31.
Llegaron a la comisaría pasadas las seis. La sala estaba en silencio, Gonzalo con el ordenador abierto y Nerea con la libreta encima de la mesa. Los dos levantaron la vista cuando entraron.
—¿Qué tal la patrulla de vigilancia? —dijo Leo dejando el cortavientos en la silla.
—Arrancaron a las cuatro. De momento nada fuera de lo habitual, Manuel ha hecho dos entregas y está de vuelta en el almacén. —Gonzalo cerró una pestaña—. ¿Vosotros?
Leo se sentó. Andrea también.
—Nuno era tenor. —Lo dijo sin preámbulos—. Cantaba en el Conservatorio Nacional de Lisboa. Entró hace seis años después de intentarlo durante mucho tiempo. Su mujer dice que cuando volvió del primer Camino, algo cambió en él.
Gonzalo y Nerea se miraron.
—La campanilla —dijo Nerea en voz baja.
—Sí. —Leo abrió la libreta—. Y Carlos hizo su primer Camino hace cuatro años. Y al año siguiente le dieron la estrella. Su hermano dice que también atribuyó el cambio al Camino.
La sala quedó un momento en silencio.
—O sea, que los tres hicieron su primer Camino —dijo Gonzalo despacio—, los tres volvieron distintos, los tres consiguieron lo que querían justo después. Y los tres tenían la estampita de santa Mariña desde entonces.
—De Tobías no sabemos si se encontró con el mismo hombre —puntualizó Leo.
—¿Vamos mañana a ver a Ramón por si sabe algo? —preguntó Andrea mirándolo.
Leo asintió por toda respuesta.
—¿Y el hombre volvió a cruzarse con ellos? —dijo Nerea, que tenía el bolígrafo en la mano pero no escribía—. ¿Cómo sabía que sus deseos se habían cumplido?
—Eso es lo que no sé todavía. —Leo se recostó en la silla—. Pero los tres siguieron haciendo el Camino después. Tobías cada año, Nuno al menos dos veces más, para Carlos esta era su segunda vez. Si el asesino también lo hace…
—Se los fue encontrando —dijo Andrea.
—O los buscó. —Leo miró al techo un momento—. Pensad en los tiempos. Nuno hizo su primer Camino hace seis años, Tobías hace cinco, Carlos hace cuatro. —Hizo una pausa—. No es casualidad el orden.
—Pero a Tobías lo encontramos antes que a Nuno —dijo Gonzalo—. No encaja.
—Pero a Nuno lo mató antes, según Rocío llevaba mucho tiempo en el agua. O sea, que sí los mató en orden.
—Eso parece. Lo que significa que hay alguien que lleva seis años con esto en la cabeza como mínimo. —Leo bajó la vista—. Y que es muy paciente.
—Joder —dijo Gonzalo en voz baja.
La puerta de la sala se abrió. Era Lucas, con una expresión que Leo no le había visto antes: no era la de quien trae malas noticias sino la de quien sabe que las malas noticias ya han llegado solas.
—Leo. —Se detuvo en el umbral—. Gutiérrez está aquí.
Como si lo hubiese invocado, se oyeron pasos rápidos en el pasillo y la voz del juez antes de que apareciese en la puerta, con el abrigo puesto y el móvil en la mano, la pantalla hacia Leo.
—¿Esto qué es? —dijo.
Leo cogió el móvil. Una noticia de un periódico digital, publicada hacía menos de dos horas. Una foto del despliegue policial en el lavadoiro de Caldas, tomada desde lejos pero reconocible. El titular era: «Tres peregrinos muertos en el Camino Portugués: ¿un asesino en serie en Galicia?».
Leo le devolvió el móvil sin decir nada.
—A mi despacho —dijo Lucas—. Los dos.
Gutiérrez ya estaba dentro cuando llegaron, de pie junto a la ventana como siempre, aunque esta vez no miraba la calle. Se giró en cuanto entró Leo.
—Han sumado dos más dos con la noticia de las Fervenzas y esto ya está en todos los digitales. —Dejó el móvil encima de la mesa de Lucas—. Mañana lo tienen los nacionales. —Miró a Leo—. ¿Cuántos más necesitamos para detener a alguien? ¿Qué tienen del tal Ramón ese?
Leo le resumió todo y le habló de Manuel. Las rutas, las incidencias en los pedidos, la estampita en el salpicadero, el nerviosismo. La vigilancia discreta que había arrancado esa tarde.
Gutiérrez escuchó con los brazos cruzados y una expresión que fue endureciéndose conforme Leo hablaba.
—Deténgalo —dijo cuando Leo terminó.
—Todavía no tenemos suficiente para sostener una detención.
—Tiene acceso al material, conoce la zona, tiene un móvil religioso y me dice que estaba nervioso cuando sus compañeros hablaron con él. —Gutiérrez levantó la voz por primera vez—. ¿Qué más necesita?
—Necesito que cuando lo siente en esa silla no se me levante a las cuarenta y ocho horas sin cargos y con un abogado detrás.
—¡Hay tres muertos, inspector! —La voz del juez llenó el despacho—. ¡Y no tardaremos en recoger al siguiente como no hagamos nada!
Lucas levantó una mano.
—Señor juez. —Su voz era tranquila pero firme—. Leo, entiendo tu posición, pero tres cuerpos en menos de una semana y un sospechoso con ese perfil es difícil de ignorar. —Miró a los dos—. ¿Qué necesitas exactamente para poder traerle?
Leo miró a Lucas. Luego al juez.
—Cruzar sus rutas con las fechas y los lugares de los tres cuerpos. Si coinciden, lo traemos. —Hizo una pausa—. Dennos hasta mañana por la tarde.
Gutiérrez recogió el móvil de la mesa. Se lo guardó en el bolsillo interior del abrigo con un gesto seco.
—Mañana a las seis de la tarde me llama. —Miró a Lucas—. Y si para entonces no tienen nada concreto, lo detenemos con lo que hay. —Se dirigió a la puerta—. Y lo de la prensa, ni una palabra. Todo pasa por mí.
Salió sin cerrar la puerta.
—Mañana a las seis —dijo Lucas mirando por la ventana.
—Lo sé. —Leo cogió el cortavientos de la silla—. Buenas noches, Lucas.
Leo volvió a la sala. Gonzalo estaba cerrando el ordenador, Nerea guardando la libreta y Andrea tenía el abrigo puesto ya.
—Hasta mañana —dijo Leo.
Lo dijo sin energía, como quien suelta algo que pesa. Nadie preguntó nada.
Salió a la calle. El aire de la noche olía a marea y a piedra húmeda. Bajó hacia el puerto con las manos en los bolsillos, sin prisa, dejando que el frío le despejase un poco la cabeza. Los barcos estaban quietos en el agua, las luces del paseo reflejándose en la ría en tiras largas y temblorosas.
Anduvo despacio hasta el chalet de Javier. Doce minutos que no aprovechó para nada en particular.