar cosas, para rezar cuando yo no estoy… No siempre estoy pendiente de todo. —Lo dijo sin ponerse a la defensiva, como quien acepta un límite—. Pero nunca me ha faltado nada.

Leo miró alrededor. El portavelas debajo de la imagen de santa Mariña. Fue hacia él despacio. Había tres cirios encendidos, de distintas alturas.

—¿Los encendió usted?

—Dos de ellos. El de la derecha no sé quién lo puso. —Camilo se acercó también—. Lo vi esta mañana cuando abrí. Pensé que sería alguien que hubiese entrado ayer mientras yo no estaba.

Leo miró la vela. Nueva, casi sin consumir. La fotografió con el móvil.

—¿Conoce bien a santa Mariña de Augas Santas? —preguntó Andrea cambiando de tema.

Una sombra de algo cruzó la cara de Camilo. Tan rápida que Leo no habría sabido decir qué era.

—Conozco bien a todos los santos de esta diócesis, subinspectora. Es mi trabajo. —Una pausa—. Santa Mariña de Augas Santas tiene una devoción muy arraigada en esta zona. Las fuentes, la purificación… Es una de las santas más antiguas de Galicia.

—¿Reparte usted estampitas a los peregrinos que pasan por sus parroquias?

Camilo lo miró.

—Las hay en todas mis iglesias, en la mesita de la entrada. Los peregrinos las cogen si quieren. —Hizo un gesto hacia la puerta, donde había una pequeña mesita de madera con varios papeles doblados—. Es lo habitual.

Leo fue hacia la mesita. Cogió una de las estampitas con cuidado. La imagen era pequeña: una figura femenina con una espada. El diseño era algo distinto al que había en la nevera de Tobías, pero estaba claro que la santa era la misma.

La fotografió sin decir nada y la dejó en su sitio.

—Muchas gracias, Camilo. —Leo se giró hacia la puerta—. Si recuerda algo más sobre esa llave o sobre alguien que haya pasado por sus parroquias en las últimas semanas, llámenos.

Le tendió la tarjeta. Camilo la cogió con las dos manos, como hacen los que están acostumbrados a recibir cosas con respeto.

—Lo haré. —Los acompañó hasta la puerta—. Que tengan buen día, inspectores.

Salieron a la explanada. La cancela del cementerio seguía abierta al fondo. Leo no miró atrás.

Cuando llegaron a la furgoneta Andrea se detuvo antes de abrir.

—¿Le has creído?

Leo tardó un momento en responder. Metió la bolsa de plástico con las flores en la guantera con cuidado.

—He creído cada palabra que ha dicho —dijo cerrando la guantera—. Y eso es lo que me preocupa.

—¿Nos vamos a ver a Ramón? —preguntó Andrea manipulando el GPS.

Leo asintió.

El taller tenía el cierre metálico a media altura, como quien ha salido un momento y no ha querido bajarlo del todo. Leo se agachó para mirar dentro. Las luces estaban apagadas, pero había herramientas por el medio, no pegaba con el orden que solía haber en ese taller.

—Hora del bocadillo —dijo Andrea mirando el reloj.

Probaron con el bar más cercano, vieron el cartel de Estrella Galicia colgado de la pared desde el propio taller.

Estaba a menos de cien metros, en la misma calle sin salida.

Una terraza con cuatro mesas de plástico blanco, ninguna ocupada con el frío que hacía, y dentro un mostrador largo con taburetes y una televisión en el rincón con el volumen bajo. Olía a café y a tortilla recién hecha.

Ramón estaba en el último taburete, de espaldas a la puerta, con un bocadillo a medio comer encima de la barra y un café con leche al lado.

Llevaba el mono de trabajo puesto todavía, y estaba sentado de una manera algo extraña, con la pierna derecha estirada hacia afuera buscando una postura cómoda para su maltrecha cadera.

Leo se sentó en el taburete de al lado sin avisar. Andrea se quedó de pie un paso detrás, apoyada en la barra.

Ramón lo miró de reojo. No dijo nada durante un momento.

—Otra vez —dijo al fin, sin hostilidad pero sin alegría.

—Otra vez —confirmó Leo—. ¿Le pido algo?

Ramón miró su café.

—Estoy bien.

Leo le hizo un gesto al camarero. Le pidió dos cafés con leche cuando se acercó. El hombre asintió sin preguntar nada y se dio la vuelta.

—No venimos a complicarle la vida —dijo Leo apoyando el codo en la barra—. Solo una pregunta y nos vamos.

Ramón cogió el bocadillo y le dio un mordisco sin responder, que ya era una manera de responder.

—¿Tobías era creyente?

Ramón masticó despacio. Dejó el bocadillo en la barra y cogió el café.

—No le he visto en misa nunca, si es lo que me pregunta.

—No exactamente. —Leo esperó a que el camarero dejase los dos cafés y se alejase.

Le tendió uno a su compañera y le dio un sorbo al suyo —.

Nos interesa más el primer Camino de Tobías, si lo hizo por alguna razón espiritual.

—Hizo una pausa—. Y queremos saber si Tobías le contó algo así alguna vez durante estos cuatro años.

Ramón sostuvo su café en la mano un momento sin beberlo. Miró la televisión del rincón, donde un presentador movía los brazos sin que se oyese lo que decía.

—Una noche —dijo al fin—. Nos quedamos los dos cerrando el taller después de una jornada larga y acabamos en este mismo bar tomando unas cervezas. No era habitual, Tobías no era de esos que cuentan sus cosas. Una vez en cuatro años, que yo recuerde.

Leo no dijo nada. Dejó que Ramón buscase el hilo solo.

—Me habló del primer Camino. Que lo había hecho con un amigo danés, que lo pasaron bien pero que no iban con ninguna intención religiosa, ya sabe, dos chavales jóvenes que querían conocer España.

—Ramón dejó el café en la barra—. Pero me dijo que en una de las iglesias del recorrido un párroco los paró.

Que les dio una estampita a cada uno y les dijo que si la guardaban con ellos y pedían algo cuando llegasen a Santiago, se cumpliría.

—Hizo una pausa—. El amigo se rio, según Tobías, y tiró la estampita a los dos metros.

Pero Tobías la guardó. No sé si se lo creyó del todo o si fue por si acaso, ya sabe cómo son estas cosas.

—¿Y le dijo si pidió algo?

Ramón asintió despacio.

—Sí. Recuerdo esta conversación porque salió cuando yo le pregunté qué hacía en España, que cómo había llegado a vivir aquí.

—Miró el café, como con tristeza al recordar a su empleado—.

Me dijo que pidió cambiar de vida y venir a vivir a España.

Y al año siguiente estaba aquí, trabajando conmigo.

—Otra pausa—. Me lo contó sin darle demasiada importancia, como algo que le había pasado y punto.

Pero se le notaba que lo tenía guardado en algún sitio.

Leo cogió el café y dio un sorbo. Andrea tenía la libreta abierta pero no escribía, solo escuchaba.

—¿Le mencionó al párroco? ¿Cómo era, dónde estaba la iglesia?

Ramón negó con la cabeza.

—Solo me dijo que era una iglesia pequeña en el Camino. Nada más. —Los miró a los dos—.

—Muchas gracias, Ramón. —dijo Leo dejando el café en la barra y sacando un billete—.

Ramón cogió su bocadillo y volvió a mirar la televisión.

—Espero que lo resuelvan pronto —dijo sin girarse—. Por los peregrinos, digo.

Leo asintió y le tendió la mano a Ramón. Andrea hizo lo mismo y ambos salieron del bar. En la calle el aire olía a tierra mojada y a eucalipto.

—O sea, que Tobías guardó la estampita. —dijo Andrea en cuanto llegaron a la furgoneta.

—Y lo que pidió se cumplió. —Leo abrió la puerta—.

Andrea se quedó quieta un momento con la mano en la puerta.

—Vamos, que el criterio no es hacer el Camino. Es guardar la estampita y que el deseo se cumpla.

—Eso parece. —Leo arrancó—.

Ninguno de los dos dijo nada más hasta que la furgoneta tomó la carretera de vuelta a Vilagarcía.