Donde acaba el camino 29.
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29.

El levantamiento del cuerpo de Carlos Díaz duró poco más de una hora.

Rocío confirmó en la escena lo que Leo ya sabía: mismo pinchazo en el lunar y mismo corte limpio.

Gutiérrez escuchó el resumen con los brazos cruzados y la expresión de quien lleva la cuenta de las malas noticias y ya ha perdido el hilo.

No dijo nada sobre asesinos en serie esta vez.

Cuando el furgón de Medicina Legal dobló la esquina con el cuerpo dentro, el juez se marchó sin despedirse.

Leo y Andrea se quedaron solos en la plaza. El vapor del lavadoiro seguía saliendo por los laterales como si no hubiese pasado nada.

—O le cogemos ya o nos echan, Andrea —dijo Leo sacando el móvil y mirando a su compañera.

Gonzalo lo cogió al segundo tono.

—¿Qué tal las distribuidoras? —preguntó Leo sin saludar.

—Mucho que contar, Leo.

—Bien. Nos vemos en la comisaría en una hora. —Hizo una pausa—. Esta mañana ha aparecido un tercer cuerpo en el lavadoiro termal de Caldas. Mismo patrón: le falta la mano derecha.

Un silencio breve al otro lado.

—Vamos para allá ahora mismo.

Leo colgó. Miró a Andrea, que ya tenía las llaves de la furgoneta en la mano.

Llegaron a la comisaría pasadas las dos. Leo fue directo a la sala sin quitarse el cortavientos. Gonzalo y Nerea ya estaban dentro, con los abrigos todavía puestos también. Lucas entró detrás de Leo y cerró la puerta.

—Empezad vosotros —dijo Leo mientras se sentaba, mirando a Gonzalo.

Gonzalo abrió su libreta.

—Empezamos por la distribuidora. El responsable de logística nos confirmó que el pedido de cloruro potásico salió completo del almacén, con albarán firmado por el transportista.

Siempre hacen un chequeo doble antes de cerrar el furgón, para confirmar que lo que llevan en transporte es lo mismo que viene en el albarán.

El transportista se llama Manuel Rivas, treinta y ocho años, lleva cuatro años trabajando con ellos.

Cuando llegamos a hablar con él… —Gonzalo hizo una pausa—.

Estaba nervioso desde el primer momento.

Antes de que le preguntásemos nada ya estaba explicando que él no había robado nada, que entregaba lo que llevaba en la furgoneta y nada más.

—¿Le preguntasteis por el cloruro potásico específicamente? —dijo Leo.

—Sí. Dice que no sabe nada, que ni sabe qué es eso. Nos dijo que cuando llegó a la última entrega, una veterinaria en Pontevedra, la responsable de la clínica revisó el contenido y dijo que faltaba la caja. Él dice que no se explica cómo, que la furgoneta estuvo cerrada todo el trayecto.

—¿Y la distribuidora qué dice?

—Le pusieron una amonestación. Él presentó una reclamación pero la distribuidora tiene el albarán con su firma. Reconoce que cuando salió del almacén estaban todas las cajas, pero no se explica cómo puede faltar.

—¿Cuándo fue eso?

—Hace seis semanas. —Nerea tomó el relevo—.

Luego fuimos a las dos clínicas con pedidos con incidencias.

La de Pontevedra, que es la del cloruro potásico que decíamos, y otra en Vilanova de Arousa —dijo señalando la ría hacia el sur, como si se viese el pueblo desde allí—.

Esta última había reclamado bisturís que nunca llegaron, pero al ser cosas de menos valor no le dieron mucha importancia y lo dejaron pasar.

—Hojeó algo en su cuaderno—. Esto de los bisturís fue hace diez semanas.

Lo curioso es que los dos repartos con incidencias son del mismo repartidor.

La sala quedó en silencio un momento.

—O sea, que tenemos a alguien con acceso directo al cloruro potásico y a los bisturís —dijo Andrea.

—Y a cualquier otra cosa que lleve en esa furgoneta —añadió Gonzalo—. Incluso el agente inhibidor del que nos habló Rocío y que seguimos sin saber qué es.

—¿Tiene formación médica? —preguntó Leo.

—Ninguna. Pero un contacto con conocimientos podría suplir eso. —Gonzalo encogió un hombro—. Y se pasa el día de clínica en clínica, podría tener a alguien de confianza… —dejó la frase en el aire.

—¿Algo más del repartidor?

Gonzalo y Nerea se miraron un segundo.

—Cuando fuimos a hablar con él estaba en la furgoneta, esperando en el aparcamiento de la distribuidora. —Nerea abrió el teléfono y les pasó una foto—. En el salpicadero tenía esto.

Leo cogió el teléfono. Una estampita plastificada, sujeta con un trozo de cinta adhesiva al salpicadero, justo encima de la radio. La imagen era pequeña en la foto pero reconocible: una figura femenina con una espada.

—Joder… Pero si es santa Mariña —dijo Andrea sin dudarlo.

—Eso pensamos nosotros también. —Nerea recuperó el teléfono—. Le preguntamos por ella. Dice que él nació en el pueblo de Augas Santas, muy cerca de Ourense, y que toda su familia es de allí. Que tiene devoción por la santa desde pequeño.

Nerea miró a Leo, como disculpándose por confiar en el repartidor.

—El pueblo entero está dedicado a ella —añadió Nerea—. Hay un santuario, una fuente, hasta el nombre del pueblo viene de ahí. La devoción está muy arraigada en esa zona, eso tiene sentido.

Lucas, que había estado escuchando desde el fondo sin decir nada, se incorporó en la silla.

—¿Pero vosotros creéis al repartidor?

—No lo sé —dijo Nerea—. Lo decía con naturalidad, sin ponerse a la defensiva con eso. Con lo demás sí estaba nervioso, pero con lo de la estampita no.

—La devoción puede ser real y el móvil también —dijo Andrea.

Leo tenía el codo apoyado en la mesa y la mano en la barbilla, mirando sus notas.

—Acceso al material, conoce la zona como nadie, estampita de santa Mariña en la furgoneta con la que, además, cualquier desplazamiento pasaría desapercibido. —Hizo una pausa—. Es mucho para ignorarlo.

—¿Lo traemos? —preguntó Lucas.

—Todavía no. —Leo levantó la vista—. Si lo traemos ahora con lo que tenemos se nos escapa en dos horas y lo ponemos en alerta. Necesitamos más antes de sentarle en esa silla. Vigilancia discreta a partir de hoy, que sepamos dónde está y con quién. Vamos a seguir sus repartos.

Lucas asintió.

—Bien. ¿Qué más?

Leo dejó el teléfono en la mesa.

—Esta mañana hemos estado en las tres parroquias de Santa Mariña.

—Hizo un resumen rápido: las velas, las flores y el hombre con mochila.

Cuando llegó a Arcos da Condesa se detuvo—.

En Arcos la iglesia estaba cerrada cuando llegamos nosotros, pero los peregrinos que estaban fuera vieron entrar a alguien con llave poco antes.

—Miró a Gonzalo—. En ese momento Manuel estaba con vosotros, ¿no?

—Sí, llevábamos con él más de una hora.

Leo asintió.

—¿Pudo ser un párroco que hace su ronda y no tenga nada que ver? —dijo Andrea.

—También. —Leo anotó algo—. Hay que volver a Arcos a confirmarlo. Que alguien llame hoy al párroco de la zona antes de que vayamos.

Nerea anotó.

—El tercer cuerpo. —Leo cambió de tono—.

Ha aparecido en el lavadoiro termal de Caldas.

Mismo patrón: pinchazo en lunar y lo que parece mutilación post mortem.

Esta vez la mano derecha, cortada a la altura de la muñeca.

Rocío nos lo confirmará esta tarde pero no espero sorpresas.

—Hizo una pausa—. Lo reconocí al momento, es Carlos Díaz, cocinero en un restaurante de Malasaña con estrella Michelin. Fui una vez cuando estaba en Madrid.

La sala tardó un momento en reaccionar.

—¿Estás seguro? —dijo Lucas.

—Del todo. Su familia viaja esta tarde a Pontevedra para la identificación oficial, pero sí.

Lucas se frotó la cara con las manos.

—Tres víctimas. —Miró a Leo—. ¿Qué tenemos en común entre los tres?

—Todos han aparecido en el Camino Portugués.

Tobías llevaba años repitiéndolo, Nuno también.

De Carlos no sabemos todavía. —Leo miró sus notas—.

Y luego está esto. —Señaló hacia la pantalla del ordenador portátil donde Andrea había dejado abierta la imagen de la estampita de la nevera de Tobías—.

La historia de santa Mariña, la decapitación, el agua donde han aparecido los tres cuerpos…

—Sobre la mutilación… —dijo Gonzalo—. Los pies de Tobías, la campanilla de Nuno, la mano de Carlos. ¿Por qué una parte distinta a cada uno? Si a santa Mariña la decapitaron.

Nadie respondió de inmediato.

—Carlos era cocinero y ha aparecido sin mano derecha —siguió Gonzalo como hablando consigo mismo.

—Tobías era mecánico de coches clásicos —dijo Nerea despacio—. Pero ganó un rally. Conducía.

—Los pies… —dijo Andrea pasándose la mano desde la frente hasta la nuca.

Lucas miró a Leo.

—¿Qué sabemos de Nuno, más allá de que hacía el Camino en bicicleta?

—Poco. Era de Lisboa y tenía cuarenta y dos años. Hablamos ayer con su mujer en el reconocimiento, pero estaba destrozada, no pudimos preguntarle mucho.

—Hay que volver a hablar con ella. —Leo cerró la libreta—. Necesitamos saber a qué se dedicaba Nuno, qué hacía, qué tenía. Porque si el patrón se sostiene, la campanilla no es aleatoria.

La sala quedó en silencio un momento. Por la ventana, la ría brillaba bajo un sol que no encajaba con lo que estaban hablando en aquella sala.