25.
El puerto estaba tranquilo a esa hora. Leo salió de la comisaría y bajó hacia el agua sin prisa, con las manos en los bolsillos.
El aire olía a marea baja y a salitre. Algunos barcos encendidos se reflejaban en el agua quieta.
Anduvo despacio por el paseo, mirando la ría, dejando que la conversación con Gutiérrez se fuese asentando en algún sitio donde no molestase tanto.
La bodega Os Arcos estaba, literalmente, a tres minutos andando de la comisaría. Aunque quiso alargar el paseo por el puerto, a las ocho y media se vio entrando en su restaurante favorito.
Dentro había ruido de fondo, el tipo de ruido que a Leo le gustaba: conversaciones superpuestas, alguna risa, el golpe seco de los vasos en la barra de madera.
El local olía a jamón y a vino. Las paredes eran de piedra vista y la madera oscura.
Detrás de la barra, una pizarra con los vinos del día escrita a mano con letra irregular.
En el centro de la sala había barriles de madera que hacían las veces de mesas altas donde algunos clientes estaban de pie.
Al fondo una puerta abierta daba a la terraza interior, un patio pequeño y descubierto con cuatro mesas y una higuera en el rincón que en verano daba una sombra suficiente para no necesitar más.
Se acercó a la barra. Detrás estaba Brais secando un vaso con un trapo, que lo vio entrar y asintió antes de que Leo abriese la boca.
—Tu mesa está ocupada.
—Ya lo veo.
—Llevan un rato. —Brais dejó el vaso—. ¿Lo de siempre mientras esperas?
—Lo de siempre.
Brais cogió una botella de albariño de la nevera y le sirvió una copa. Leo la cogió y se apoyó en la barra mirando la sala. La mesa del fondo, la que tenía la pared de piedra a un lado y la terraza interior a la espalda, estaba ocupada por una pareja con pinta de llevar ahí toda la noche.
—Mala cara traes —dijo Brais sin mirarlo, colocando vasos.
—Semana larga.
—Pues estamos a martes, amigo. —Siguió con los vasos—. ¿Trabajo?
—Trabajo.
—Claro. —Brais lo miró un momento—. ¿Vienes con alguien?
—Con mi hermano. —Leo sacó el móvil y le mandó un mensaje a Javier: Ya estoy aquí, cuando quieras.
—¿El de las matemáticas?
—Que yo sepa no tengo otro hermano.
El camarero asintió como si eso lo explicase todo y continuó con sus vasos. Leo dio un sorbo al albariño y miró la copa.
Javier llegó diez minutos después de las nueve con el pelo húmedo y cara de haber salido corriendo. Se sentó en el taburete de al lado y señaló la copa de Leo.
—Lo mismo —le dijo a Brais.
—¿Vienes de Xagobe? —dijo Leo.
—He estado toda la tarde ayudando a los chicos con las tejas. —El camarero le puso el vino delante y Javier dio un sorbo largo—. He pasado por casa a ducharme corriendo.
—¿Han quedado bien?
—Perfectas. —Javier lo miró—. Así que esta cena me la debes tú.
—¿En serio?
—Claro que en serio me debes la cena —le respondió Javier mientras le daba un toque en el hombro.
La mesa del fondo se había quedado libre. Brais los acompañó sin que se lo pidiesen y les dejó la carta, aunque los dos ya sabían lo que iban a pedir, y un plato con chorizo y queso de aperitivo.
—Ponnos otras dos copas, por favor —dijo Leo cuando el camarero ya se marchaba a la barra.
—¿Qué tal el día, hermano?
—Largo.
—¿Cuánto de largo?
—De esos en los que a las seis de la tarde tienes al juez encima del despacho diciéndote que estás mirando en la dirección equivocada.
Javier asintió despacio, como procesando.
—¿Y tiene razón?
—No.
—Entonces para qué le haces caso.
—Porque es el juez.
Javier cogió un trozo de queso. Lo miró un momento antes de comérselo.
—¿Papá y mamá? —dijo Leo, cambiando de tema.
—Llegan el jueves, ¿no?
—A comer, me dijo mamá. —Leo partió un poco de pan—. ¿Cómo tienes el jueves tú?
—Trabajo hasta las cinco como siempre, pero que lleguen a casa, tienen llaves. Y ya por la tarde los vemos y cenamos con ellos.
—¿Reservamos para comer el fin de semana aquí? Que no hemos venido con ellos y seguro que les gusta.
Javier asintió.
Brais vino con el plato de jamón. Estaba cortado muy fino, dispuesto en el plato con esa naturalidad de quien lleva años haciéndolo.
—Oye Brais, resérvame la mesita del patio para el sábado a las dos, porfa.
El camarero movió la cabeza hacia las mesas del patio y asintió sin decir nada más. Leo cogió una loncha y estuvo un rato callado.
—¿Cómo va el caso? —preguntó Javier sin mirarlo, rompiendo el silencio.
—Avanzando. Despacio, y un poco perdidos, pero avanzando.
—Leo cogió la copa—. Tengo a Andrea intentando identificar una iglesia en una foto sin contexto.
A Nerea buscando referencias históricas de mutilaciones.
Y a Gonzalo revisando cientos de pedidos de una distribuidora médica intentando encontrar algo que no sabemos todavía lo que es.
—¿Y tú mientras te dedicas a comer jamón? —le soltó su hermano sonriendo.
Leo, que tenía la boca llena, le sacó el dedo del medio riéndose.
—¿Qué tipo de pedidos? —volvió a preguntar Javier, retomando el tono serio.
—Material quirúrgico. Bisturís de un modelo muy concreto, entregas en Galicia en los últimos seis meses.
Javier masticó despacio.
—¿Cuántos registros hay?
—No lo sé exactamente. Cientos. Ya hemos filtrado por zona y por modelo, pero aun así es mucho.
—¿En qué formato están los datos?
Leo lo miró.
—No tengo ni idea, pero se te está poniendo una cara de juez…
Javier asintió sonriendo pero no dijo nada más. Cogió otra loncha de jamón y miró la sala un momento con esa expresión que Leo conocía bien, la de cuando su hermano estaba calculando algo por dentro sin decirlo.
—¿Qué? —dijo Leo.
—Nada. —Javier cogió la copa—. Cosas mías.
Leo no insistió. Pero Javier siguió con esa expresión el resto de la cena.
Brais retiró los platos sin preguntar y dejó dos chupitos de orujo encima de la mesa con la naturalidad de quien sabe que no van a decir que no.
—De la casa —dijo, y desapareció.
Javier cogió el chupito y lo miró.
—Oye. —Lo dejó en la mesa sin beberlo—. Lo de los pedidos. Si consigues que te los pasen en algún formato, dímelo.
Leo lo miró.
—¿Para qué?
—Para hacerte algún algoritmo que cruce fechas, localización y frecuencia en diez minutos.
—Javier encogió un hombro—. En la bodega hacemos algo parecido para detectar parcelas con rendimiento irregular.
Las anomalías saltan solas cuando tratas bien los datos.
Igual tu compañero lleva horas mirando exactamente lo que no tiene que mirar.
Leo estuvo callado durante un momento.
—Extraoficial, hermano —dijo Javier, sabiendo lo que estaba pensando Leo.
—¿De qué pedidos estamos hablando? —contestó Leo sonriendo de nuevo.
—Oye, ¿te han dicho que últimamente respondes mucho con preguntas? A ver si se te está pegando algo de aquí…
—Mira, la próxima multa que te la gestione tu abogado, idiota.
—¿Qué abogado?
—El que tengo aquí colgado.
Ambos cogieron los chupitos y brindaron riéndose.