Donde acaba el camino 32.
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32.

Se despertó antes de que sonase la alarma. La habitación estaba en penumbra, y lo primero que pensó fue en la reunión de la tarde anterior con el juez, no podía quitársela de la cabeza.

Javier ya estaba en la cocina cuando bajó, con una taza en la mano y el portátil abierto encima de la mesa.

—¿A qué hora tienes que salir? —dijo sin girarse.

—Pronto. —Leo se sirvió café y se apoyó en la encimera—. ¿Tú?

—Ahora mismo. Hoy empiezan con las últimas plantaciones y tengo que estar allí para marcar los tramos.

Leo lo miró. Javier tenía la misma cara de siempre cuando hablaba del viñedo, una mezcla de cansancio y satisfacción que Leo nunca había sabido imitar con ninguna otra cosa.

—¿Y cómo lo llevas?

—He estado semanas mirando orientaciones, pendientes, dónde le da el sol cada tramo del día. Más tiempo con mapas y con números que pisando la finca. —Cerró el portátil—. Pero merece la pena hacerlo bien desde el principio.

—Yo no entiendo cómo puede funcionar eso…

Javier se encogió de hombros.

—Si te consuela, yo a veces tampoco lo entiendo —le dijo con una sonrisa.

Leo sonrió de vuelta. Se quedaron un momento en silencio, los dos con la taza en la mano.

—Oye —siguió Javier —de lo tuyo, de lo que hablamos el otro día, no me ha llegado nada aún. Si no quieres que le eche un ojo porque te meto en un lío no pasa nada, ya lo sabes.

—Si te lo mandé ayer por la mañana. —Sacó el móvil y fue al correo enviado. Lo buscó un momento y cuando lo encontró se quedó quieto—. Joder.

—¿Qué?

—Se lo mandé a Javier García. El primero que me salió en el buscador de la red interna —comentó sin levantar la vista de la pantalla—. Hay un Javier García en la Oficina de Comunicación de la Jefatura Provincial.

Javier lo miró.

—¿Y eso qué es?

—El gabinete de prensa. —Leo dejó el móvil encima de la mesa—. Mierda.

Javier abrió la boca y la volvió a cerrar.

—O sea, que lo de las noticias de internet de ayer… —Dejó la frase en el aire.

—Es muy posible. —Leo se tapó la cara con las manos—. Seguramente pensó que le estaba llegando algo que tenía que gestionar. No incluí nada de información, pero como venía el nombre y el código del caso… Seguro que buscó algo de manera interna y lo pasó a la prensa.

—¿Y entonces yo me quedo sin el fichero?

Leo lo miraba con las dos manos en la taza, calentándose las manos. Se miraron un momento y no dijeron nada más del tema. Incluso en momentos donde se sentía mal consigo mismo, su hermano conseguía hacerle sonreír.

—Papá y mamá llegan a mediodía —dijo Javier cambiando de tema.

—Lo sé. No sé si voy a poder estar.

—No te preocupes, yo tampoco, quién pudiera estar jubilado… Esta noche los vemos. —Javier cogió las llaves de encima de la mesa—. ¿Te pasas tú por el mercado o me paso yo?

—Me paso yo de camino a la comisaría. —Leo acabó el café—. ¿Qué quieres?

—Navajas, si tienen. Ya sabes que les encantan y así las hacemos esta noche en casa.

Leo asintió mientras le daba un sorbo a su café y veía cómo su hermano se ponía la chaqueta.

—Leo. —Se detuvo antes de salir—. Come algo antes de irte, que un café ni es desayunar ni es nada.

La mañana estaba gris pero sin lluvia. Bajó por el paseo, cruzó hacia el centro y llegó a la plaza de abastos cuando los puestos llevaban ya un rato abiertos.

El edificio era de piedra y cristal, con una solidez de mercado antiguo que huele igual desde siempre: a mar, a hielo y a algo indefinible que Leo asociaba desde niño con las mañanas de sábado. Fue directo al edificio de pescado, donde el ruido era mayor y el suelo brillaba de agua.

Moncho era un hombre de unos sesenta años, ancho de hombros, con las manos grandes y rojizas de quien lleva décadas entre el hielo y el mostrador. Tenía el pelo canoso muy corto y una forma de mirar que no era desconfiada sino directa, de los que no pierden el tiempo. Lo vio llegar desde lejos.

—Mira quién aparece. —Se secó las manos en el delantal—. No te veía desde antes de Navidad.

Tenía el acento cerrado del interior de la ría, usaba vocales largas y acababa las frases en alto, que hacía que todo sonase a la vez tranquilo y rotundo.

—Estaba ahorrando después de lo que me cobraste por los percebes. —Leo le guiñó un ojo para después mirar el género—. ¿Tienes navajas?

—Tengo unas navajas de la ría que están de escándalo. ¿Cuántas quieres?

Mientras las pesaba, Leo notó que lo miraba de reojo con una expresión que conocía bien.

—He visto lo del periódico —dijo al fin, sin levantar la vista del papel de estraza—. Lo de los peregrinos.

—Ya.

—¿Sois vosotros?

—No puedo decirte nada, Moncho.

— Home , claro. —Resopló por la nariz—. Pero algo será, que pusieron al inspector de Madrid para resolverlo.

Leo no dijo nada.

—Es que aquí la gente está un poco… ya sabes. El Camino trae mucho turista, mucho dinero. Si se corre la voz de que hay un tolo suelto por las etapas…

—Estamos en ello.

—Ya, ya. —Moncho asintió despacio, con ese gesto que significa a la vez «me alegro y más te vale»—. Estas están do carallo , ya verás —le dijo pasándole la bolsa por encima del mostrador—.

Leo pagó y metió la bolsa en otra que traía de casa.

—Bueno, marcho, que tengo que marchar.

—Claro, claro. —Moncho lo miró con una media sonrisa—. Ya casi pareces de aquí, ¿eh?

Leo no contestó, pero algo en la cara le debió de cambiar porque Moncho se rio solo mientras atendía al siguiente.

Llegó a la comisaría con la bolsa en la mano. Nerea lo vio entrar y frunció el ceño.

—¿Qué traes ahí?

—Navajas. Las meto en la nevera hasta esta noche.

—¿Navajas? —Nerea lo miró—. Nos va a oler toda la nevera a pescado… —dijo con voz de pito mientras se tapaba la nariz con la mano, simulando que olía mal—.

—Ya te lo recordaré cuando sea Gonzalo el que traiga los percebes para vuestra cena romántica —dijo con una sonrisa.

Leo cogió el paquete y lo llevó a la nevera de la sala de descanso. Cuando volvió, el tono había cambiado solo.

—¿La patrulla que sigue a Manuel?

—Sin novedades. —Gonzalo giró la silla—. Esta mañana no ha salido a repartir. El almacén abrió a las siete y media, pero él no ha pasado por allí.

—¿Enfermo, día libre o algo más?

—No lo sabemos todavía.

Leo asintió despacio.

—Vale, vamos a esperar un poco. Mientras, vosotros dos, seguid con las clínicas. Las que aparecen en los pedidos aunque no tengan incidencias. Alguien puede recordar algo, una cara, un coche aparcado dos veces seguidas. Lo que sea.

—Entendido —dijo Nerea, que ya tenía la lista encima de la mesa.

—Nosotros vamos a Arcos da Condesa. —Miró a Andrea—. A ver si pillamos al párroco esta vez y podemos entrar en la iglesia. Y de ahí nos vamos a ver a Ramón de nuevo.

—¿Quedaste con alguno? —preguntó Andrea levantándose.

—No quedé. Prefiero pillarlos sin aviso.

Andrea cogió las llaves sin decir nada.

—A las seis debemos tener algo —dijo desde la puerta—. Recordadlo.