Donde acaba el camino 27.
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27.

Salieron de la comisaría poco después de las once.

Leo conducía, Andrea en el asiento del copiloto con el teléfono en la mano.

La mañana seguía despejada, con un sol de marzo que da luz pero no calor.

Dejaron atrás las últimas rotondas de Vilagarcía y la carretera se metió entre eucaliptos y prados.

—¿Por cuál empezamos? —dijo Andrea.

—La que nos venga mejor, tú eres el mapa.

Andrea tecleó en el teléfono.

—Pues vamos a Portas primero, luego a Arcos da Condesa, que están muy cerca, y acabamos en Carracedo, más al norte.

Leo no dijo nada más. Condujo con las dos manos en el volante, mirando la carretera. Andrea siguió con el teléfono, leyendo.

—La de Portas es la más pequeña de las tres. —Hizo una pausa—. Hay una fuente antigua junto a la iglesia. El agua tiene fama de purificadora como Nerea decía. —Levantó la vista.

Llegaron a Portas en quince minutos, por una carretera comarcal que se separaba de la N-640 y subía entre fincas con muros de piedra y algún cruce sin señalizar donde Andrea tuvo que mirar dos veces el teléfono.

La iglesia apareció encajada entre una arboleda y una finca privada, el atrio delantero bordeado por un muro bajo.

Y junto al muro, al fondo del atrio, una fuente.

Era de granito, sencilla: un caño que salía de la pared y caía en un pilón rectangular. El agua corría y se perdía por una ranura en el suelo. Alguien había dejado un ramo de flores secas encima del borde del pilón atadas con un cordel.

Leo se acercó despacio. Andrea se quedó parada detrás.

El pilón estaba limpio por dentro. El agua era transparente y fría. Leo miró las flores: secas pero no podridas, una semana, quizás dos. Miró el muro alrededor de la fuente. Nada grabado, nada fuera de lo habitual.

Oyeron una puerta. Por el lateral de la iglesia salió un hombre de unos setenta años con un delantal de trabajo y un cubo vacío en la mano. Se detuvo al verlos.

—Buenos días —dijo Leo mostrando la placa—. Inspector Flores, comisaría de Vilagarcía. ¿Es usted el párroco?

El hombre dejó el cubo en el suelo.

—El párroco viene los domingos. Yo soy el sacristán. Llevo aquí cuarenta años.

El sacristán, que se llamaba Anxo, les abrió la iglesia: tenía una única nave, que acababa en un retablo barroco con una imagen de santa Mariña en madera con una espada en la mano derecha y una figura postrada a los pies.

— A santa Mariña sempre foi moi importante aquí —dijo, mezclando gallego y castellano—. El agua de esa fuente, la gente del lugar la ha usado siempre para limpiar lo que no se puede limpiar de otra manera. —Hizo un gesto vago con la mano—. Cosas de antes.

—¿Ha notado algo diferente últimamente? —preguntó Leo—. ¿Alguien que no conociera, alguna visita fuera de lo habitual?

Anxo pensó un momento, con esa pausa de quien no tiene prisa para responder.

—Hace cosa de dos semanas, un hombre que no había visto nunca vino solo.

Me acuerdo porque yo estaba en el cementerio, andaba quitando algunas hierbas, y desde ahí —Hizo un gesto con la mano como de doblar una esquina— le vi sin que él me viese.

Por aquí no pasa mucha gente, esto no está en el Camino, hay que desviarse un poco, así que me acuerdo de casi todos los turistas que pasan.

Se quedó un rato largo delante de la fuente.

Luego entró en la iglesia. —Hizo una pausa—.

Salió bastante rápido. Cuando vi que se había marchado entré en la iglesia y vi que había encendido una vela debajo de la imagen de santa Mariña.

Lo sé porque yo enciendo siempre la misma vela, y cuando entré había dos encendidas.

—¿Cómo era?

—Delgado. Pelo oscuro con canas. Cuarenta y muchos, puede que cincuenta. Llevaba una mochila grande, como de peregrino, pero iba con vaqueros, no iba a caminar mucho. —El sacristán frunció levemente el ceño—.

Leo anotó. Andrea miraba la imagen de la santa.

—¿Dónde encendió la vela exactamente?

Anxo señaló una repisa a la izquierda del retablo, debajo de la imagen. Había un portavelas de metal con varios cirios. Uno, el más nuevo, todavía con cera hasta casi la mitad.

Leo lo miró sin tocarlo.

—Gracias, Anxo.

Salieron. El sacristán los acompañó hasta el atrio y se quedó en la puerta viéndolos marchar. Leo se detuvo un momento junto a la fuente antes de salir. El agua seguía corriendo. Las flores secas encima del pilón.

—¿Las flores las puso él? —dijo Andrea en voz alta, señalando a la fuente.

—No, esas llevan más tiempo, aparecieron un día, pero ya estaban aquí cuando vino ese hombre que les decía antes.

—Muchas gracias, Anxo. Si volvemos a necesitar de su ayuda nos pasaremos por aquí de nuevo.

—Cuando quieran —respondió recogiendo el cubo que había soltado antes.

La iglesia de Santa Mariña de Arcos da Condesa estaba a diez minutos al este.

Leo aparcó en lo que parecía un parking para la iglesia, pero que en ese momento estaba completamente vacío.

La torre barroca se veía desde la carretera, algo desproporcionada respecto al cuerpo románico del edificio, como si dos siglos distintos hubieran discutido sobre lo mismo y ninguno hubiera cedido del todo.

Probaron la puerta de la iglesia. Cerrada.

Había una mujer que salió de detrás de la iglesia, con un ramo de flores marchitas. Leo esperó. Al cabo de un momento la mujer se santiguó mirando a la iglesia y se acercó a ellos con tranquilidad.

Leo mostró la placa.

—Inspector Flores, comisaría de Vilagarcía. ¿Conoce usted esta iglesia?

—De toda la vida —dijo la mujer—. Vengo de estar un rato con mi marido. —Señaló el cementerio que se veía detrás de la iglesia.

—¿Ha visto usted algo fuera de lo habitual últimamente? ¿Alguien a quien no conociera?

La mujer pensó un momento.

—Peregrinos, alguno que otro. Por aquí no suelen parar, el Camino va por el otro lado de la carretera. —Miró hacia la explanada de la iglesia—. Hoy había dos sentados en el muro cuando llegué yo.

—¿Siguen por aquí?

—Se habrán ido ya.

Leo miró a Andrea. Salieron del parking y los encontraron a cincuenta metros, cargando las mochilas para reanudar la marcha: un hombre y una mujer, rondando los cuarenta y tantos, con botas de montaña, bastones y una concha con la cruz de Santiago en cada mochila.

—Perdona —dijo Leo—. ¿Venís del Camino?

El hombre se dio la vuelta.

—Sí, nos hemos desviado hasta aquí porque queríamos ver las Fervenzas del Barosa pero estaban cerradas, había Policía, así que hemos improvisado un poco. —Miró a Leo con curiosidad—. ¿Está pasando algo?

—Una investigación. —Leo no dio más detalles—. ¿Cuánto lleváis parados aquí?

—Veinte minutos o media hora.

—¿Habéis visto entrar a alguien en la iglesia mientras esperabais? —siguió Andrea.

—Un hombre —dijo él—. Estuvo poco rato. Salió antes de que llegarais vosotros.

—¿Cómo era?

—Delgado, pelo oscuro con canas. Primero pensamos que era un peregrino, porque iba con una mochila grande. Pero fue hacia la iglesia muy decidido y la abrió con llave. Cerró nada más entrar.

Leo lo anotó en su libreta.

—¿Hacia dónde fue cuando salió?

—Hacia allá. —El hombre señaló la carretera hacia unas casas.

Leo les dio las gracias. La mujer que había estado rezando antes se les había acercado en silencio y estuvo mirando a los peregrinos un rato mientras se terminaban de preparar.

—Perdone, ¿sabe si hay algún sitio para rellenar las botellas de agua? —preguntó la mujer peregrina señalando una botella de metal que llevaba encajada en la mochila, mirando a la señora mayor directamente.

—Sí, claro, ahí mismo —indicó hacia donde acaba de señalar el peregrino—. Ahí tienen un lavadoiro, el agua sale bien fresca.

Leo miró a Andrea, se despidieron del grupo dándoles las gracias, y salieron andando a paso rápido en la dirección que les habían dicho.

En menos de un minuto llegaron a una explanada con un lavadero de piedra y un cruceiro al lado. Leo miró el suelo alrededor del pilón, el borde de la piedra, los rincones junto al cruceiro pero no vio nada fuera de lo normal.

Luego levantó la vista como intentando buscar a la persona que les habían descrito en la iglesia. No había nadie en la plaza, sólo se oía el sonido del chorro del agua al caer en el pilón.

La iglesia de Santa Mariña de Carracedo estaba ya en el término de Caldas, a seis kilómetros al norte por la N-550 en dirección a Santiago.

El GPS los sacó de la nacional por un desvío a la izquierda y a doscientos metros apareció: una torre barroca de dos cuerpos sobre una fachada sobria, rodeada en el jardín lateral por lo que quedaba de un hórreo de piedra en ruinas.

En el muro exterior, una flecha amarilla del Camino pintada sobre la piedra.

Justo al lado había un Citroën Dos Caballos azul aparcado.

La puerta estaba abierta.

El párroco estaba dentro, revisando algo en el altar. Un hombre de unos cincuenta años, delgado, con gafas, que los miró entrar sin excesiva sorpresa. Leo mostró la placa y se presentó.

—¿El coche de afuera es suyo? —Rompió el hielo Andrea.

El párroco asintió.

—Es precioso, enhorabuena —le dijo la subinspectora con una sonrisa.

—Siéntense —dijo el párroco señalando los bancos del frente, como quien invita a alguien a casa—. Imagino que no han venido a hablar de coches.

El cura les explicó que se llamaba Camilo.

Llevaba siete años en esa parroquia y cubría otras cuatro en la zona.

Conocía bien Santa Mariña: les habló del origen medieval de la iglesia, de que Alfonso VII había hecho donaciones al monasterio que hubo aquí en el siglo XII y de que los peregrinos llevaban siglos parando en este punto del Camino.

—¿Ha tenido visitas fuera de lo habitual últimamente? —preguntó Leo—. En las últimas dos o tres semanas.

El párroco pensó.

—Un hombre vino hace unos días. No era peregrino, o no lo parecía.

Entró, estuvo un rato mirando la imagen de la santa, encendió una vela.

—Hizo una pausa—. Por aquí pasan muchos, pero me acuerdo porque me preguntó dos veces si había fuente en la iglesia o cerca.

Le dije que no, que la fuente de las Burgas está en el centro de Caldas.

—¿Cómo era?

—Delgado, pelo oscuro con canas. Cuarenta y tantos. Mochila grande. —El párroco se quitó las gafas y las limpió despacio.

Leo lo anotó y al levantar la cabeza vio que Andrea lo estaba mirando.

—¿Dejó algo?

—No que yo viera.

Andrea se había levantado y se había acercado al portavelas debajo de la imagen. Leo la miró.

—Hay flores —dijo Andrea en voz baja.

Leo se acercó. Detrás del portavelas, apoyado contra la piedra, había un ramo pequeño. Eran flores del campo, algo más frescas que las de Portas, aunque empezaban a marchitarse.

—¿Las puso usted? —preguntó Leo al párroco.

—No, yo no las había visto. Imagino que algún peregrino las dejaría hace unos días y se han quedado ahí detrás —dijo Camilo agachándose a recogerlas.

—¡No! —La voz de Leo retumbó por toda la iglesia, los peregrinos que habían entrado a la iglesia se giraron hacia ellos. Leo levantó las manos en señal de perdón—. No las toque —dijo ya en voz mucho más baja—, podrían ser importantes.

Sacó el teléfono para fotografiarlas cuando le vibró en la mano. Era Lucas.

—Dime, Lucas.

—Leo. —La voz del comisario era plana, sin entonación—. Han encontrado un cuerpo en Caldas. En el lavadoiro termal, en el centro del pueblo. Estaba sumergido. —Una pausa breve—. Le falta una mano.

Leo no dijo nada durante un segundo.

—Joder… Vale, vamos para allá, estamos a diez minutos.

Colgó. Miró a Andrea, que le estaba observando con cara de preocupación, y le hizo un gesto con la cabeza apuntando a la puerta.