Donde acaba el camino 30.
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30.

La reunión se disolvió en cinco minutos. Leo se quedó de pie junto a la mesa mientras los demás recogían.

—Gonzalo, Nerea. —Los dos lo miraron—. Necesito que crucéis las rutas de reparto de Manuel con las fechas y los lugares donde aparecieron los tres cuerpos. Todo lo que podáis sacar de sus movimientos. Y hablad con Lucas para que pida a la unidad de vigilancia que le pongan una patrulla desde hoy.

—¿Y sus comunicaciones? —dijo Gonzalo.

—Habladlo con Lucas, si él lo ve suficiente como para pedírselo al juez, adelante. —Leo cogió el cortavientos—. Y cuando podáis, preparad un dosier con todo lo que tenemos sobre él. Si llegamos a detenerlo quiero tenerlo todo listo.

Gonzalo asintió y abrió el ordenador antes de que Leo hubiese terminado la frase.

—Andrea. —Ella ya tenía la chaqueta en la mano—. Llama a la mujer de Nuno ahora, a ver si la pillamos en Pontevedra antes de que vuelva para Lisboa.

Andrea marcó mientras bajaban las escaleras. Leo la oyó hablar en el rellano, primero en castellano, luego cambiando al inglés sin esfuerzo. Cuando llegaron al coche colgó.

—Está en el hotel todavía. Sale para Lisboa esta noche en tren. Quedamos con ella en una hora.

—Bien.

Encontraron a María en la cafetería del hotel con una taza de té sin tocar delante. Tenía el pelo suelto y una maleta pequeña apoyada en la pared a su lado. Cuando los vio entrar intentó algo parecido a una sonrisa.

Leo se sentó frente a ella. Andrea a su lado.

—Gracias por esperarnos —dijo Leo—. Intentaremos ser breves.

—Não faz mal —dijo María—. Tenho tempo.

Leo abrió la libreta.

—María, ayer nos contó que Nuno hacía el Camino desde hace seis años. Que el primero lo hizo solo.

—Sim. —Bajó la vista a la taza—. Y ahora…

—¿A qué se dedicaba Nuno?

María volvió a levantar la vista.

—Era cantor. —Hizo una pausa—. Tenor. —Lo dijo con una naturalidad que venía de años de decirlo con orgullo—. Cantava no Conservatório Nacional, em Lisboa. Era o seu sonho desde pequeno. Entrou há quatro anos.

Leo no miró a Andrea. No hizo falta.

—¿Cuándo dice que entró en el Conservatorio? —dijo Leo, manteniendo el tono, aunque empezaba a notar nerviosismo por dentro.

—Há seis anos. Tentou durante muitos anos, foi uma luta. —María cogió la taza por fin, solo para tener las manos ocupadas—. Quando conseguiu disse que era o Caminho. Que algo tinha mudado nele depois daquela primeira vez.

Leo anotó algo en la libreta, aunque no necesitaba hacerlo.

—Una última cosa —dijo Andrea—. ¿Nuno tenía alguna estampita, alguna imagen religiosa que llevase consigo o que guardase en casa?

María frunció levemente el ceño, como buscando en algún sitio.

—Sim. Uma estampinha. Não sei de que santo era, uma figura com uma espada. Estava no espelho do carro há anos. —Hizo una pausa—. Perguntei-lhe uma vez de onde tinha vindo e disse que lha tinha dado alguém no Caminho. Que lhe tinha dito que guardasse.

Leo cerró la libreta.

Se despidieron en la puerta del hotel. María cogió la maleta y el mismo policía joven de la tarde anterior la acompañó a la estación. Leo la vio alejarse por la acera sin decir nada.

—Tenor —dijo Andrea cuando ya no se la veía.

—La campanilla. —Leo miró al frente—. Ya está completo.

Fueron al Instituto Forense andando, que estaba a diez minutos.

Rocío los estaba esperando en el pasillo con la carpeta en el brazo y cara de haber tenido una tarde larga.

La familia de Carlos había llegado puntual y el reconocimiento fue breve.

Justo cuando Leo y Andrea entraron al edificio el padre salía de la sala.

Se apoyó en la pared con los ojos cerrados.

El hermano tardó un poco más en salir. Cuando lo hizo buscó a Leo con la mirada.

—¿Van a cogerle? —dijo.

—Sí —dijo Leo.

El hermano asintió. No dijo nada más.

Leo los acompañó a la misma sala pequeña donde habían estado con María el día anterior. Andrea cerró la puerta despacio.

El padre se llamaba Ernesto. Tenía el pelo completamente blanco y las manos de alguien que había trabajado toda la vida con ellas.

Se sentó despacio, con un movimiento de alguien que lleva horas con el cuerpo en tensión y no sabe todavía cómo soltarla.

El hermano, Marcos, se quedó de pie un momento antes de sentarse a su lado.

Era más joven que Carlos, eso se veía, con la misma complexión fuerte pero sin las canas.

Andrea les puso agua delante. Ninguno de los dos la tocó.

—Sé que es muy difícil —dijo Leo en voz baja—. Y les agradezco que estén aquí. Si en algún momento necesitan parar, me dicen.

Ernesto negó despacio con la cabeza, como diciéndole que siguiese.

—¿Carlos había hecho el Camino de Santiago antes de esta vez?

Marcos asintió antes de hablar.

—Una vez. Hace cuatro años. —Hizo una pausa—. Volvió muy contento. Carlos no era muy de hablar de sus cosas, pero esa vez sí. Decía que le habían sentado bien esos días, que había pensado mucho.

—¿Qué estaba pasando en su vida en ese momento?

—Estaba en un momento complicado en el restaurante. —Marcos apoyó los codos en la mesa—. Llevaba años trabajando para montar algo propio y las cosas no iban del todo bien. Deudas, problemas con proveedores, el local… —Encogió un hombro—. Al año siguiente le dieron la estrella. Todo cambió de golpe.

—¿Y esta vez? ¿Por qué volvía ahora?

Marcos y su padre se miraron un momento.

—La estrella le trajo lo que quería pero también lo que no quería —dijo Marcos—. La prensa encima todo el rato, la gente reconociéndole, las redes sociales. —Hizo una pausa—. Carlos necesitaba desaparecer unos días.

—¿Lo sabíais vosotros? ¿Que iba a hacer el Camino?

—Sí. Nos avisó antes de salir. —Marcos bajó la vista—. Dijo que en cuanto llegase a Santiago nos llamaba.

La sala quedó en silencio. Ernesto tenía las manos juntas encima de la mesa, los nudillos blancos. No había dicho nada desde que se había sentado.

—¿Su hijo llevaba alguna imagen religiosa consigo? —dijo Andrea con suavidad—. Una estampita, algo pequeño.

Ernesto levantó la vista por primera vez.

—Sí —dijo. La voz le salió ronca, como si llevase horas sin usarla—.

La llevaba en la cartera desde hacía años.

Una figura con una espada. No sé de qué santa era.

—Hizo una pausa larga—. Le pregunté una vez y me dijo que se la había dado un hombre en el Camino.

Que le había dicho que la guardase, que le traería suerte.

Leo no anotó nada. Dejó que el silencio durase lo que tenía que durar.

—Muchas gracias —dijo al cabo de un momento—. De verdad.

Ernesto asintió sin decir nada. Marcos se levantó primero y le puso una mano en el hombro a su padre. Leo los acompañó hasta la salida. Cuando el coche en el que venían dobló la esquina y desapareció, Andrea se puso a su lado.

—Los tres… —dijo—. La misma estampita. El mismo hombre en el Camino.

Rocío los esperaba en la sala de autopsias con la carpeta abierta encima de la mesa.

—Mismo pinchazo —dijo sin preámbulos—. Lunar en el lateral del cuello, lado izquierdo, técnica idéntica a los otros dos.

—Pasó una hoja—. El corte de la mano es a la altura de la muñeca, limpio, diría que con el mismo instrumento de precisión.

Todo encaja con lo visto en Tobías y en Nuno.

—Cerró la carpeta—. No tengo dudas, Leo. Es la misma persona.

—¿Cuánto tiempo ha pasado desde su muerte?

—Entre las once de la noche del martes y las cuatro de la madrugada del miércoles. Lo dejaron en el agua después, igual que a Nuno.

—¿Marcas de ligadura?

—Sí, en la muñeca que le queda… Son marcas leves, pero están.

Leo asintió. Miró a Andrea, que estaba de pie junto a la puerta con los brazos cruzados, y le hizo un gesto con la cabeza. Ya habían terminado.

Fue Andrea quien se detuvo primero.

Junto a la puerta había una mesa auxiliar con las pertenencias de Carlos ordenadas en bolsas de evidencias etiquetadas. La cartera. Las llaves. La credencial del Camino, doblada. Y al fondo, casi en el borde de la mesa, una bolsa transparente pequeña con algo dentro.

Andrea se acercó despacio. La cogió con cuidado.

Dentro había trozos pequeños de algo oscuro y aplastado. Restos vegetales. Pétalos y tallos finos partidos en varios trozos.

—Rocío —dijo Andrea sin levantar la voz.

Rocío se acercó.

—Ah, sí, eso. Estaban en el bolsillo derecho del pantalón. —Miró la bolsa—. No entiendo qué hacen ahí. No es algo que se lleve normalmente encima.

Andrea le pasó la bolsa a Leo.

Leo la tuvo en la mano un momento. Miró los restos. Luego miró a Andrea.

—Son las mismas que vimos en las dos iglesias —dijo ella en voz baja.