Donde acaba el camino 26.
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26.

El miércoles amaneció despejado otra vez, con esa luz que en Galicia todavía no terminaba de decidirse entre el invierno y otra cosa.

Leo había vuelto a casa la noche anterior andando con Javier por el paseo marítimo, sin prisa, hablando de cosas que no tenían nada que ver con bisturís ni con jueces ni con cuerpos en el agua.

De la obra, de los padres, de una serie que Javier había empezado a ver y que le había recomendado con esa insistencia suya de quien cree que todo el mundo tiene que ver lo mismo que él.

Leo no recordaba qué serie era, pero anotó mentalmente volver a preguntarle cuando llegase a casa.

Llegó a la comisaría antes de las ocho. El edificio estaba en silencio, se preparó un café en la máquina del pasillo, cogió el informe de Rocío de encima de la mesa y abrió un documento en blanco en el ordenador para empezar a escribir el informe que le había pedido el juez la tarde anterior.

Tenía el codo apoyado en la mesa y la barbilla en la palma de la mano, mirando por la ventana.

La calle estaba casi vacía. Un hombre paseaba a un perro por el parque de enfrente, el perro se había parado en tres árboles distintos ya.

Un furgón de reparto dobló la esquina despacio.

El sol pegaba de lado en los tejados de enfrente, todavía bajo.

—¡ Bos días, Leo! —Nerea lo despertó de su ensimismamiento con un saludo algo más alto de lo normal. El inspector dio un bote en su silla del susto.

—¿Tú quieres un tercer cadáver? —Leo negaba con la cabeza con la mano en el corazón exagerando el gesto.

Nerea dejó el abrigo en la silla riéndose. Detrás llegó Andrea, luego Gonzalo con dos cafés en la mano: uno para él y otro que dejó en la mesa de Nerea sin decir nada.

Leo los miró a los tres.

—¿Cómo estamos?

—Yo voy a seguir con los pedidos —dijo Gonzalo sentándose—. Hay muchísimo todavía. Voy a necesitar el día.

—Bien. —Leo miró a Nerea.

—Yo sigo con las mutilaciones y simbología del agua. Tengo algunas referencias nuevas que revisar esta mañana.

—Bien. —Miró a Andrea—. Tú y yo con la foto y la estampita. Quiero acotar ese tramo antes del mediodía. Acabo el informe del señor juez —Hizo una mueca con la boca que pudieron ver sus tres compañeros—, y nos ponemos con ello.

Andrea ya tenía el monitor encendido.

Leo volvió a su silla, abrió el documento del informe para Gutiérrez y esta vez sí empezó a escribir.

Cuando estuvo contento con el contenido, Leo imprimió el informe, lo metió en una carpeta y lo dejó en el despacho de Lucas, que estaba en una reunión con alguien al teléfono y le hizo un gesto con la mano para que lo dejase encima de la mesa.

De vuelta en la sala, Andrea tenía la estampita fotografiada en el monitor, ampliada, junto a varias pestañas abiertas de imágenes de santos.

—¿Por dónde vamos? —dijo Leo acercando una silla.

—He descartado ya una docena. —Andrea señaló la pantalla—. La imagen es pequeña y está algo desgastada, pero se ve una figura femenina con algo en la mano. ¿Ves? Aquí.

Leo se inclinó hacia el monitor.

—¿Un libro?

—O una palma. Las palmas son atributo de mártir. —Andrea abrió otra pestaña—. He estado mirando santos con presencia en el Camino Portugués. San Blas, san Roque, san Cipriano…

—San Cipriano ya lo descartamos.

—Sí. —Andrea cerró esa pestaña—. ¿San Bartolomé? Tiene presencia en la zona, pero la iconografía no encaja.

—¿Santa Lucía?

—Posible, pero suele representarse con los ojos en un plato. Aquí no se ve nada así. —Andrea abrió otra pestaña—. Mira, esta es la iglesia de Santa Mariña de Carracedo, en Caldas. Está en el Camino pero la imagen tampoco se parece.

Nerea saltó como un resorte de su silla.

—¿Has dicho Santa Mariña?

—De Carracedo, sí. ¿Por qué?

—Porque llevo desde ayer sin dejar de leer ese nombre.

—Nerea cogió su libreta y pasó las páginas muy deprisa hasta que llegó a una con varias anotaciones subrayadas—.

No es la de Carracedo, es la de Augas Santas.

El santuario principal está en Allariz, muy cerca de Ourense.

—Hizo una pausa—. La decapitaron, y cuando su cabeza cayó al suelo rebotó tres veces.

En cada sitio donde golpeó manó una fuente de agua.

Lo escribí ayer en mis notas sobre simbología del agua y las mutilaciones pero al estar en Ourense no la había conectado.

La sala quedó en silencio.

—Decapitación y agua —dijo Leo despacio.

—Sí. Y estoy viendo ahora mismo —dijo Nerea mientras tecleaba rápidamente— que tiene presencia en todo el Camino Portugués, hay parroquias dedicadas a ella en varios tramos.

—Nerea miró la estampita en el monitor—.

La imagen no se parece del todo a la iconografía habitual, puede ser una versión antigua o local. Pero…

—Pero es demasiada coincidencia para ignorarlo —dijo Andrea.

Leo miró a Andrea. Luego a Nerea.

—¿Cuántas parroquias de Santa Mariña hay en este tramo?

—De momento veo Santa Mariña de Carracedo, que es la que comentaba Andrea, al norte de Caldas, Santa Mariña de Arcos da Condesa, más al sur, entre las Fervenzas del Barosa y Caldas, y Santa Mariña de Portas, a cinco kilómetros al este de la segunda.

Leo acercó la silla a la mesa de Nerea.

—¿Qué más sabes de ella?

—Fue mártir en el siglo II. —Nerea leía de sus notas—. La pretendía un prefecto romano, ella se negó, la torturaron de varias maneras y al final la decapitaron.

—¿Y el culto está extendido por el Camino? —preguntó Leo.

—Bastante. En Galicia tiene mucha presencia, especialmente en zonas rurales.

Es de esas santas que la gente del campo conoce aunque no sepa exactamente por qué.

—Nerea cerró la libreta—. Y hay algo más.

En algunas tradiciones locales, el agua que mana de sus fuentes tiene propiedades purificadoras.

No curativas como Lourdes, sino purificadoras. Limpia lo que está manchado.

Andrea levantó la vista del monitor.

—¿Dónde están las tres parroquias exactamente? —Leo miró a Andrea directamente, que era la experta de la zona.

—La de Carracedo está aquí. —Señaló con el dedo—. La de Arcos da Condesa aquí. —Bajó con el dedo por el monitor del ordenador—. Y la de Portas aquí. —Movió el dedo un poco a la izquierda—. Están bastante cerca de los dos lugares donde han aparecido los cuerpos…

Nadie dijo nada durante un momento. El móvil de Leo rompió el silencio de la sala. Era Rocío.

Leo contestó.

—Dime, Rocío.

—Tengo los resultados de los dos. —La voz de Rocío sonaba a concentración, no a alivio—.

El agente letal es el mismo en ambos casos.

Cloruro potásico en concentración suficiente para provocar parada cardíaca.

Administrado directamente mediante el pinchazo en el lunar.

Actúa en segundos. Si la víctima ya estaba sedada y sin capacidad de reacción, no habría habido ninguna señal externa.

—¿Y la sedación previa?

—Ahí me quedo corta. No he encontrado nada en los análisis, demasiado tiempo transcurrido. Pero alguien los sedó, Leo, eso es seguro. El pinchazo tan preciso, la ausencia de signos de lucha, las marcas de ligadura en Nuno. Alguien los tuvo bajo control durante un tiempo antes de matarlos.

—¿Qué podría haber usado?

—Varias cosas encajan. Escopolamina es lo que más me cuadra, imagino que habrás oído hablar de ella, aunque sea en las noticias.

Efecto rápido, produce desorientación y docilidad, la víctima parece borracha pero está manejable.

No deja al sujeto inconsciente, sólo sin voluntad.

Perfecta si necesitas que alguien te siga sin resistir.

Además, ambos cuerpos tenían el estómago lleno, se la podrían haber suministrado con la comida.

—Hizo una pausa—. Pero sin una muestra válida no puedo confirmarlo. Es sólo una hipótesis.

—¿Y el cloruro potásico? ¿De dónde pudo sacarlo?

—Se usa en medicina humana y veterinaria, fluidoterapia principalmente. Alguien con acceso a material médico o veterinario lo consiguió. —Una pausa breve—. En las cantidades que estoy viendo, no es algo que se tenga en casa por casualidad.

—Entendido. Gracias, Rocío.

Colgó. Los tres lo miraban.

—Cloruro potásico —dijo—. El mismo agente letal en los dos cuerpos. —Miró a Gonzalo—. ¿Tienes pedidos de cloruro potásico en los listados?

Gonzalo ya estaba buscando.

—Sí. —No tardó ni un minuto—. Varias clínicas veterinarias en la zona.

Algunas constan como entregadas sin incidencia.

Pero hay dos que… —Frunció el ceño—. Hay dos que constan como entregadas en el sistema pero que cuando llamé ayer para verificar dijeron que no habían recibido el pedido completo, que les faltaban varias cosas.

—¿Y la distribuidora qué dice?

—Que el transportista confirmó la entrega y que tienen el albarán firmado. Me dijeron que lo consultarían con logística y que llamarían. Todavía no han llamado.

Leo miró el reloj.

—Id los dos directamente —dijo mirando a Nerea y a Gonzalo—.

Primero a la distribuidora a ver qué os dicen.

Necesitamos saber quién manejó ese pedido, desde que lo prepararon hasta que lo metieron en el camión.

Y por supuesto el transportista. Y luego id a las dos clínicas con los pedidos con incidencias.

—¿Esta tarde?

—Salid para allá ya mismo.

Leo se quedó un momento de pie en medio de la sala, mirando el mapa que Andrea había dejado abierto en el monitor. Las tres parroquias de Santa Mariña y los dos puntos donde habían aparecido los cuerpos.

—Andrea, nosotros nos vamos a visitar esas parroquias.