Donde acaba el camino 28.
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28.

Leo salió de la iglesia casi sin despedirse del párroco. Andrea lo alcanzó en el atrio.

—¿Qué pasa? —dijo ella antes de que Leo abriese la boca.

—Ha aparecido otro cuerpo. —Leo abrió la furgoneta—. En el lavadoiro de Caldas de Reis.

Arrancó antes de que Andrea tuviese el cinturón puesto.

Ninguno de los dos dijo nada durante un rato. Leo conducía mirando al frente con una expresión que Andrea ya conocía: la mandíbula algo apretada, los ojos fijos en la carretera pero sin ver del todo lo que había en ella.

—Las flores —dijo Andrea de repente.

—¿Qué pasa con ellas?

—Hemos visto flores en Portas y Carracedo, pero no en Arcos da Condesa.

—No entramos. —Leo adelantó a un camión—. Puede que estén dentro. Los peregrinos nos dijeron que poco antes de llegar nosotros vieron entrar a alguien.

—¿Un desconocido con llave de una iglesia del Camino?

—No tiene sentido, tiene que ser alguien cercano a la iglesia.

—O que haya robado las llaves.

Andrea miró por la ventana. La carretera bajaba entre prados y eucaliptos hacia el valle. A lo lejos el cielo sobre Caldas tenía un blanco plano.

—En Portas encendió una vela —dijo Leo, como pensando en voz alta—. Anxo lo dijo como si fuese normal, pero quién va a esa iglesia a encender una vela…

—Y en Carracedo también.

—Sí. —Leo no añadió nada más durante unos segundos—. Hasta esta mañana teníamos dos ramos de flores, dos velas y dos cuerpos…

Andrea se giró hacia él despacio sin dejarle terminar la frase.

Leo no le devolvió la mirada. Siguió con los ojos en la carretera, pero algo en su expresión había cambiado levemente.

—Si hay una tercera en Arcos… —empezó Andrea.

—Ya la habrá puesto.

Entraron en Caldas por una calle estrecha de adoquines. A dos manzanas del lavadoiro ya se veía el reflejo azul de las luces de la Policía.

Leo aparcó detrás del coche patrulla y apagó el motor. Se quedaron un segundo quietos.

—¿Cuándo crees que las pone? —dijo Andrea—. ¿Antes o después? Las velas y las flores, digo.

—No lo sé.—dijo Leo abriendo la puerta y bajando de la furgoneta con cara cansada.

El lavadoiro termal de Caldas de Reis era un rectángulo de piedra en pleno centro del pueblo.

El agua manaba desde el subsuelo a más de cuarenta grados y los peregrinos lo usaban desde hacía siglos para descansar los pies al finalizar la etapa que empezaba en Pontevedra y acababa en aquel pueblo.

En verano había cola, pero a esa hora de la mañana, con la Semana Santa todavía lejos, debería haber estado vacío.

Una mujer de unos treinta y cinco años estaba sentada en el banco de piedra que había en la misma plaza, con una manta térmica sobre los hombros. Tenía las botas de montaña quitadas en el suelo, y los calcetines puestos todavía.

Leo se acercó despacio. Ella levantó la vista.

—Inspector Flores. —Leo se sentó en el banco a su lado, sin sacar la placa—. ¿Cómo se llama?

—Ingrid —dijo con acento centroeuropeo, alemán o austriaco—. Ingrid Hoffmann.

—¿Viene sola, Ingrid?

—Sí. —Miró sus botas—. Ayer no me encontraba bien, así que decidí quedarme un día más aquí. Hoy pensé que un rato con los pies en el agua me ayudaría antes de seguir mañana.

—¿A qué hora ha llegado aquí?

—Sobre las diez. Quizás un poco antes.

—¿Había alguien cuando llegó?

—Nadie. —Hizo una pausa—. Por eso entré. Cuando hay gente me da un poco de vergüenza, no sé por qué. —Lo dijo casi disculpándose—. Me acaba de quitar las botas e iba a sentarme en el borde cuando lo vi.

Leo esperó.

—Estaba en el fondo. —Ingrid señaló hacia el interior del lavadoiro con un gesto de la mano—. Al principio pensé que era ropa, algo que alguien habría olvidado ayer. Pero luego vi la cara.

—¿Tocó algo?

—No. —Negó con la cabeza—. Salí corriendo y llamé al número de emergencias.

Andrea se había acercado por detrás y Leo le hizo un gesto con la cabeza. Ella se sentó al otro lado de Ingrid y tomó el relevo con las preguntas mientras Leo se levantó y fue hacia la entrada del lavadoiro.

Dos agentes de la Policía Local custodiaban el acceso. Leo se puso los guantes, agachó la cabeza bajo la cinta y entró.

El lavadoiro era un espacio cubierto, techado con una estructura de madera oscura sobre columnas de piedra. El vapor del agua caliente flotaba a ras del suelo, más denso en los rincones. La luz entraba por los laterales abiertos y se difuminaba antes de llegar al fondo.

El cuerpo estaba en el extremo izquierdo del pilón, medio sumergido, con la espalda apoyada en la pared de piedra.

Un hombre de unos cuarenta años, complexión fuerte, pelo negro corto con algunas canas en las sienes.

Vestía ropa de peregrino: pantalón técnico, camiseta de manga larga de un gris desgastado.

Una mochila mediana estaba apoyada en la pared junto a él, como si la hubiese dejado él mismo antes de sentarse.

Leo se quedó parado a dos metros.

Lo había visto antes. De hecho tenía una foto con él.

Fue en su restaurante del barrio de Malasaña de Madrid.

Había ido con una compañera de la antigua comisaría a celebrar algo que ya no recordaba, pero sí se acordaba del arroz con bogavante y de que, aunque le había parecido caro, había merecido la pena.

En la foto el hombre sonreía con el delantal puesto y le pasaba un brazo a Leo por encima de su hombro.

Leo miró la mano derecha. O donde debería estar. El corte era a la altura de la muñeca, limpio, igual que los pies de Tobías. El agua del pilón tenía un tono rojizo alrededor del cuerpo que el vapor hacía parecer más oscuro de lo que era.

Sacó el teléfono y fotografió la escena sin moverse del sitio. Luego llamó a Andrea con la mano.

—¿Cuánto tardan Rocío y Gutiérrez? —le preguntó Leo cuando su compañera se acercó.

—Treinta minutos, vienen juntos desde Pontevedra.

—Dile a Ingrid que espere, que un agente la acompañará al hotel. Que mañana puede seguir su camino pero que esté localizable. —Hizo una pausa—. Y Andrea, busca en internet a Carlos Díaz, cocinero, Madrid. Estrella Michelin.

Un silencio breve al otro lado.

—¿Lo conoces?

—Fui a su restaurante una vez. —Leo miró el cuerpo—. Hace cuatro años, todavía estaba en Madrid.

Leo salió del lavadoiro y se apoyó en la pared de piedra de la entrada, con los guantes todavía puestos. El vapor le había dejado una capa fina de humedad en la cara. Miró la plaza: Ingrid se alejaba acompañada por un agente, con las botas ya puestas pero la manta térmica todavía sobre los hombros.

Andrea se puso a su lado.

—Veinte minutos —dijo mirando el teléfono—. Rocío me ha llamado, acaban de coger la autopista en Pontevedra.

Leo asintió sin decir nada. Siguió mirando la plaza. Un par de curiosos se habían acercado al cordón policial desde la calle de atrás, uno con el teléfono levantado intentando sacar algo entre los agentes.

—Oye —dijo Andrea al cabo de un momento.

—Dime.

—¿Sabes dónde estamos, no?

—En Caldas de Reis.

—¿Pero a que no sabías que aquí está la única iglesia de toda Galicia dedicada a santo Tomás Becket?

Leo la miró de reojo.

—Diga lo que diga me lo vas a contar de todas formas, así que…

Andrea se apoyó también en la pared.

—Era el arzobispo de Canterbury, en Inglaterra en el siglo XII.

Se peleó con el rey Enrique II por el control de la Iglesia, cosas de entonces.

El rey, en un momento de rabia, dijo algo como «¿nadie va a librarme de este cura tan molesto?

». —Hizo una pausa—. Cuatro caballeros lo entendieron como una orden, fueron a la catedral y lo mataron delante del altar.

—¿Y?

—Y se convirtió en mártir inmediatamente.

El rey tuvo que hacer penitencia pública, ir descalzo hasta Canterbury, dejarse flagelar por los monjes y todo el protocolo.

—Andrea miró la torre—. Pero lo curioso es que Becket había hecho el Camino de Santiago en 1167 y paró aquí, en Caldas.

Le debió gustar el agua caliente, porque le construyeron una iglesia.

Y en el siglo XIV, cuando los ingleses empezaron a hacer el Camino de Santiago, se llevaban una concha de vieira de aquí y la dejaban en Canterbury.

Y los que venían de allá traían una insignia de Becket y la dejaban en Santiago.

—Se detuvo—. Había un intercambio. Como si los dos santos se debiesen algo.

Leo la miró.

—¿Crees que tiene algo que ver con el caso?

—No. —Andrea negó con la cabeza—. ¿Pero a que es una historia curiosa?

Leo resopló por la nariz. Casi con una sonrisa.

—Llevas guardando eso desde que salimos de Carracedo.

—Desde Arcos da Condesa, en realidad. Vi el cartel del desvío de Caldas y me acordé. —Se encogió de hombros—. Hay que aprovechar los tiempos muertos.

En ese momento se oyó un coche frenar al fondo de la calle. Leo reconoció el utilitario gris de Rocío antes de que se bajase nadie.